Exposición Individualjun 2005 - ago 2005· Por Christine Frérot

Miguel Rothschild

Musée de la Chartreuse et Collége Albert Châtelet

Del mito del “paraíso perdido” que los europeos del Medioevo buscaron desesperadamente y creyeron encontrar en América, Miguel Rothschild nos entrega, en esta exposición, una versión irónica y contemporánea. Con sentido del humor, tomando distancia, lo hace dentro de la perspectiva de una utopía intelectual. En esta especie de inversión de la historia que opera el artista, el Edén soñado, siempre imaginado, aquel en donde, invariablemente y en todas las culturas, reinan la abundancia y la belleza, se convierte en un “infierno” de consumo en donde el objeto-rey se erige con una redundancia blasfematoria. Al fin develado, al alcance de todos, el paraíso no es más un sueño; se ha convertido en algo banal, desmultiplicado, como una inconmensurable e inevitable realidad.

Miguel Rothschild (nacido en Buenos-Aires en 1963 y residente hoy en día en Berlín, Alemania, cuna de origen de su familia) es el primer artista latinoamericano que expone en el Museo de Bellas Artes de Douai. Esta antigua ciudad fortificada del norte de Francia, que cuenta con una población de 200.000 habitantes, fue flamenca en una época, luego española y más tarde francesa, desde Luis XIV (1715). La historia de este triple aporte cultural se desarrolló paralela al auge de las fábricas de hilados y la explotación de las minas que han dado renombre y riqueza al norte de Francia y, posteriormente, en el siglo XVII, se reafirmó con la creación de su precoz universidad. Este panorama de crecimiento y abundancia fue luego brutalmente interrumpido por la destrucción de dos guerras mundiales que dejaron una región lastimada y con profundas cicatrices. ¿Es quizás este destino contradictorio el que predispuso a la antigua ciudad medieval para convertirse en escenario metafórico y natural de las imágenes de Miguel Rothschild, unas meticulosamente entretejidas para evocar su “Infierno”, y las otras, más prosaicas, que muestran un “Paraíso” materialista y opresor, saturado e inútil, donde queda abolido todo deseo?

Exposición Individual: Miguel Rothschild — imagen 1
Miguel Roathschild. El paraíso, 1999. Fotografía. 85 x 125 cm. (33 1/2 x 49 pulgadas).

La iniciativa de este doble proyecto tiene su origen en el entusiasmo de un profesor de artes plásticas enamorado de América Latina1, quien, en colaboración con el Museo, organizó la presentación de la exposición en dos lugares distintos, situados a poco más de un kilómetro de distancia, aproximadamente, uno del otro: el Museo de Bellas Artes de la Chartreuse y el Colegio Albert Châtelet. Dos construcciones de épocas y funciones diferentes, en donde los espacios, más bien reducidos, consagrados a Miguel Rothschild, crearon una oposición simbólica. “El Infierno” y “El Paraíso” quedaron así vinculados en una dialéctica espacial, a través de las imágenes, los objetos y el sentido.

El Museo de la Chartreuse, cuya hermosa arquitectura combina la austeridad medieval (ladrillos rojos) con las luces del Renacimiento (piedra blanca), es uno de los más importantes museos de Bellas Artes de la región. En la sala capitular, que data del siglo XVII, fueron ubicadas cuatro fotografías a color de gran formato, la instalación de un muro de fotografías -work in progress desde 2000- y una segunda instalación de diversos productos de consumo dispuestos en estanterías (libros, discos, latas de conservas, afiches, jabones, cubiertas de libros, etc.). Todos los objetos y fotografías llevaban escrito el nombre de “Paraíso” en diferentes idiomas, pues, para esta investigación, Miguel Rothschild había recorrido Alemania, España, Italia, Gran Bretaña, Estados Unidos, Argentina y Brasil. También podían observarse dos vitrinas. Una de ellas presentaba libros antiguos con grabados, entre los que podemos citar la llamada Crónica de Nuremberg (1493), pertenecientes a la Biblioteca Municipal de Douai y cuyo tema común estaba referido a la expulsión del Paraíso. En cuanto a la otra vitrina, ésta contenía una Biblia igualmente ilustrada en pergamino, que databa del siglo XII.

Si uno se enjabona con el paraíso, si se alimenta, se embriaga, respira, lee y escucha el paraíso… es porque el paraíso está al alcance de la mano, porque dejó de ser inaccesible, porque entonces ya no tiene nada de lo que es un (verdadero) paraíso. Nunca antes la palabra “paraíso” fue portadora de tantas imágenes. Nunca un sueño fue tan mancillado. ¿O tal vez se volvió prisionero de una sobre-valorización de lo cotidiano? El ekphrasis de Miguel Rothschild en torno al concepto de “paraíso” borra las fronteras, las culturas, las religiones, rechaza la moral y sus límites, crea otras expectativas y sugiere otras imágenes. No obstante, el discurso del artista pretende ser iconoclasta, pues tantas imágenes terminan por romper la imagen. El “Paradise now” que los hippies proclamaban en los años 60 quedó relegado a la historia. El uso paradigmático del término “paraíso” neutraliza toda esperanza, toda especulación.

En el colegio, una salita rectangular de 25 m2 cobijaba diecisiete imágenes reprografiadas sobre autoadhesivos, de 1998, tomadas de pinturas o grabados famosos sobre el tema de “la expulsión del paraíso”, así como una serie de velas con impresiones sobre rhodoid intitulada Hold back hell, de 1997, que retomaba imágenes medievales de orígenes y épocas diferentes sobre el tema del Infierno.

Este trabajo sobre el sufrimiento, que se refiere tanto al del corazón como al del cuerpo, así como también al tema del exilio, ha sido el tema central de la obra de Miguel Rothschild durante años. Desde su famosa exposición en el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires, en 1990 (A todas las mujeres que me hicieron sufrir como un perro), pasando por Lágrimas asesinas en la Galería Ruth Benzacar, en 2001, y en el Ludwig Museum de Colonia, Alemania, en 2000, con Lo intratable amoroso, la trayectoria creadora de Rothschild es inseparable de su capacidad para trascender su destino personal a través del arte. Por tal razón, la exposición de Douai, que reunía obras de este período, mostraba claramente el enquistamiento del artista respecto a ese inaccesible horizonte de amor y redención, aunque el humor y la ironía no estaban ausentes de esa su obsesión trascendental. Hoy en día, pareciera que la “religiosidad” imperfecta de Miguel Rothschild se ha ido atenuando ante las sorpresas (felices) de la vida. El trayecto sembrado de trampas, reales o imaginarias, se ha ido aclarando. El artista, transfigurado, observa con distancia esa época en la que, perdido, buscaba dolorosamente la forma de encontrarse.

NOTA

1. En septiembre de 2001, exposición organizada con la Galería Yvonamor Palix, que reunía, bajo el título de Visiones, las obras de Ambra Polidori, Betsabée Romero, Alicia Paz y Yolanda Gutiérrez.

CHRISTINE FRÉROT

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