Que el mundo se ha hecho cada vez más pequeño es una obviedad. Paradójicamente, el mundo del arte se hace cada vez más grande: proliferan los eventos, las exposiciones, los museos, las revistas, las galerías y, por supuesto, los artistas, lo que, sin embargo, no significa que se amplíe la variedad de la oferta (no recurro a este término gratuitamente). Si hace unos años todavía había espacios remotos en los que la creación y los sistemas artísticos atendían a sus entornos inmediatos mediante estrategias diversas y hechas a medida, hoy es cada vez más difícil encontrar un espacio, literalmente un hueco, al que no hayan llegado los tentáculos del mainstream, y si lo hay, se encuentra eclipsado por éste. Es el precio de la era de la información y de la paulatina e imparable socialización del arte contemporáneo que ha pasado de ser el privilegio de una élite culturizada, para convertirse en un producto de moda que hoy forma parte de lo que se conoce como estilo de vida.

Como todos los productos comercializables, el arte —y no me refiero aquí a las obras de arte solamente, sino a todo el aparato de promoción, difusión y crítica que las arropa— se pone al alcance de muchos, pero sólo al precio de la reiteración y de la masificación. Así, si hasta hace muy poco tenía sentido asistir a distintas exposiciones colectivas y ferias de arte para tener una perspectiva amplia de lo que sucedía en el panorama del arte contemporáneo, hoy estas visitas resultan tan repetitivas como las retransmisiones de viejos programas de televisión. Nunca nos cansaremos de ver una y otra vez los mejores, de otros comprobaremos que siguen sin tener nada que ofrecer y, sobre todo, nos dedicaremos a revisitar una y otra vez lo conocido a la espera de que la programación actual mejore.
La feria de Basilea entra en la categoría de lo bueno conocido: como siempre, una excelente selección de artistas y de obras, la mayor parte de ellas incuestionables en su calidad y en sus aportes, pero repeticiones al fin. Situación que se exacerba cada dos años cuando la feria coincide con la Bienal de Venecia y, entonces, se transforma en una especie de outlet donde encontrar obras firmadas por los artistas participantes en la bienal. En otras reseñas de esta misma feria, he subrayado que una de las principales virtudes de Art Basel es que se aproxima al mercado del arte sin hipocresía, idealismo ni falsas expectativas. La feria de Basilea es el epítome del comercio del arte en estado puro, y es precisamente por eso que se hace más acuciante señalar que este déjà vu obedece en gran medida a las demandas propias del mercado del arte. Es decir, como tantas otras cosas en el sistema capitalista, no es la producción artística la que determina su propio mercado, sino que es el mercado mismo el que demanda cierto tipo de obras, ciertas firmas, ciertas formas de presentación, etc., y el que, por tanto, determina lo que puede verse en una feria como ésta, en la que todo ello se presenta de manera transparente. En este contexto, la feria de este año, y a pesar de las innumerables crisis económicas por las que se supone está pasando el mundo, fue una vez más un absoluto y rotundo éxito comercial. Me consta que algún stand tuvo que cambiar su configuración hasta tres veces en dos días para atender la demanda de los coleccionistas. Nos encontramos ante una nueva “fiebre del arte” que exige que por lo menos en otros ámbitos —museos, publicaciones, crítica, educación— pervivan el rigor y el discernimiento, aunque francamente no parece que vaya a ser así. Muy al contrario, este año nos encontramos con una feria paralela que clara y hasta justificadamente busca aprovechar el tirón de una convocatoria como la de Art Basel.

