Joy Laville

Estudio de Joy Laville en Jiutepec, Morelos, 2003.

Monografíajun 2005 - ago 2005· Por Salomon Grimberg

Joy Laville

El tiempo suspendido

La simplicidad de la obra de Laville es engañosa.  Ella lucha por reducir su pintura a su esencia, buscando la imagen que se «leerá» como poesía.  Este deseo de síntesis visual la ha llevado a estudiar objetos y arte africanos, chinos, etruscos, minoicos, olmecas y de las Cícladas.

Durante la primavera de 2004, Joy Laville fue homenajeada con una exposición retrospectiva en el Museo de Arte Moderno de la ciudad de México. Su obra evocadora, de recuerdos reflexivos suspendidos en el tiempo, oculta su profundidad. Leonora Carrington se refirió a ella con admiración como “una huella digital”, debido a su singularidad.

Hélène Joy Laville nació el 8 de septiembre de 1923 en Ryde, isla de Wight, Inglaterra, en el hogar de Vera Perren, cantante, y Francis Laville, un capitán del séptimo regimiento Rajput del ejército indio. Joy fue una niña sensible y feliz, con un talento en ciernes: sabía dibujar, y continuó haciéndolo durante mucho tiempo después de la edad en que los niños dejan de hacerlo. A los 12 años tenía en la pared de su habitación una copia de un bodegón de Cézanne, y aunque sus padres no fomentaban sus ambiciones artísticas, tomó cursos particulares de arte a la vez que asistió por poco tiempo a una pequeña escuela de administración de empresas y terminó la secundaria; su educación se interrumpió cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. A los 21 años se casó y dos años más tarde se trasladó a Canadá, donde nació su hijo Trevor, en 1951, y donde Joy Laville descubrió a Diego Rivera y el arte mexicano.

Al separarse de su esposo, se puso en contacto con el cónsul mexicano en Vancouver, con el fin de obtener permisos de viaje, y el 3 de junio de 1956 viajó con su hijo a la ciudad de México con la intención de quedarse. Tres días después llegó en tren a San Miguel de Allende, donde durante dos años recibió de James Pinto su única preparación formal, en el Instituto Allende. Mientras experimentaba con una diversidad de “ismos”, desde el cubismo hasta el expresionismo abstracto, un artista suizo expatriado, Roger von Gunten, también influyó en ella. Para ayudarse con los gastos, Laville trabajaba medio tiempo en las oficinas del Instituto.

Monografía: Joy Laville — imagen 1
Joy Laville. Joven, 2002. Acrílico sobre lienzo. 61 x 76,2 cm. (24 x 30 pulgadas).

En 1960 vendió por 50 pesos su primera pintura, un rostro de Cristo que se parecía mucho a Ojos cerrados, de Odilo Redon; la firmó como “Rowe”, su apellido de casada. Ese mismo año Laville retomó el color cuando un estudiante dejó olvidados unos papeles y una caja de pasteles. Con ellos hizo un paisaje de San Miguel en un estilo que ahora se le reconoce como propio, su “huella digital” iconográfica. Le siguieron otros paisajes e interiores en el nuevo estilo. Gradualmente, Laville introdujo figuras humanas —siempre había pintado desnudos— y de vez en cuando agregaba formas florales para complementar las composiciones. Cuando estaba trabajando de medio tiempo en la librería El Colibrí, en 1964, conoció al autor mexicano Jorge Ibargüengoitia, su futuro esposo.

En 1966, la Galería Pecanins de la ciudad de México exhibió las pinturas de Laville, quien se ganó la admiración de críticos y coleccionistas. También ganó el concurso Confrontación 66 y un premio adquisición del Instituto Nacional de Bellas Artes. Al año siguiente, Ibargüengoitia le presentó a Inés Amor, directora de la Galería de Arte Mexicano, y Laville empezó a exponer allí. (Se convirtió en el denominador común entre otros artistas de la galería, porque sin tener en cuenta cómo pintaran, todos admiraban sinceramente su obra).

