La programación de Casa de América ha servido para dar a conocer en el ámbito español, y concretamente en Madrid, el trabajo de artistas jóvenes latinoamericanos. Esta labor, indispensable en un mundo en el que es cada vez más necesario promover el diálogo cultural y el reconocimiento mutuo, ha gozado de una fortuna desigual, tanto por las distintas calidades de los trabajos presentados como por el desconocimiento sobre el tema del público y la crítica en España. Más de una vez se ha juzgado el trabajo de algún artista de América Latina bajo criterios modelados a imagen de la tradición moderna del arte europeo, y con frecuencia se han pasado por alto las particularidades del entorno en el que cada creador se ha formado y en donde produce y desarrolla sus propuestas.
En Europa y Estados Unidos se da por sentado que el arte se encuentra en tal nivel de globalización que es posible comprender cualquier propuesta una vez que ha ingresado en el engranaje del sistema “global” del arte. Sin embargo, no se toma en cuenta la complejidad de referencias con las que informa su obra un artista formado fuera del marco de una modernidad academizada. La condición de “doble extranjerizad” de los artistas latinoamericanos que se han integrado en el ámbito del arte internacional —son ajenos a las fronteras políticas, pero también, en alguna medida, al sistema cultural hegemónico– les otorga, en los mejores casos, un lugar privilegiado desde el cual situarse como creadores; y que muchas veces les da la oportunidad de ver lo que en otros contextos pasa desapercibido. Este fenómeno no se da sólo en un sentido. De idéntica manera, muchos artistas europeos o norteamericanos que han decidido vivir y trabajar en lugares considerados “periféricos”, han sabido explotar desde su propia idiosincrasia los desfases que encuentran en sus nuevos lugares de residencia.

En este contexto, la instalación que presenta Diego Barajas (Bogotá, 1975) en Casa de América es una “rareza” bienvenida: un artista latinoamericano analizando críticamente un fenómeno de la sociedad europea más desarrollada. Se trata de una investigación de corte sociológico/conceptual sobre los belhuis o locutorios holandeses. Desde una perspectiva analítica, Barajas estudia la estructura y funcionamiento de estos locales que proliferan en toda Europa y que, como él mismo ha detectado, se convierten en centros sociales y cívicos, en lugares de cohesión para una sociedad de emigrantes creciente y que está todavía muy lejos de sentirse integrada al lugar de residencia. El punto de vista que ofrece Barajas es el de un observador “externo” al sistema que ha sido capaz de percibir los límites de la integración y las estrategias de las comunidades inmigrantes para establecer redes de solidaridad y supervivencia en un entorno relativamente hostil. Barajas detecta la manera en que el locutorio se convierte en un espacio simbólico de relación en el que se reafirma la propia identidad, al tiempo que se reproducen esquemas de interacción colectiva que funcionan para contrarrestar el individualismo capitalista que pervive en las sociedades desarrolladas. Con ironía, Barajas contrasta el uso individual del teléfono móvil con el aspecto colectivo y festivo de la llamada de larga distancia en el locutorio, destaca la manera en que estos locales han ampliado sus servicios (se convierten en peluquerías, cafeterías, tiendas de productos regionales), que permiten a los usuarios reencontrarse, no sólo con sus compatriotas o con otros inmigrantes, sino con estrategias de comunicación y convivencia que los países de acogida casi siempre cancelan.
Los locutorios se convierten así en los verdaderos modelos de la tan preconizada globalización: se trata de lugares en los que, de hecho, se vive la ubicuidad postmoderna. Este aspecto está reforzado en la instalación por la emisión continua de estaciones de radio de todo el mundo que emiten alternadamente siguiendo el huso horario del país al que pertenecen. Igualmente, destaca la manera en que la diferencia horaria marca la actividad de la Belhuis (según los horarios, se van sucediendo los grupos de inmigrantes de distintos lugares, y con ellos, los modelos de convivencia, la alimentación, el lenguaje etc.). En términos visuales, la instalación es muy rica en información, y en su planteamiento general recuerda en alguna medida a las investigaciones de Muntadas. Sin embargo, y a pesar de todos sus aciertos conceptuales —y son muchos–, estéticamente no parece bien resuelta: los elementos visuales son demasiado pequeños, lo que resulta más sangrante en el conjunto de fotografías desaprovechadas, además de una carencia de una economía visual que haría mucho por una mejor comprensión del conjunto de información tan denso. De alguna manera, Dispersión emula —quizá deliberadamente— el aspecto más o menos clandestino y hermético de los locutorios. Su omnipresencia y la problemática e imparable realidad en la que se insertan piden quizá una visualización más contundente: el arte se lo puede permitir.
ISSA MARÍA BENÍTEZ DUEÑAS
