Exposición Individualjun 2005 - ago 2005· Por Israel Castellanos

Mirta Cerra

Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba

Como casi todos los artistas de la llamada vanguardia artística, Mirta Cerra Herrera (Bejucal, La Habana, 1904) tuvo una formación académica. Emergió como alumna eminente de la habanera y ya centenaria Academia de Bellas Artes San Alejandro, la cual tenía al impresionismo como lo más avanzado de su repertorio de estilos y movimientos artísticos; y al dibujo, la pintura y la escultura como las únicas manifestaciones a enseñar y aprender. Pero mientras estudiaba allí, la vanguardista en ciernes también concibió portadas para revistas en cuyo diseño era palmaria la filiación al flamante art déco y al maquinismo, según se pudo apreciar en originales fechados en 1930 y 1933, respectivamente, y que formaron parte de la muestra personal Mirta Cerra: entre lo clásico y lo moderno, exhibida en el Edificio de Arte Cubano del Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) por el centenario del natalicio de la artista.

También con arreglo al axioma “Hay que conocer las reglas primero para romperlas después”, en el mismo año de su graduación (1934) optó por una beca en la Art Students’ League de Nueva York, en lugar de viajar a la entonces meca del arte (Europa), adonde solían marchar los artistas noveles que aspiraban a nutrirse y actualizarse con las nuevas tendencias. Pero, además, en la mencionada escuela neoyorquina, Mirta Cerra siguió un curso de grabado, algo entonces insólito para una mujer cubana, y cuyo provecho se hizo patente en las litografías y aguafuertes exhibidas en la reciente exposición retrospectiva organizada en el MNBA. Varias de esas estampas mostraban escenas de la vida urbana de la Babel de Hierro, con sus viejos habitantes, sus vigorosos constructores y la imponente arquitectura de los rascacielos como fondo, que establece un contrapunto vertical con las líneas oblicuas de los cuerpos de los trabajadores y los materiales de construcción, en un juego de tensiones visuales tributario del dinámico sistema de líneas-fuerza preconizado por el futurismo.

Exposición Individual: Mirta Cerra — imagen 1
Mirta Cerra. Habana, 1977. Óleo sobre tela. 53,5 x 38 cm. (21 x 15 pulgadas).

Tras su regreso a La Habana, realizó esculturas que le merecieron varios premios en salones de bellas artes (1937, 1938 y 1941). Poco después abandonó definitivamente aquella manifestación por otra que la hizo acreedora de otros galardones en certámenes del patio: la pintura. Pero si bien en esta etapa pictórico-figurativa Mirta Cerra representó durante años a los guajiros o campesinos cubanos (temática exhibida igualmente en la muestra homenaje), la arquitectura fue otra presencia recurrente y a destacar. Ya no se trataba de las modernas edificaciones que había visto en Nueva York, sino de las antiguas y más humanas construcciones de La Habana Vieja, vistas a través de ciertos recursos de la modernidad conciliados con el métier académico. Así, la condensación en planos y ángulos ganada por el cubismo, la superposición sucesiva formas y colores, fueron llevadas a la profundidad del lienzo por una perspectiva central que yuxtaponía a tiempos idos con el que su autora vivía. Son composiciones pictóricas que conjuran cualquier equilibrio precario, y en las que cualquier propensión a la caída se queda congelada en una insinuación. A veces, alguna línea recta se quiebra, como si hubiera cambiado de opinión. Pero, en todo caso, resultan beneficiados el ritmo y la plasticidad general de las obras.

Sus imágenes sobre La Habana inscriben a esta creadora en una saga que se remonta a los tiempos coloniales. Pero la asocian más con la aprehensión realizada por sus congéneres vanguardistas de la promoción artística de los años cuarenta: Amelia Peláez y René Portocarrero, por mencionar a dos de ellos. Aunque, a diferencia de la primera, Mirta Cerra compactó in situ a la arquitectura de La Habana, y lo hizo con una mirada urbanística. Desde un (su) balcón, legó una visión semipública o semiprivada. No es la dimensión fragmentada e intimista de Amelia Peláez; ni los barroquizantes interiores del Cerro o los exteriores casi irreconocibles empastados por René Portocarrero. No obstante, al borrar las huellas de estampas coloniales algo idílicas dejadas por “cronistas gráficos” europeos, las percepciones de Mirta Cerra tampoco permiten reconocer construcciones, ni plazas, ni paseos, ni rincones singulares de la capital cubana. No rehúyen el cromatismo, pero sí proscriben las escenas típicas callejeras, las mulatas sensuales, las frutas no menos apetecibles, en fin: el pintoresquismo tan buscado aún hoy por los turistas cazadores de souvenirs.