Joy Laville siente gran admiración por obras del pasado, de Fra Angelico, Breughel, Filippo Lippi, Goya (en especial una cabeza de un perro perteneciente a las Pinturas Negras), y por Velázquez. Pueden detectarse numerosos detalles e imágenes familiares bien asimiladas, como las sensuales odaliscas de Delacroix o Matisse, las mujeres casi anónimas de Marie Laurencin, el ingenioso uso del espacio de David Hockney. Extrañamente, sin embargo, es mera coincidencia que algunos de los pasteles de flores se asemejan tanto a la obra simbolista de Redon. El pintor Gunther Gerzso comentó acerca de su obra: “Sus pinturas están construidas de manera tan cuidadosa como las de Matisse: no se puede mover nada porque toda la composición se viene a pique”.

Antes de que Laville conociera a Ibargüengoitia, sus desnudos, casi siempre autorretratos, eran elementos pequeños, más bien insignificantes, empleados para complementar un arreglo. A partir de su encuentro, se hicieron más grandes y adquirieron más agresividad. Después de una exposición de dibujos al pastel en la Galería de Arte Mexicano en 1967, y por sugerencia de Inés Amor, Laville amplió su gama de expresión, explorando el empleo de óleos, acrílicos y acuarelas; trabajando en diseño gráfico (grabado, litografía y serigrafía) y en tres dimensiones (escultura en bronce). También hizo ilustraciones para varias publicaciones, incluidos libros para niños y, finalmente, realizó todas las cubiertas de los libros de Ibargüengoitia.

Monografía: Joy Laville — imagen 2
Joy Laville. Anunciación II, 1981. Acrílico sobre lienzo. 89 x 115,5 cm. (35 x 45 1/2 pulgadas).

En 1970, el tono y contenido emocional de la pintura de Laville cambiaron en forma dramática. Conservando aún su sutileza característica, empezó a producir imágenes imponentes que son obras cautivadoras, como Desnudo inclinado con vista de montaña (1970) y dos grandes versiones de Paisaje de San Miguel (ambas de 1970), una de las cuales fue adquirida con entusiasmo por el curador Fernando Gamboa para la colección permanente del Banco Nacional de México. Otra fue Juventud (1970), en donde la figura se funde lánguida y discretamente con el paisaje de dos colinas de color verde grisáceo. Laville ha continuado con ese estilo, creando imágenes monumentales, aunque con la misma intimidad de sus obras anteriores más pequeñas. La primera pintura que Laville le dio a Ibargüengoitia fue un pastel de flores amarillas y grises; aunque él la valoró, más tarde le advirtió: “Asegúrate de que no te conozcan por ser una pintora de flores”. No había peligro de que eso sucediera; Joy Laville es una pintora de mucho temple; su obra es emocionalmente genuina. Las flores, como los paisajes y desnudos que ella crea y cambia de posición en interminables composiciones, son simplemente vehículos empleados para transmitir unidad dentro del tiempo y el espacio.

Laville e Ibargüengoitia viajaban constantemente, visitando África, Egipto, Grecia, España, Baja California, Mazatlán y el Mar de Cortés. Dondequiera que iban, trabajaban. Cada nuevo ambiente producía cambios radicales en la pintura de Laville. Su paleta de pasteles cambiaba de acuerdo con la luz o el clima de cada nuevo lugar, haciéndose más cálida, más clara, más fría o más intensa. En Roquetas del Mar, en Almería, Laville creó retratos de mujeres sensuales, algunas con camisetas transparentes y su vello púbico apenas visible; también imágenes de ensueño y evocadores paisajes marinos que pueden estar entre las obras más misteriosas que hayan brotado de sus pinceles.

