La Plaza Venezuela, en Caracas, tiene una situación privilegiada, ya que se encuentra en el medio del valle capitalino. Hacia el oeste la “vieja” ciudad, lo que llamamos el centro (las barriadas tradicionales, la sede de los poderes y ministerios y, hasta no hace mucho, el asiento de los factores económicos privados); hacia el este se encuentran las urbanizaciones modernas y zonas industriales. En la Plaza Venezuela termina la ciudad de antaño con el Parque Los Caobos y se abre la nueva urbe con el boulevard (antes avenida) de Sabana Grande. La Plaza Venezuela está a las puertas de la Universidad Central o Ciudad Universitaria de Caracas, y también la Plaza Venezuela es el eje hacia el sur citadino.
La Plaza Venezuela es un área de importante circulación automotor, algunos edificios emblemáticos y valiosas áreas verdes: la tal “plaza” es, ahora, un canal subterráneo y abierto para facilitar el tráfico y un largo brazo de jardín que se conecta con el proverbial parque Los Caobos. La Plaza Venezuela, además, colinda con el Jardín Botánico de la universidad. Todo lo anterior para ubicarnos en un relevante sitio geográfico.
No es gratuito que en esa franja verde se dispusiera de importantísimas esculturas de gran escala, tanto en el espacio público, la mayoría de ellas, como en el privado, concretamente en la Torre Capriles, donde se encuentran tres enormes obras de Soto.
En esa área de la Plaza Venezuela estaban un gran mural circular de Carlos Cruz-Díez, una extraordinaria escultura de Alejandro Otero y una obra de corte académico del maestro Rafael de la Cova. Las tres han sido destruidas por hordas politizadas.

Hasta 1999 esas obras de arte eran orgullo de Caracas. Estaban allí para el disfrute de todos, y los fines de semana la gente paseaba por el jardín en que se encontraban, para descansar, para hacer picnic, para regocijo y para tomar el aire libre en plena ciudad.
Cada una de esas tres esculturas tenía su importancia. Colón en el Golfo Triste data de 1898, aunque fue instalada e inaugurada en 1904 cuando, por cierto, su autor ya había fallecido. Se trataba de un monumento conmemorativo, en mármol y bronce. Sobre una columna de unos veinte metros de alto estaba, de pie, el almirante Cristóbal Colón, con su brazo extendido al horizonte; poco más abajo, una belleza autóctona le ofrecía una corona de laureles y, a cada lado, dos figuras femeninas —sentadas— representaban España e Italia. El pedestal y la columna eran de mármol, mientras que las figuras eran de bronce. Estas fueron fundidas en Nueva York. En su momento, el periódico caraqueño El Corresponsal, en septiembre de 1904, destacó que la obra de Rafael de la Cova era “el primer monumento que poseerá el país”. Ciertamente, fue el primer monumento levantado en el espacio público caraqueño.
La escultura de Alejandro Otero era en hierro estructural y acero inoxidable y originalmente estuvo colocada a la entrada principal de la Bienal de Venecia (a poca distancia de una obra de Brancusi), en 1982. Abra Solar estaba fechada en 1981 y era una de las esculturas que el Metro de Caracas dispuso en espacios públicos. Sus medidas eran 16,40 por 42,60 metros. Se trataba de una enorme estructura elevada al cielo, en cuyo interior numerosas aspas eran movidas por el viento. Otero decía de su escultura que eran “máquinas imposibles, juegos de la imaginación pura”. Desde cualquier ángulo que se la observarse se destacaba por su ligereza, por su color plata que se modificaba con el transcurso de las horas y por sus líneas móviles al aire.
La obra de Carlos Cruz-Díez se denominaba Fisicromía homenaje a don Andrés Bello, 1982, estructura metálica, aluminio anodinado y cerámica, de tres metros de alto por 76 de largo. Esta fisicromía mural estaba dispuesta en forma circular, pues, además, ocultaba unas máquinas de aire del Metro. Sus líneas de color eran verde, azul, rojo y naranja. El desplazamiento, a pie o en auto, generaba una dinámica del color hasta crear “un clima cromático”, tal como argumenta el artista en relación con su propia creación. El color como una realidad autónoma que aparece y desaparece en el transcurso en que el individuo se relaciona con la obra cuando, quizás, “podamos despertar otros mecanismos de apreciación sensible”.

Pues bien, esas tres obras de grandes dimensiones y significados (históricos, culturales y estéticos) han sido destruidas ante el silencio cómplice de las “autoridades”, sean de la ciudad —los alcaldes—, de educación (¡tenemos dos ministros de Educación a cuál más mudo en esta materia!), policiales, de patrimonio cultural (sí, hay un organismo de patrimonio cultural, pero es ciego) o de cultura.
Las obras de Cruz-Díez y Otero fueron desmanteladas de noche, poco a poco, hasta quedar completamente demolidas. Nadie sabe cómo sucedió eso pero, paralelamente, el discurso del poder es contra la sociedad civil, contra la amplitud social que significa la democracia, contra el arte que ahora llaman burgués, capitalista y elitista.
En cambio, la obra de Rafael de la Cova fue salvajemente arruinada a plena luz del día y ante las cámaras de televisión. Una pequeña horda de chavistas decidió que el marinero Cristóbal Colón era un agente del Imperio español y, por tanto, debía decapitársele. De allí que tiraran al piso su figura. Además, se pretendía reivindicar los derechos indígenas. Minoría indígena, en Venezuela, que ahora deambula por las calles pidiendo limosna y pasa las noches en el Parque Los Caobos. Hasta el presente, ninguna autoridad revolucionaria ha hecho nada por esos infelices.
Tampoco existe plan alguno para restaurar las tres obras de arte. Por lo pronto, arrasadas se quedan.
JUAN CARLOS PALENZUELA
Historiador y crítico de arte. Autor de Escultura en Venezuela.

