Campos latinoamericanos, título de la exposición de Miguel Ángel Rojas y Regina Silveira, presentada por Alcuadrado/Arte Actual, es una muestra que permite hacer una serie de reflexiones acerca de las relaciones que el arte contemporáneo establece con los lugares de exhibición, con el presente inmediato y con la historia.
Ésta es la quinta muestra que realiza Alcuadrado/Arte Actual, un concepto de galería “nómada” que busca distintos lugares en la ciudad con el propósito de “reelaborar espacios creados”, de reivindicarles valor a edificios, bodegas y a la ciudad misma, así como “reinventarle el espacio al arte”. Campos latinoamericanos se ha instalado en el primer piso del antiguo hotel Hilton de Bogotá, un edificio diseñado por el arquitecto Fernando Martínez y destinado para servir como vivienda de los agentes de la Policía nacional, función que nunca cumplió, y que ahora se encuentra deshabitado. El primer piso, diseñado para ser el gran hall, nunca llegó a serlo, quedó para siempre en obra negra. De manera que al ser utilizado como espacio de exhibición, se diferencia de las asépticas salas modernas, de altos, impecables y neutros muros blancos, y se muestra como un espacio cargado de connotaciones, un espacio con carácter propio. Su aspecto de ruina, de lugar a medio construir, no es silencioso, ni inofensivo. Las paredes sin pintura, las vigas de acero a la vista y un piso en cemento desigual que obliga a hacer una advertencia al espectador para que camine con precaución afectan de forma directa a la obra y al espectador, pues la ruina, de por sí, es una invocación a la memoria. La disposición de las obras de Silveira y Rojas acentúa la estructura arquitectónica del lugar: una forma cóncava es habitada por las largas sombras negras de la artista brasilera, mientras que las obras de Rojas, ocupan espacios cuadrangulares que como una especie de nichos se abren en el primer y segundo piso.

David es una secuencia de doce fotografías, de dos metros de altura, instaladas en el segundo piso, impecables en su factura, dotadas con todos los atributos de la belleza que desde Grecia y el Renacimiento han irradiado sobre la cultura occidental. Estas imágenes en blanco y negro, impresas sobre papel para hacer impresiones a color, están iluminadas por una luz cálida, entran en diálogo con este lugar deteriorado, con las vigas desnudas de acero y los muros ásperos de cemento. De inmediato, la pose del hombre, la perfección de su cuerpo y el manejo de la luz aluden a una de las figuras paradigmáticas de este antiguo concepto de belleza: el David de Miguel Ángel. Pero este David, también de Miguel Ángel, no Buonarroti, sino Rojas, trae consigo en su belleza una señal de ruina, da cuenta de un deterioro: una de sus piernas está trunca, le faltan el tobillo y el pie. Una primera lectura remite a tantos hermosos cuerpos desnudos mutilados por la acción del tiempo, la Venus sin brazos, el Discóbolo o una Afrodita, sin cabeza ni brazos, figuras del arte griego que exhiben su belleza incompleta en los grandes museos del mundo. Pero este David de Miguel Ángel Rojas no es una escultura, la fotografía es la de un hombre real que posa como tal: de pie, sobre un pedestal, una figura que a primera vista luce como un cuerpo tallado por acción del cuidadoso manejo de la luz. La fotografía muestra el cuerpo desnudo de un joven y bello soldado mutilado por una de las tristemente célebres minas quiebrapatas que han destrozado los cuerpos de niños, hombres y mujeres que viven en un país donde todas las estrategias de la guerra hacen parte del diario vivir. En este David contemporáneo el paradigma de la belleza clásica resulta tremendamente conmovedor. Ésta es una imagen cargada de múltiples connotaciones contradictorias entre sí: la belleza y la guerra, la creación y la destrucción, la vida y la muerte. Una imagen atravesada por tantas otras imágenes provenientes de la historia del arte, de su paradigma de belleza y espiritualidad máxima (recordemos que la belleza de Buonarroti tiene aspiraciones morales, su ideal de belleza está unido a un acto de la conciencia que aspira al bien y la verdad). Pero, por otra parte, está atravesada por otras tantas imágenes que no están dotadas de este carácter sublime, imágenes provenientes de periódicos y noticieros que transmiten los “desastres de la guerra”. Está atravesada por las crónicas periodísticas, por los relatos que se oyen en los medios y en la calle. Esta imagen del arte contemporáneo que recurre al concepto de belleza de un tiempo pasado está haciendo un señalamiento al mundo que la hace posible, a un mundo en crisis donde el cuerpo humano es diariamente degradado y maltratado.
Exactamente debajo de estas fotografías, se encuentra la instalación Quiebramales, también de Miguel Ángel Rojas, realizada con lápices Mirado clavados sobre placas de cemento, cuidadosamente alineados. El sonido de múltiples voces de niño, que hacen parte de la instalación, nos transporta al mundo escolar, al patio de recreo, pero la forma como se agrupan los lápices nos relaciona con la estructura de las minas. Este campo sembrado de minas tiene su anverso en una educación que en Colombia es muy escasa y esquiva. El video Borde de pánico muestra una mano que dibuja sobre la superficie urbana de Bogotá, como lo señala la tapa de una alcantarilla que da inicio al video. El lápiz recorre el pavimento, y mientras dibuja un contorno recorre indicios, manchas de sangre, texturas urbanas conformadas por las huellas que deja una actividad incesante. El sonido del video contrasta con el de las risas infantiles, es sordo y profundo, como el lugar oscuro y escondido donde se ha instalado.

La obra de Regina Silveira es de un carácter menos emotivo que el de Rojas, su lenguaje es más conceptual, pero no por ello menos agudo y efectivo. Uno de los temas que esta artista brasileña ha trabajado de forma más recurrente son las sombras. Enormes sombras negras que proyecta un grupo de ejecutivos, o un hombre que lee su discurso, se imprimen sobre vinilo creando unas formas amenazantes y precisas, armas y tanques de guerra que atraviesan los muros de la galería, éstos sí pintados de blanco. Otras sombras, en forma de X, se cruzan sobre diversas piezas de una vajilla blanca impecable, creando en el ámbito de lo doméstico un lugar de censura y de peligro.
Una de las obras más significativas de la muestra es To be continued. Latinamerican Puzzle, en la que Regina Silveira también alude a la historia, a los imaginarios que suscita esta parte del continente conformado por el exotismo de las bailarinas latinas, la imagen del Che, rostros de indios, animales que evocan una zona selvática que comparten con retratos de políticos, personajes públicos, con figuras religiosas; imágenes provenientes de la prensa, de revistas, del cine, íconos que circulan a través de los distintos medios de comunicación. Estas piezas que no culminan en una imagen claramente descifrable dejan zonas inconclusas, espacios en blanco que el transcurso de la historia seguirá llenando infinitamente, como una narrativa histórica en proceso que omite una articulación legible.
Como lo anota Natalia Gutiérrez, autora del título de la exposición, estos dos artistas “Tienen en común, la construcción de campos artísticos que se definen por oposición a una visión complaciente y traen modos de razonar y percibir pertinentes. Delimitan una región de preguntas que a veces resultan impertinentes y por eso invisibles y que estos artistas quieren hacer reconocibles en el espacio”.
MARTA RODRÍGUEZ