En un autorretrato creado en Egipto, Laville se pintó viajando en un bote por el Nilo mientras un caimán rosado duerme perezosamente en las orillas. Un divertido retrato doble, pintado como un fotomontaje en postal, muestra a la artista y a Ibargüengoitia rodeados de referencias a sus viajes: avión, pirámides e indicios de Karnack, Luxor y Aswán. En una tercera obra, Laville transformó la Esfinge en un seductor león de melena verde y negra. En recuerdo de un safari fotográfico a Mombasa, el naranja calienta las pinturas de la tierra seca de Amboseli. Los áridos y rocosos paisajes que pintó en Grecia son grises y monocromáticos, aunque algunos de Hidra revelan un elemento de sorpresa: un árbol solitario en la distancia, un bus que trepa por una empinada colina, casi fundiéndose con el paisaje. En Baja California su obra adquirió una dimensión extraordinaria; pintó bañistas flotando en vastos océanos, solos o en grupos, como bancos de ballenas, y también planeadores suspendidos sobre las montañas o marinas infinitas.

Por un tiempo, a principios de la década de 1970, Laville fue influenciada por la fotografía. Algunas de las chicas de E. J. Bellocq pertenecientes a la zona de tolerancia de Nueva Orleáns reaparecen en sus composiciones, en particular la que está sentada en un espacio dividido en compartimientos. Laville también recreó varias veces a la artista de circo Diane Arbus, vestida con su capa henchida por el viento, una de cuyas versiones ilustró la cubierta del libro de Ibargüengoitia The Dead Girls.

Después de la primera retrospectiva de Laville en 1997 en el Museo de Arte Moderno, a Ibargüengoitia le ofrecieron un cargo como profesor en la Universidad Rutgers, por lo cual se trasladaron a New Jersey en 1978. Al año siguiente viajaron a Europa, donde visitaron Holanda y Austria y se establecieron en París, en un apartamento donde cada uno tenía su propio estudio. La artista continuó exponiendo en México, así como en Estados Unidos y Canadá.

Monografía: Joy Laville — imagen 3
Joy Laville. Mujer con flores y aeroplano, 1984. Gouache sobre papel. 46,5 x 63,5 cm. (18 1/4 x 25 pulgadas).

En 1982 Laville pintó dos Anunciaciones en las cuales una mujer está sentada simultáneamente dentro y fuera de un cuarto. La mujer no tiene ojos, tiene los brazos cruzados (en la primera versión de la pintura sostiene un gato), y por encima de ella se aproxima un avión. El tema podría haberse interpretado como la parodia de una alegoría religiosa o, incluso, como erótico, si no hubiera sido porque el 27 de noviembre de 1983, a la 1:04 de la mañana, Jorge Ibargüengoitia falleció en un accidente aéreo sobre Corral de Jorge, justo en las afueras de Madrid. El escritor viajaba con otros tres autores latinoamericanos, Ángel Rama, Manuel Scorza y Marta Traba, hacia Bogotá, Colombia, invitados por Gabriel García Márquez a su Primer Encuentro de Cultura Hispanoamericana.

Cuando empezó a pintar de nuevo, el contenido emocional de su obra, con frecuencia hermético, se volvió perfectamente asequible. Si se colgaran una al lado de la otra, las pinturas de este período narrarían silenciosamente una historia de amor. En la primera obra que produjo, Mujer con flores y aeroplano (1984), Laville aparece tuerta, con la mirada fija, sin expresión, solitaria en un paisaje desierto, abrazando un ramo de flores, y detrás de ella un avión en el instante en que se estrella. Esta iconografía perseguiría a Laville durante años, en la misma forma en que las Furias persiguieron a Orestes. Terminada el mismo año, Mujer durmiendo y aeroplano (1984) representa a Laville la noche de la muerte de su esposo: dormida en su apartamento de París mientras un avión se estrella en lo alto. De nuevo se retrata a sí misma pequeña, para hacer énfasis en su soledad y su pérdida.