Desde hace algunos años, la cita en Basilea se complementaba con el Liste Show, una especie de feria alternativa a la que acceden exclusivamente galerías jóvenes con propuestas más o menos radicales, que acuden para “foguearse” en las grandes ligas del comercio del arte. El carácter de esta mini feria tiene el punto de transgresión justa y una alta dosis de frescura que, en efecto, complementaban muy bien y sin estorbar el peso económico e histórico de lo que se cocía en Art Basel. Este año se ha sumado el Volta Show –23 galerías de 10 países–, para conformar una feria que, según sus organizadores: “está concebida como una plataforma para presentar un conjunto de reputadas galerías internacionales de arte contemporáneo, cuyos artistas representan posiciones nuevas y relevantes para curadores, coleccionistas y entusiastas del arte”. Es decir, galerías buenas, conocidas, pero por lo pronto incapaces —cuesta creer que de tener la oportunidad la declinaran— de acceder a la feria de Basilea. El intento es loable, pero tiene un cierto aroma oportunista; la calidad de las propuestas en el Volta Show era en su mayor parte incuestionable y había muchas cosas de interés, pero no parece razonable pensar que una ciudad como Basilea y un sistema artístico tan saturado puedan sostener una feria más con sus eventos especiales, fiestas, programas, performances y demás atractivos complementarios. La idea de una feria de escala mediana, menos institucional y con mayor control por parte de los galeristas no parece descabellada y, de hecho, funciona más que aceptablemente en otros casos (MACO México es uno de ellos), pero intentar hacerlo a la sombra de Art Basel parece un sinsentido. Esto, sin embargo, tampoco tiene nada que ver con el ámbito mercantil, y el Volta Show gozó también de un claro éxito comercial y de público, especialmente de los incansables coleccionistas que no estaban dispuestos a perderse la última novedad, quizá con la esperanza de ser sorprendidos con algo diferente. Allí se destacó la presencia de galerías como Enrique Guerrero, especialmente las fotografías de José Dávila y los dibujos de Enrique Jezik; Spencer Brownstone con obras de Zilla Leutenegger, Mathieu Mercier e Ian Burns; Espacio Mínimo con obras de Erwin Olaf; Art Core y la galería japonesa Taro Nasu.

Mientras tanto, en Art Basel se afianzaba un mercado conservador y potente que apuesta por la consolidación de un grupo de artistas que representaron la novedad hace pocos años, al tiempo que consagra como grandes maestros a los principales representantes del arte de la segunda mitad del siglo XX: Beuys (en la Werner Gallery había uno de sus célebres pizarrones protegido con una plancha de acrílico), Warhol, Manzoni, Rauschenberg o Twombly van ocupando el lugar de los Picasso, Miró o Chagall. Los artistas conceptuales también van abriéndose un hueco en un mercado capaz de digerirlo todo, y cada vez podemos ver más piezas que parecían invendibles de Robert Barry, Stanley Brown (ambos en la Galería Yvon Lambert), Hamish Fulton, Sol LeWitt o Richard Long, éstos dos últimos representados por más de diez galerías cada uno. Daniel Buren, Joseph Kosuth y el mismo Long presentaron grandes instalaciones en Art Unlimited. Una de las mejores piezas de la feria —quizá la mejor— era Plaster Steps de Bruce Nauman, en Donald Young Gallery, confirmando que la generación de artistas conceptuales de los sesenta tenía un proyecto sólido frente al que una gran cantidad de obras recientes aparecen, cuando menos, derivativas. De entre ellos cabe destacar, por un lado, al más desconocido pero excelente artista conceptual de origen islandés, Kristjan Gudmundsson, con varias piezas en la galería Anhava. Por otra parte, la Galerie Scheiber contaba con el impresionante collage de Öyvind Fahlström Life Curve n°1 Ian Fleming, fechado en 1967, sin duda una pieza de museo.
En el campo de la pintura se pudieron ver algunos ejemplares excelentes, como un magnífico Helmut Federle en la Galería Nacht St. Stephan, y unas interesantísimas pinturas hechas a base de materiales de construcción convencionales —triplay, esmaltes plásticos, papel tapiz— de Clay Ketter en la galería sueca Brändström & Stene. Destacaba especialmente Dead End, una pieza de grandes dimensiones que representaba una especie de plano urbano hecho con casas de muñecas desdobladas. Uno de los más espectaculares trabajos pictóricos en la feria fue la instalación Loschaug de Pia Fries, en el Art Unlimited, presentada por las galerías Nelson y Mai 36.

