Exposición Individualjun 2005 - ago 2005· Por Santiago B. Olmo

Gabriel Orozco

Palacio de Cristal y Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía

Coincidiendo con México como país invitado en ARCO, numerosas instituciones madrileñas han presentado exposiciones que abordan el arte mexicano desde muy diversas perspectivas. El Museo Reina Sofía dedica a México dos exposiciones: ECO, un recorrido por el panorama actual a cargo de Oswaldo Sánchez y Kevin Power, y otra de Gabriel Orozco, en el Palacio de Cristal del Parque del Retiro. Ambas exposiciones muestran cómo en el panorama artístico mexicano se ha afirmado durante la última década una visión flexible y versátil, reflexiva y crítica, dispuesta a construir ideas muy sólidas con materiales corrientes, lo que determina una austeridad en la sofisticación, así como actitudes siempre atentas al espacio (físico y social) y a sus condiciones cambiantes y efímeras. Por otra parte, lo que ambas muestras ponen de manifiesto es la radical importancia e influencia en la escena mexicana de la obra de Orozco, que se traduce sobre todo en la afirmación de actitudes críticas y lúdicas, en la importancia de los sentidos, los usos y los significados de las cosas, mucho más que sus formas, y en la vivencia de los procesos como núcleo irrenunciable y esencial de la obra.

Habitualmente, el Palacio de Cristal es utilizado por los diversos artistas como un espacio de carácter experimental, apto para instalaciones y montajes. En esta exposición, por el contrario, Orozco ha generado un espacio de exhibición de carácter metafísico, sacando partido a la inquietud que genera el aspecto de gran invernadero vacío rodeado en su exterior por los árboles del parque. Se reúnen piezas realizadas entre 1992 y 2005, sin que se presenten obras específicamente concebidas para el espacio. Por otra parte, aunque la muestra incluye obras emblemáticas, como Piedra que cede (1992), entre otras, no se tiene la impresión de estar frente a una retrospectiva.

Exposición Individual: Gabriel Orozco — imagen 1
Gabriel Orozco. Mesa de ping pong con estanque, 1998. Mesa de ping pong modificada, lirios acuáticos, agua, técnica mixta. 76.2 x 426 x 426 cm. (30 x 167 1/2 x 167 1/2 pulgadas). Cortesía: Kurimanzutto, México D.F.

En numerosas ocasiones, Gabriel Orozco ha manifestado la importancia que tuvo en su desarrollo artístico su estancia en Madrid, a mediados de los años ochenta, como una experiencia personal de aprendizaje en el trato con los objetos y el azar. Probablemente también por ello, lo que se podía esperar era la realización de una intervención en el espacio del Palacio de Cristal, específicamente pensada para allí, incluyendo nuevas piezas. Pero quizás precisamente por eso, porque una opción de novedades era algo que entraba en lo previsible, el artista decide realizar un proyecto muy distinto, con una exposición desconcertante que enseña a mirar la realidad al “modo de Orozco”. Lo cierto es que hasta ahora no se había celebrado una exposición individual de Orozco en Madrid, tampoco en una galería, y la muestra salda inteligentemente esa deuda.

Pero estamos muy lejos de un montaje museístico habitual: es la propia puesta en escena lo que precisamente constituye el nervio de una intervención en el espacio en toda regla. La exposición es exactamente una instalación, pensada y meditada para que el museo, en un lugar que no es un museo, parezca otra cosa y no deje de ser una exposición, estrictamente ortodoxa y, sin embargo, diferente.

Orozco parece haber invertido las prioridades, poniendo de relieve el carácter excepcional e inquietante del lugar, para así permitir una lectura escenográfica y pormenorizada de las diferentes piezas. Puede que esa insistencia y subrayado en la manera de exhibir estén en parte determinados por el hecho de no tener estudio estable, vivir a caballo entre varias ciudades y trabajar de una manera muy flexible, en situaciones de trayecto y recurriendo a las vivencias cotidianas para estructurar ideas y obras.

En realidad, la exposición construye un espacio en forma de gabinete fantástico desde el que es posible precisar tanto el carácter inquisitivo de la mirada del artista como sus estrategias o su actitud de agitación visual. Alrededor del perímetro del espacio, junto a las grandes cristaleras, diversas piezas de reducidas dimensiones, y que funcionan como escuetos poemas objetuales, se exhiben a distancias regulares entre sí y en vitrinas de formatos muy semejantes. Mientras tanto, en los extremos de la gran nave se disponen las obras de mayor envergadura, que, como Oval con péndulo (1996) o Mesa de ping-pong con estanque (1998), marcan el espacio como un lugar de encuentros lúdicos. Ocupando el centro del espacio se afirma como un monumento a la idea de exhibición Sombra entre aros de aire, una pieza que presentó en 2003 en la Bienal de Venecia y que es una réplica en madera a escala 1:1 de la Pensilina proyectada en 1954 por Carlo Scarpa para el Pabellón de Italia en el recinto de los Giardini de la bienal. La pieza de Scarpa era una base sobre la que se colocaron diversas esculturas: lo arquitectónico asumía la peana como un deslizamiento radical. Si en Venecia la pieza de Orozco, situada a pocos metros del original, sólo separada por una puerta abatible de cristal, planteaba una relación especular de repetición y de silencio en el interior del Palacio de Cristal de Madrid adopta un sentido muy diferente: adopta la pose de un fetiche, asume las proporciones de un coloso hueco y grandilocuente, y parece proponerse como una caricatura de lo que entendemos como arquitectura y como exposición. Esta presencia arquitectónica convierte el espacio del antiguo invernadero en una caja, en un contenedor transparente y alegórico: como la Caja de zapatos vacía que presentó en Venecia en 1993, el juego consiste en transformar lo más simple en lo más complejo.

Todas las obras contienen elementos de juego, muchas de ellas son juegos reconocibles o parten de una idea de juego, pero el artista ha cambiado las reglas o ha planteado normas nuevas para nuevos juegos con objetos encontrados o construidos para jugar. En cierto modo, a través de estas sutiles variaciones de reglas de juego, parece que el artista invita al espectador a reconstruir el significado de su propio instinto de juego, a cuestionar tanto las apariencias como el sentido común. Las piezas tienden a presentarse como espacios o elementos de juego que deben ser reinventados y dotados de nuevos significados, pero a través de un ejercicio del cuerpo en el que sea redimensionada la acción y el movimiento. La discusión se establece entre el movimiento como proceso y cambio y la quietud como contemplación y exhibición. Todas las obras están conectadas entre sí a través de la irresoluble contradicción que une y separa a la vez las apariencias de lo reconocible, el sentido del uso, la visualidad de la manualidad.

Al final, lo que ofrece Orozco es una lección de simplicidad para develar la complejidad de su mirada.

SANTIAGO OLMO

Gabriel Orozco, por Santiago B. Olmo | artnexus