En las Habanas que Mirta Cerra pintó en los años cuarenta, se reflejan como leitmotiv los guardavecinos, motivos decorativos y separadores al mismo tiempo, guardianes de cierta privacidad en medio de la promiscuidad resultante de la convivencia con sólo una pared de por medio. (Otra vez el “juntos, pero no revueltos”.) Vistas siempre en escorzos laterales que las despojan de su “personalidad individual”, las construcciones que exhiben a esos guardavecinos están privadas de ser distinguidas como hitos, mojones u otros elementos organizadores de la imagen de una urbe como La Habana. Una ciudad que tras haber yuxtapuesto barriadas nuevas y modernas a otras ya existentes, haber sobreimpuesto soluciones constructivas populares a las proyectadas por arquitectos, de cierto modo ha contribuido a consolidarse como una urbanización sumamente ecléctica, como esa “ciudad sin estilo” a la que se refirió el novelista cubano Alejo Carpentier, quien también en 2004 habría cumplido cien años de nacido.

Llama la atención cómo en esos paisajes urbanos de Mirta Cerra el sujeto parece omitido. Por sus calles no camina ningún transeúnte ni juega ningún niño. En sus puertas rara vez aparece proyectada alguna silueta humana o animal. Por sus ventanas sin hojas no se asoma la cabeza de ningún morador. En sus balcones no hay colgada ropa alguna. Son espacios vacíos en apariencia, pero no deshumanizados. A la artista le interesan el espíritu que se manifiesta desde la obra, las sensaciones que llegan a los otros sentidos, un cierto spleen que emana del pasado y la ausencia. Se puede intentar escuchar el latido detrás de esos vanos y entrepaños, trasponer esos muros unitarios que son un testimonio per se de la actividad humana. Podemos acercarnos a descifrar lo recóndito a través de lo oscuro, pero seguiremos formulándonos aquellas preguntas que tanto inquietaban a Gauguin: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos?

¡Hacia la abstracción!, podría concluirse al observar en el MNBA algunos paradigmas de la indagación pictórica realizada por Mirta Cerra a partir de los años cincuenta, elección que la sintonizó con la mainstream abanderada en la Cuba de entonces por el grupo Los Once, y que le valió incluso un premio internacional en la II Bienal Hispanoamericana de Arte (1954). Pero si bien los miembros de aquel colectivo estuvieron mayormente influidos por el informalismo o expresionismo abstracto generado en Estados Unidos, la nueva visualidad de Mirta Cerra estaba más enlazada con el abstraccionismo concreto irradiado de Europa. Con sus rectángulos, la pintora potenció una visión abstracta, por planos, de la realidad y la mostró proclive al detalle que, magnificado, devino un elemento abstracto. Incluso, el origen de algunas de esas composiciones parece estar en las paredes de las edificaciones que pintó. Sus “piedras” poseen variados y armónicos colores que se multiplican por la superficie sensible de los lienzos. Eso sí: en forma geometrizante y organizada en un rejuego asimétrico con los planos y cierto énfasis, regodeo, en la huella.

De ese modo, su obra se fue despegando sensiblemente de la representación del ícono arquitectónico, que fue quedando como pretexto o hálito primigenio de la creación y, desencarnado, emergió cual sostén expresivo de la idea artística hasta alcanzar la especulación formal. Al sobredimensionar el dato de referencia, Mirta Cerra acercó de tal modo la lupa escrutadora que llegó a transfigurar la arquitectura, a tornarla irreconocible para una mirada gruesa o festinada. Por una paradoja de comprensión, acercó visualmente un objeto de análisis y al mismo tiempo lo distanció intelectivamente.

De cualquier modo, el tránsito de lo figurativo a lo abstracto es pura convención formal. Por arquetípicos, los edificios pintados por Mirta Cerra en su período figurativo devienen abstracciones de un paradigma representacional. Son la idea visual de lo que sería lo arquitectónico por antonomasia para la artista, en cuya poética se verificó un proceso creciente hacia la pérdida de la iconicidad, en virtud de una progresión intelectualizada hacia las esencias.

Como se sabe, la urbe es un espacio por excelencia para la comunicación humana. Y, sin dudas, las Habanas pintadas por Mirta Cerra dialogan con el espectador, propician lecturas insospechadas. Y no sólo por el premio nacional con que fue distinguida una de ellas en 1954 han quedado entre las obras más apreciadas en la amplia producción simbólica de esta dibujante, pintora, escultora y grabadora cubana que a los 82 años de edad falleció en la misma ciudad que tanto recreó.

ISRAEL CASTELLANOS LEÓN

Mirta Cerra, por Israel Castellanos | artnexus