En cuanto a obras más recientes, la nueva serie de fotografías pixelizadas de Thomas Ruff presenta un giro refrescante e irónico sobre el destino de la fotografía contemporánea, que fuera de esto no presentaba mayores novedades. Destacaba especialmente una escena marina en la Galería Johnen + Schöttle. Esta visión ácida sobre el sistema artístico estaba también ampliamente representada por los trabajos de Jonathan Monk en las galerías Wallner, Meyer Riegger e Yvon Lambert, especialmente la efímera proyección láser que presentaba esta última: Une seconde d’éternité. Otro de los grandes bromistas del arte contemporáneo, Gianni Motti, presentó Mani pulite, una de las piezas más comentadas de la feria, en la Galería Ars Futura/Von Senger: una barra de jabón hecha, según se leía en la ficha informativa, con la grasa extraída a Silvio Berlusconi durante una de sus intervenciones estéticas.

La presencia de artistas latinoamericanos sirvió también para afianzar al grupo de artistas con más empuje en el ámbito internacional: Carlos Garaicoa en la Galería Luisa Strina, y con una instalación en el Art Unlimited presentada por la galería italiana Continua. Strina tenía también algunas escaleras de Cildo Meireles que pudieron verse en Venecia. La Galería Stephen Friedman montó una vez más una pieza participativa de Rivane Neuenschwander, consistente en pizarrones de esmalte pintados sobre los muros exteriores del stand, sobre los que los visitantes a la feria podían escribir o dibujar, mientras que Fortes Vilaça proponía una pieza más discreta pero sin duda magistral: el diaporama titulado Mapamundi BR, en el que, haciendo gala de su visión sobre el mundo más atenta y poética, nos invitaba a un recorrido imaginario alrededor del mundo sin salir de las fronteras de Brasil. También aquí pudieron verse algunos collages excelentes de Beatriz Milhazes. Por su parte, la Galería Antonio Millán llevaba, entre otras cosas, una excelente representación del trabajo de Mira Schendel.

En su primera participación en el programa de galerías de Art Basel, Kurimanzutto tuvo una presencia relativamente discreta con algunas piezas pequeñas pero muy seductoras de Gabriel Orozco, en torno al tema del fútbol, además de una espectacular mesa de Damián Ortega (también con obras en Fortes Vilaça y White Cube). La OMR presentó una amplia selección de los artistas con los que trabaja habitualmente; entre ellos, destacaron las imágenes digitales de Rafael Lozano-Hemmer y el complejo proyecto socio culinario de Raúl Cárdenas y Torolab, que presentaron a manera de performance gastronómico durante el día dedicado a los profesionales. La Galería Helga de Alvear presentaba la pieza de audio que Santiago Sierra hizo para la Bienal de Venecia junto a las fotografías de su intervención en el pabellón español hace dos años, mientras que Zwirner & Wirth recuperó trabajos anteriores de Francis Alÿs pertenecientes a la serie The Liar, the Copy of the Liar. Chantal Crousel presentó fotografías de Allora & Calzadilla y White Cube hizo lo propio con piezas de Doris Salcedo.

La selección de artistas este año fue poco innovadora y, al hilo de los argumentos al principio de esta reseña, se puso de manifiesto el aspecto más conservador del mercado, de ahí que la sensación de “visto” fuera incluso más perceptible que en otras ediciones. Con todo, había lugar para una pieza verdaderamente radical, auténticamente honesta y directa en su mensaje: Rirkrit Tiravanija cerró por completo el stand de la galería berlinesa Neugerriemschneider, dejando apenas un arco abierto que después tapió con un montón de piedras colocadas a manera de muro. En una de ellas había inscrito con letra pequeñísima la frase ne travaillez jamais. Los galeristas se habían conjurado con el artista para no asistir a la feria y ni siquiera contestar sus teléfonos móviles mientras ésta durara (sin duda, generando más de un ataque de ansiedad a varios coleccionistas dispuestos a comprar incluso eso). Es difícil dejar de pensar con qué disposición se paga un espacio tan caro y demandado como éste, para simplemente no asistir. Desde luego, debe ser liberador. Por último cabe destacar al norteamericano Jim Drain –que trabaja con objetos escultóricos a partir de materiales diversos cuestionando el consumismo y la cultura de las celebridades– y al video artista británico Ryan Gander, ganadores de la séptima edición del Premio Baloise.
ISSA MARÍA BENÍTEZ DUEÑAS
Historiadora de arte, especialista en arte contemporáneo y teoría del arte. Cursa el doctorado en la Universidad Carlos III de Madrid.

