Desde antes de Ce n’est pas un pipe, dejó de indagarse si, por el mero hecho de estar en un museo, los objetos más vulgares podrían adquirir resonancias artísticas.
A la fecha, ante cualquier duda interpretativa confiamos en que, pese a no experimentar epifanía estética alguna, apremia especular priorizando posibles aspectos teóricos. No obstante, inquieta la inseguridad epistémica que sobreviene al, pongamos por caso, no hallar correspondencia alguna entre el arte conceptual y sus grandilocuentes y promisorios discursos (por cierto, importados de la literatura). Mientras las leyes del mercado determinan nuestro gusto, comentamos evitando términos políticamente incorrectos, semánticamente sobrecargados, lo cual ha convertido los textos de no pocos catálogos en tímidas descripciones.
Dada nuestra proclividad a la conciliadora cortesía post virreinal, parecería no haber objeción alguna ante el hecho de que, en la reciente muestra de Rubén Marshall, Entre lo espiritual y lo mundano, los escaparates de una galería con renombre (Praxis) hayan adquirido visos de aparadores comerciales. De entrada, tanto las fichas de las piezas expuestas como el catálogo respectivo, ambos sugieren valorar una intención autoral en cierto modo redentora. En efecto, estamos ante una serie de maniquíes, los cuales han sido intervenidos con miras a (re)suscitar una búsqueda espiritual, mezcla de valores axiológicos y virtudes ontoteológicas como la fe en el pancapitalismo. Pintados de un blanco cuya pureza apenas transgrede las alusiones metafísicas escritas en cada obra, dichas figuras han sido estilizadas hasta adoptar posturas de reconocibles íconos religiosos. Es en una tentativa por resignificar nada menos que el cuerpo humano, unidad gnoseológica y perceptual por excelencia, que Rubén Marshall aspira a dotar de ecos trascendentales algo tan fútil como esos modelos de la anatomía femenina que son los maniquíes.

Pero mientras el ideal de belleza ha ido de la fertilidad tipo Venus de Milo a las anoréxicas top models que desfilan desde los noventa hasta la fecha, sus ínfimas (tan etéreas cuanto vacuas) medidas bien pueden hallar su contraparte en el organismo hiperrealista a lo, pongamos por caso, Von Haggens. Este último plastinizó cadáveres para develar grasa, enfisemas pulmonares, malogrados fetos. Más aún, aunque ahora la lista de donadores en el mundo rebasa la capacidad de Von Haggens para exponerlos en vida, cuenta su ya legendaria historia que para lograr la exquisitez de sus composiciones —una colección que ostenta arrebatos artísticos más allá del ánimo pedagógico (en EE.UU pregonan su exposición cual suerte de Emilio)—, Von Haggens debió traficar ilegalmente chinos condenados a muerte.
Bien, pues, nada se opone tanto a Von Haggens como esa ingenuidad con la cual Marshall beatífica productos culturales los cuales, en primera instancia, responden al imperativo del mercado por determinar el gusto. Según dicha preceptiva, la mujer espiritual debe ser delgada (recordemos el tortuoso corsé), con pie pequeño (los empeines rotos para las puntillas del ballet), caucásica: un elfo andrógino a lo Blanchett, prístino como dicta el carácter aséptico de quienes pregonan el new age. Es en este sentido que encuentro una pretenciosa elevación que termina por caer, se desvanece en lo frívolo (Marshall Berman) y, en suma, puede leerse cual best seller que, en su afán por sublimar nuestra estereotipia occidental entremezclando motivos de múltiples credos, al aventurarse en espacios basura, Rubén Marshall raya en una representación más de feísmo bien intencionado.
Dejando de lado temas como la reapropiación de la voz, somos herederos del oropel barroco, el kitsch moderno y la baratura pop, lo que demuestra nuestra ineptitud neomoderna mediante sus inoperancias teóricas, muchas veces sin paralelo en la producción plástica o visual a la que avalan. Esto es, que si no podemos sustraernos a un espíritu de los tiempos que globalmente apuesta por el Bien, lo cual se manifiesta en creaciones que en primera instancia apelan a un fin ético dejando en segundo plano atributos estéticos, antes que importar ideas —ahí continúan las repercusiones de las políticas culturales cifradas en una supuesta raza cósmica—, impera adoptar actitudes críticas ante, pongamos por caso, el postpositivismo.
La Era de Acuario provino de utopías como El principio esperanza... Al echar mano del espectáculo para obnubilar la oquedad de contenido, en plena era de las comunicaciones parecería que nadie tiene qué decir. Abotagados de datos, la imposibilidad de interpretar anuncia la muerte del ingenio.
Adiós al humanismo renacentista; bienaventurado quien, a sabiendas del orientalismo, asuma la hybris occidental y su vertical claroscuro, antes que adoptar una impostura intelectual.
MAYRA INZUNZA
