No somos únicos. Somos similares a otros. Tenemos las mismas inquietudes. Vivimos en un mundo donde los pensamientos confluyen, las problemáticas son similares y muchas personas se interrelacionan sin saberlo. Existe una serie de redes de pensamientos gemelos que no se conocen, pero que interactúan en diferentes partes del planeta, sin saberlo. Este mundo es discontinuo y continuo a la vez, es afectado por las fuerzas de la naturaleza, las leyes de cambio, las migraciones forzadas y voluntarias y, por supuesto, por la violencia. Una estadística reciente de la Organización Mundial de la Salud revela que el siglo XX fue uno de los más violentos en la historia; alrededor de 191 millones de personas, la mitad de ellos civiles, perdieron la vida en conflictos armados. La violencia es una de las principales causas de muerte, “Lo más impresionante es lo grande del problema, independientemente del país, la región o la religión. La violencia es inaceptablemente alta en todos los países”, dijo Etienne Krug, autor de este primer informe, el más completo documento sobre la crueldad que los humanos se infligen unos a otros y contra sí mismos.
Diana Drews, joven artista colombiana, exiliada voluntariamente por algunos años, vivió y trabajó en Alemania, desde donde su visión fue cambiando, para darse cuenta de que el ser humano y sus problemáticas son similares en todo el mundo y que la violencia que se vive y que ha vivido nuestro país puede ser similar a la de muchos otros países. De estas reflexiones parten sus recientes trabajos, que se pueden asemejar a un diario personal donde confluyen diferentes valores de apreciación de la partida, la espera, el dolor, la introspección y la estadía. El estar ausente del país posibilitó sus series Tiempo de espera, Al otro lado del mundo y Emptiness, que tienen como denominador una pintura que ausculta al ser humano desde sus pertenencias: la ropa, las maletas, los muebles. Por ejemplo, realizó un grupo de pinturas en pequeño formato, pinturas que se protegían con plástico de burbujas y que semejaban maletas de viaje, como si no se tuviese sitio fijo de residencia, como si todo migrara sin anunciar la partida o la llegada, como si se tuviera que salir del un lugar sin motivo o con muchos motivos, como si el dueño del equipaje no tuviera un destino.

Recientemente trabajó una serie de vestidos negros titulados Doble luto, donde la dualidad queda expuesta. Vestidos blancos y negros que generan una reflexión que nos remite a la dualidad del ser humano, que nos permite la opción de poder observarnos en nuestra propia duplicidad, como si fuese una casa de cuerpos y espíritus a la vez, principios contrapuestos del bien y del mal.
En esta ocasión, el Banco de la República la invita a dialogar con una de sus obras y ella ha seleccionado por coincidentes razones la Violencia de Alejandro Obregón, pintura realizada en 1962, donde el artista realiza una mirada al período de la violencia en nuestro país, la temática de la obra nos muestra una mujer embarazada y mutilada en posición horizontal, pintada sutilmente en grises y blancos; una obra emblemática y significativa donde Obregón revela todo el dramatismo de un conflicto, y protesta contra la indolencia de un conflicto que no ha cesado en nuestro país, pero que podría corresponder a cualquier sitio del mundo en guerra. Por su parte, Diana Drews realiza un vestido a escala de color negro, color que lleva a pensar, en este caso, en un largo dolor, el vestido colgado de pequeños y sutiles hilos blancos, el cual es iluminado sutilmente y presentado como el Jesús de la Piedad de Miguel Ángel, pero el personaje femenino, en este caso, está ausente y a la vez rotundamente presente ya que el vestido es el vestigio de lo humano. La muerte aborda el misterio del instante mortal, lo frágil de la existencia, el vestido es lo que nos cubre, lo que nos protege, lo que nos unifica. El diálogo entre estas dos obras es el no olvido de una tragedia humana sin territorio, sin nombre de la víctima, al igual que la delicada mujer que aparece en la obra John Everet Millais, la Ofelia de Hamlet, muerta en la locura, atemporal, vacía y sublime en el tiempo.
MARÍA ELVIRA ARDILA