Con el tiempo, aunque el avión simbolizaba el trauma, un bote vino a simbolizar la partida de Ibargüengoitia y un río reemplazó el océano. Varias obras se inspiran en el tema de la pintura de Joachim Patinir Charon cruzando el río Styx (alrededor de 1510; El Prado), en la que el barquero transporta el alma de un muerto a través del agua para llevarlo al siguiente mundo. El agua que separa los dos mundos sugiere una implacable soledad. La primera vez que Laville retrató la partida de Ibargüengoitia fue en Hombre saltando de una roca (1986), en la que él aparece saltando al agua, donde lo espera un bote. Una versión de esta imagen se convirtió en la portada de un libro de sus ensayos, Sálvese quien pueda. Variaciones de este tema se repitieron en varias pinturas, incluidas Un hombre alejándose en un bote (1986) o Hombre descubriendo un templo (1987). En otras, como las dos versiones de The River (1984), Ibargüengoitia ha entrado en un nuevo reino que a ella no se le permite ver.

Autorretratos más recientes indican que Laville se recuperó. Ya no se retrata aturdida, enojada o desesperada, más bien se le ve lúcida, contemplativa, equilibrada. Las referencias a Ibargüengoitia son menos frecuentes, en obras que son tristes o nostálgicas, otras veces tiernas, incluso llenas de esperanza. Su presencia puede verse o sentirse en algunos autorretratos, naturalezas muertas, marinas o paisajes.

La simplicidad de la obra de Laville es engañosa. Ella lucha por reducir su pintura a su esencia, buscando la imagen que se “leerá” como poesía. Este deseo de síntesis visual la ha llevado a estudiar objetos y arte africanos, chinos, etruscos, minoicos, olmecas y de las Cícladas. Siguen surgiendo imágenes frescas, y la artista admite que algunas de sus obras favoritas están entre las más recientes, como “un gran paisaje con muchas palmeras”, pero al siguiente instante, Laville agregará: “Me gusta mirar las cosas que hice hace muchos años y ver lo buena que era”. Le gusta un retrato más antiguo, “Me gusta el retrato de Gela” (la escultora Ángela Gurría).

El océano sigue siendo para Laville un símbolo de lo desconocido. En Subiendo para obtener aire (1991), tres duendes acuáticos suben a la superficie, lejos de la playa. En Novia en la playa (1993), una joven con la cara oculta espera embarcarse en el bote que la llevará hacia su futuro esposo. Para dos recientes exposiciones individuales en Nueva York (1993 y 1995), expuso dramáticas imágenes derivadas del cuento de la femme fatale, “La Belle Dame sans Merci”, del poeta romántico británico Keats, aunque la iconografía es estrictamente Laville. En el poema original, la seductora emplea su larga cabellera como arma para asfixiar a su víctima, enrollándosela alrededor del cuello. En la versión de Laville, el mar le arrebata su último aliento.

Monografía: Joy Laville — imagen 4
Joy Laville. Mujer durmiendo y aeroplano, 1984. Gouache sobre papel. 44 x 63,5 cm. (17 1/4 x 25 pulgadas).

Uno nunca se imaginaría que las serenas imágenes de Laville fueran generadas por el desasosiego; sólo al contemplarlas con cuidado se percibe la emoción que llevan dentro. Para transmitir tensión, una especie de temperancia impregna a cada personaje, bodegón, paisaje o interior, manteniéndolos interesantes y dándoles presencia. Incluso sus retratos revelan más acerca de los modelos que su apariencia exterior.

En 1985 Joy Laville regresó a México, a Jiutepec, no lejos de Cuernavaca. Caminar por su casa es una experiencia singular, como entrar en una de sus pinturas. El interior es modesto, espacioso y poco denso, con muebles sencillos y colores discretos, con una planta aquí y otra allá. Sus pinturas colgadas en las paredes parecen ventanas que dan a otros cuartos, a los múltiples mundos de Laville.

Laville es quizás vulnerable, mas no frágil. Trabaja celosamente, y a lo largo de 20 años ha presentado 21 exposiciones individuales en México, Europa y Estados Unidos. La retrospectiva de 2004 en el Museo de Arte Moderno, curada por Santiago Espinosa de los Monteros, reunió obras de más de cuatro décadas y representó la continuada y extraordinaria contribución de Laville al arte mexicano contemporáneo.

SALOMON GRIMBERG

Curador mexicano residente en Dallas, Texas. Autor de numerosos escritos sobre el proceso creativo.

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