Exposición Individualsept 2005 - nov 2005· Por Eva Grinstein

Alejandro Kuropatwa

MALBA - Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires

El Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, creado y dirigido por la familia Costantini, comenzó a implementar la acertada política de destinar una de sus salas a las muestras temporarias de reconocidos artistas argentinos. Ni ultra consagrados (que suelen ocupar la planta alta del museo) ni emergentes (que son canalizados por el ciclo Contemporáneo, en la sala del subsuelo), los artistas de la generación intermedia obtienen con esta apertura un espacio de innegable calidad para la exhibición de sus trabajos. Alejandro Kuropatwa merece este privilegio: sigue siendo, a pesar de haber muerto en 2003, uno de los mayores talentos de la fotografía argentina actual.

Formado en la Parsons School de Nueva York en los años de la preparanoia, cuando la ciudad se autoconsagraba en sus fiestas y excesos, Kuropatwa regresó a Buenos Aires en 1985 y se sumó con naturalidad al circuito local del arte, recuperando a sus amigos actores y músicos que habían saltado del underground de la dictadura al destape y la euforia cultural de la democracia. Considerado por todos y por sí mismo un excéntrico y un irreverente, tan alocado como prolífico y obsesivo con el trabajo, Kuropatwa construyó el lugar que hoy ocupa en la historia del arte argentino valiéndose de una mirada tan refinada como kitsch, una mirada que parecía querer capturar el borde que separa lo sublime de lo ridículo.

Exposición Individual: Alejandro Kuropatwa — imagen 1
Alejandro Kuropatwa. Sin título, de la serie Yocasta (flores), 2000. Fotografía a color. 100 x 70 cm. (39 1/4 x 27 1/2 pulgadas).

La muestra que presenta MALBA, una antología de sus últimos años amorosamente curada por Andrés Duprat, incluye imágenes de series muy diversas entre sí, emparentadas sin embargo, por el hilo estilístico de los grandes formatos y los colores vibrantes, y por el hilo conceptual ligado a la observación —casi siempre incisiva— del poder y la gloria, la belleza y la decadencia, lo exquisito y la antinomia natural/artificial. Cóctel (1996), Yocasta (2000), Mujer (2001), Flores (2002) y Naturalezas muertas (2002) son los títulos de estas series realizadas en la etapa final de la vida de Kuropatwa, enfermo de sida desde los ochenta. Acompañadas de una buena selección de retratos de amigos y famosos en color y blanco y negro, las imágenes cruzan los límites de cada serie para constituir un todo plagado de humor, cierta dureza y un evidente don para la composición, en el sentido clásico del término.

Cóctel fue una de las exposiciones más promocionadas y comentadas de Kuropatwa: eufórico por la aparición del tratamiento con las drogas DDI y AZT, el artista elevó su canto celebratorio personal a las pastillas que, según afirmó en múltiples entrevistas y declaraciones públicas, le habían devuelto la esperanza de vida. La serie está dedicada a las pildoritas de colores y utiliza con humor (una pastilla apenas apoyada en la punta de una rosa prototípica, perlada de rocío) el formato publicitario, recurso que el fotógrafo supo asumir con inteligencia. Seductoras en su brillo, tamaño y excelente definición, todas las fotos de Kuropatwa son altamente pregnantes y se graban en la retina con la eficacia de las mejores campañas de comunicación. Sólo que, en su caso, lo comunicado tiene siempre un costado oscuro e incluso triste que lo sitúan en el polo opuesto de esos discursos mediáticos que intenta emular o citar.

Las series Mujer y Marie Antoinette, parcialmente incluidas también en esta revisión, se cuentan entre sus creaciones más afiladas. Ambas reflejan el espíritu fetichista de Kuropatwa, fascinado por los ardides y coqueterías del mundo femenino. En Mujer recorta mínimos detalles, mirados con lupa, de un repertorio asociado al cliché del embellecimiento. Así, un lápiz de labios (uno solo o una hilera de varios), unos pechos retocados con purpurina, una boca, un rostro preparado para la aplicación de alguna crema, simbolizan ese universo de expectativas y suplicios necesarios para la perpetuación de ciertos ideales de belleza. En Marie Antoinette, el gesto del artista va un poco más allá, sumando un comentario despiadado en torno al paso del tiempo: son retratos de señoras ricas que, a pesar de sus joyas y maquillajes, inexorablemente envejecen ante la cruda lente del fotógrafo.

“En fotografía —dijo Kuropatwa— lo primero es la mirada. Hay que aprender a mirar con humor. Eso no significa estar mirando a ver cuándo aparece algo gracioso. La foto es un episodio solemne”. En este juego entre humor y solemnidad transcurre efectivamente su obra, rescatada no sólo por la exposición sino también por el catálogo publicado por el museo, con excelentes reproducciones y con una deliciosa cronología biográfica realizada por María Gainza.

EVA GRINSTEIN

Alejandro Kuropatwa, por Eva Grinstein | artnexus