El ambiguo dibujante de la sexualidad exasperada, con sus dedos-penes y sus pezones-frutas, retoma ahora una de sus obsesiones más antiguas: la que ya desde 1959 lo impulsaba por el camino de la escultura.
Esas sólidas máscaras de metal, en apariencia, que envuelven y protegen un vacío. Que al abrir sus puertas, mediante goznes rudos y bisagras explícitas, nos permiten asomarnos, como en Doored Chest de 2000 a un tabernáculo ancestral: aquel que se halla grabado en el corazón del hombre. Si sus cartas de amor, rescatadas algunas en el mercado de las pulgas, eran glosadas y ornadas por su laberíntica escritura, ahora, en la pieza mencionada, un alfabeto original, de angular geometría, nos remite a los orígenes. Al comienzo mismo del mundo.

Hay, en verdad, algo arcaico en esos torsos, plantados en un espacio propio, y que nos pueden llevar hasta la cerámica quimbaya o una figura, también de rostro liso, de las islas Cícladas. Pero hay también allí algo precario e inerme en ese Sebastián de 1993, con sus consabidas flechas. El bronce con que Jim Amaral resuelve sus esculturas no es, de ningún modo, garantía de firmeza y estabilidad: será horadado, circundado por órbitas de energía, ceñido o remendado, o más explícitamente, en Secuestro. Mujer sentada, de 1996, veremos cómo las correas tensan el desamparo de ese cuerpo humillado y condenado a la arbitraria inmovilidad. El rostro, preso también tras una rejilla de barrotes horizontales, refuerza la importancia del conjunto, al mirar hacia un cielo que, no hay duda, tardará mucho en responder a sus ruegos. Sí, el tiempo con su pátina milenaria, de grises y verdes, dorados y azules oxidados, refuerza la sensación de figuras extraídas de imprecisos mausoleos o remotas tumbas.
Sólo que, al contrario de los guerreros chinos y sus nerviosos caballos, aquí yelmos y escudos, brazos en espiral y perros guardianes parecen sustraídos a la erosión del tiempo y nos sugieren su ingreso a la órbita circular de las mitologías: en sus títulos, Amaral nos recuerda a Tiresias y a Narciso, al Minotauro y a los cisnes que desaparecen en el cielo de la mitología hindú. Esto sin olvidar la esfinge y la fascinante recreación fotográfica que realizó en Chile con enanos, dentro del proyecto de Cuerpos pintados, de Roberto Edwards.

Esos sátiros, ese rechoncho dios Baco de pene violeta ornado con el lazo de un corbatín cursi, nos demuestran su doble capacidad para restaurar el mito y mostrar a la vez el cuestionamiento de toda certeza visual. Ya nos había seducido con sus paisajes, que eran dedos y uñas, falos y vaginas, expuestos en rítmica secuencia de variados paneles.
Sólo que la fuerza contenida que emana de esos muslos y torsos, en áspero-metal, sigue siendo la misma energía sexual que dinamita toda su obra y que circula avasalladora e incontenible, ya se trate de esos cartoons en colores de promiscuas parejas unidas en estática cópula, fechadas hoy en día, como del escueto hombre sobre un burro, con verga explícita, con que abrió su primera exposición individual, en 1964, en la Galería El Callejón, y que sirve ahora de punto de partida para el vasto recorrido de sus Transfiguraciones, la amplísima retrospectiva que ha curado con dedicación e inteligencia Santiago Londoño en la Luis Ángel Arango.

Quien arañaba la piel en pos de un placer esquivo, ahora se hace volumen y dilata sus dimensiones en una atmósfera que ciñe y a la vez constriñe. Que nos remite, siempre, a la soledad central que impera sobre estas criaturas. Aisladas, únicas, con alas rotas, un hombre-triciclo de 1992 bien puede aludir a esos inverosímiles carros con que los paralíticos se movilizan, como si todo el mundo de Amaral, proliferante de ruedas, hubiese quedado atrapado en el indudable peso terrestre de esas formas macizas, expuestas en su frontalidad cautiva. Veremos así que tanto el poeta como la mujer, en obras de 1995, estarán ceñidos de cinchas, no sólo para romper el plano sino para sugerir la condena.
Extraño mundo, entonces, de fuerza y desamparo, de soledad y escudo, de rejas y correajes, para acentuar el virtuosismo innegable de su métier. Porque al mirarlos más de cerca, y sobre todo al palparlos, muchos de esos rostros han quedado cubiertos por un velo de lágrimas. La sólida cascada de gotas metálicas que recubren un dolor insondable como piets contemporáneas que en la torsión de su desamparo aguardan la mano que las alivie de su orfandad. Hay que tocar estos bronces, de verdor agonizante, con sus perros guardianes, tachonados de armaduras de clavos, y acceder así a una sacralidad de imperios desaparecidos. De mitologías extintas.

La energía y la ambigüedad que potenciaban su arte y lo llevaban a manifestarse en esa flora sexual, de bulbos inquietantes, y en la traslación equívoca de esos perfiles de anatómico recorte cerebral, pletóricos de uñas y dedos, tienen ahora el límite impuesto del metal. Aun así, esos volúmenes continúan pugnando por escaparse de sí mismos. Ángeles o cisnes, centauros o torturados: las ruedas de la libertad pueden ser también, como en la Inquisición, el potro de los tormentos. Un instrumento de dolor, placer o agonía. De estirar la materia y flexibilizar lo pétreo y continuar así la rueda infinita de la metamorfosis. El tacto, que ya se manifestaba en sus iniciales dibujos trabajados sobre papel enyesado, es quizás el sentido prioritario que orienta su búsqueda. Pero ese tacto, y esa mirada aguda, registran también un mundo en extinción. Frutos de duelo, de los años 80, se titulaba una de sus más conmovedoras series, de oscuros tonos y lúgubres perspectivas. Una elegía por lo que se extingue, pero el dolor que pudría esos frutos terminaba por redimirlos en la soledad de esa contemplación sobre nuestras postrimerías. La melancolía saturnal con que contempla soles negros o lunas en extinción. Un desolado planeta regido por la muerte, y que se halla, Eros y Thanatos a la vez, en la doble cara humana de su pulsión creativa. Por ello, con sus esculturas, nos acercamos al pavor de ver cómo estos guerreros y guardianes no nos protegen ni de nosotros mismos. Custodian el atroz secreto del mundo en que vivimos. Una Colombia pobre, insegura y violenta que intenta humanizar, a través del arte, un mundo de fracasos e imposibilidades. De clausuras físicas y anímicas. La ambigüedad sexual se ha diluido. Esos rostros sin ojos ni sentidos son más expresivos que cualquier fotografía testimonial o de denuncia. Solo queda el valioso y valiente testimonio con que Jim Amaral, desde el dolor, nos brinda asperezas entrañables, insomnes vigilias, diálogos mudos y esa factura que, por proba y honesta, sustenta su visión implacable: aquella que horada, con su dureza metálica, todas las mentiras y brinda, en cambio, la piedad de su soledad hondamente asumida. La de una nueva y necesaria mitología para la crudeza de este tiempo envilecido por una muerte ya carente de sentido.
JUAN GUSTAVO COBO BORDA
Crítico de arte y escritor.

