Contradicciones y convivencias: Arte de América Latina, 1981

Alfredo Jaar. Coyote, 1988. Caja de luz con transparencia a color y espejo con marco biselado. Caja: 127 x 101,6 x 50,8 cm. (50 x 40 x 20 pulgadas). Espejo: 60,9 x 60,9 cm. (24 x 24 pulgadas).

Colectivajun 2005 - ago 2005· Por María Clara Bernal

Contradicciones y convivencias: Arte de América Latina, 1981

Museo de Arte del Banco de la República

La muestra que está planteada en torno al libro de German Rubiano Caballero, Arte de América Latina, 1981-2000, propone hacer evidente el “pluralismo” y “la coexistencia de tendencias y actitudes contrapuestas” en el arte de América Latina. El profesor Rubiano comparte la curaduría con Félix Ángel, y partiendo de la idea de que estas dos décadas del arte del continente son “dos décadas de contradicciones y convivencias”, seleccionaron un grupo de 40 artistas.

Hacer una exposición sobre arte de América Latina resulta una tarea abrumadora, así el ejercicio esté enmarcado temporalmente en dos décadas. No solamente por el ya trillado argumento de que América Latina no representa un bloque cultural, sino porque en estas mismas dos décadas a las que se refiere el libro y la exposición estaba empezando a tomar fuerza la idea de la imposibilidad de acercarse a la producción cultural desde un contexto geográfico predeterminado y claramente delimitado.

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Carlos Runcie Tanaka. Cien rosas para cien esferas, 1997. Instalación con cerámica, vidrio, hierro, cable de acero, luz y fotocopia. Dimensiones variables.

Sin embargo, las obras escogidas para esta exposición, intencionalmente o no, señalan una situación más allá de las “contradicciones y de las convivencias” a nivel plástico. Se hacen evidentes también las contradicciones y las convivencias en los espacios culturales de América Latina y las “negociaciones” entre éstos, que hacen posible la riqueza y diversidad del arte producido desde ese marco conceptual que es Latinoamérica. Dentro de esta “negociación” parece importante destacar las obras de los cubanos Alexis Leyva (Kcho) y José Bedia, el chileno Alfredo Jaar y el peruano Carlos Runcie Tanaka, precisamente porque señalan una serie de migraciones que hacen imposible pensar en Latinoamérica de la misma manera en que se pensaba tres décadas antes cuando Marta Traba escribió el libro Arte en América Latina, 1900-1980.

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Lika Mutal. Despertando del sueño milenario, 1998. Granito y piedra. Altura: 373,4 cm. (147 pulgadas).

Mientras que la Isla de la juventud en la que Kcho construye una ciudad sobre un neumático funciona como un recordatorio de las migraciones masivas de cubanos hacia Estados Unidos que se dieron en 1994, cuando Fidel Castro dio una ventana de oportunidad para abandonar la isla, la obra de Bedia habla de aquello que sucede a raíz de esas migraciones, en su obra Un largo recorrido. El título no se refiere únicamente a la distancia geográfica entre Cuba y Estados Unidos, también incorpora la distancia cultural que un inmigrante debe superar para incorporarse a esa cultura extraña a la cual está entrando.

Alfredo Jaar, por su parte, ha dedicado gran parte de su obra a explorar la relación problemática de Estados Unidos con el resto del continente americano. En su instalación Coyote, Jaar expone una fotografía de una niña cruzando un río con otra niña en sus espaldas, esta fotografía que está montada en una caja de luz, está ubicada en una esquina seguida de un espejo instalado de tal forma que refleje a la fotografía. La obra es algo hermética y se refiere al cruce de ilegales por el "Río Grande" en la frontera entre México y Estados Unidos. La obra This is not America, cuyo registro está también incluido en la exposición y se refiere a cómo los latinoamericanos entendemos a América como todo el continente. Por último, la obra de Carlos Runcie Tanaka, una instalación en la que una serie de cangrejos hechos en origami están suspendidos del techo proyectando sus sombras sobre unas esferas cerámicas instaladas en el piso, es también un “monumento” a la migración e intercambio cultural; en este caso, la llegada de los primeros japoneses a Perú. En su instalación, Runcie Tanaka pone en “conversación” elementos heterogéneos que son representativos de las dos culturas —la peruana y la japonesa—, logrando una unificación a través de la sombra.

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Arnaldo Roche Rabell. Tenemos que soñar en azul, 1986. Técnica mixta sobre lienzo. 213 x 152 cm. (83 4/5 x 60 pulgadas). Colección John Belk y Margarita Serapion. Cortesía: Walter Otero Gallery.

Otro punto fuerte de la exposición es el haber incorporado la producción artística contemporánea de Centroamérica y el Caribe, a la cual tenemos poco acceso usualmente. Están representados artistas como Brooke Alfaro de Panamá, con su video-instalación Nueve, en el que el artista juega con la imaginación del espectador, que no se puede decidir si en el video se están enfrentado dos equipos de fútbol o dos pandillas al ritmo de música popular y cantos de guerra. Está también el puertorriqueño Arnoldo Roche, que en su obra Tenemos que soñar azul toca el tema del neocolonialismo existente en su país, a raíz de la dependencia económica de Estados Unidos; o la obra del haitiano Yves Telemak quien adapta y seculariza las banderas vevé que son utilizadas en prácticas religiosas vudú, traduciéndolas al lenguaje artístico contemporáneo. Por último, vale la pena mencionar la obra Lección de maquillaje de Priscilla Monje, de Costa Rica, que presenta un video impactante sobre el maltrato a la mujer.

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José Bedia. Un largo recorrido, 1995. Acrílico sobre tela. 147 x 183 cm. (58 x 72 pulgadas).

Vale la pena mencionar también el trabajo de la escultora holandesa Lika Mutal representando al Perú. La punta de flecha en metal que descansa sobre una base en piedra apuntando al cielo es menos el resultado de su diálogo con las culturas prehispánicas del Perú que el resultado de un interés marcado por el oficio y por las prácticas Zen, según la escultora la piedra la envuelve en su silencio. A la solidez de esta escultura se contrapone la obra de Matilde Marín siendo también una manifestación escultórica la artista desafía las propiedades del papel como soporte dimensional y le da el carácter volumétrico. Marín crea su relieve sobre la pared dando una sensación de levedad y fragilidad sin embargo contundente a la hora de ocupar el espacio.

Colombia, por ser el país anfitrión, cuenta con la mayor cantidad de representantes: Félix Ángel, Germán Botero, Johanna Calle, Óscar Muñoz, José Alejandro Restrepo, Miguel Ángel Rojas, Doris Salcedo, José Antonio Suárez, Ronny Vayda y Gustavo Zalamea. Sin embargo, en la escogencia de estos nombres se vuelve a hacer evidente el problema de querer curar una exposición sobre América Latina, así no pretenda ser exhaustiva. El problema es que siempre van a hacer falta nombres: artistas tan importantes como Juan Fernando Herrán, Fernando Uhía, María Elvira Escallón, Clemencia Echeverry y muchos más quedaron por fuera. Con seguridad, también hacen falta nombres en la representación de los otros países presentes en la exposición. Aunque es comprensible que no se pueda incluir a todos los artistas de todos los países, esta situación hace evidente que actualmente la producción artística y la geografía política son difíciles de conciliar.

MARÍA CLARA BERNAL

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