No es muy común que la zona principal de exposiciones de Casa de América, el Pabellón de Caballerizas, sea ocupado por un solo artista. Se trata de un edificio de tres plantas y un sótano, que aunque no es de proporciones gigantescas, tiene su entidad.
Cuando se anunció una exposición individual de Carlos Amorales que ocuparía todo el espacio, lejos estaba de imaginar el acierto y la habilidad del artista para ocupar espacial y narrativamente un espacio tan complejo como éste.
El título de la muestra, Why fear the future?, sirve de hilo conductor, al tiempo que engloba la amplitud de interpretaciones que esta gran instalación desata, y es difícil dar cuenta de ella sin describir con cierta precisión el recorrido que Amorales nos propone. La exposición comienza en la planta baja del pabellón con un video animado en el que, sobre un fondo blanco, se va añadiendo una serie de puntos negros que terminan formando una imagen muy similar a las manchas de Rorschach, esas imágenes abstractas que los psicólogos muestran a sus pacientes para que las interpreten. No hay mayor explicación, y con esa imagen seguimos hasta la primera planta dividida en dos partes. En el área más pequeña nos encontramos con una habitación totalmente forrada con papel pintado en el que están representadas las siluetas negras de unas enormes aves, una tras otra ocupando casi todo el espacio blanco. En el centro, un biombo también blanco sobre el que se dibuja en negro un conjunto de líneas que parecen sacadas de una explosión de tira cómica. Detrás de él, una mesa y dos sillas de madera, sobre la mesa una baraja que recoge un conjunto de dibujos, también en blanco y negro, algunos vagamente familiares, otros incomprensibles. Se trata del escenario de una muy abstracta lectura de tarot. En la habitación siguiente, sobre un muro blanco impecable, un conjunto de más de 400 pequeños dibujos digitales en blanco y negro —algunos vagamente familiares— enmarcados individualmente y desplegados en series en tres filas alrededor de los muros. Aquí encontramos imágenes que se asemejan a las de la baraja, algunas son las mismas, y otras se relacionan con el video de las manchas.

En realidad, nos encontramos frente al repertorio visual de Carlos Amorales, y desde el que ha elaborado todo su trabajo en los últimos años: aviones, aves, siluetas de personajes, animales, máscaras... muchas de estas imágenes aparecen en otras piezas o se refieren a ellas. El elemento común en todas —al igual que en las que incluye el tarot y en la propia instalación con el biombo— es el hermetismo. Amorales realiza una obra que a fuerza de simplificación estética, —siluetas negras sin ningún “detalle”, personajes y animales que parecen imaginados, abstracciones más cercanas al ámbito de la señalización que de la representación naturalista, y ahí está el ejemplo del personaje de luchador que ha construido— se rodea de misterio y no se presta a un desciframiento fácil. Quien esté familiarizado con su trabajo a través de los fragmentos que ha ido presentando en distintos contextos, se sorprenderá de encontrar aquí de pronto lo que parece ser una historia completa, un universo perfectamente interrelacionado del que sólo habíamos visto partes. Esta percepción, sin embargo, es bastante más intuitiva que racional. Esto es precisamente lo que se comprueba en la tercera planta, donde nos recibe una pantalla de video dividida en dos y en la que se escucha a distintos lectores de tarot —sólo se pueden ver sus manos y las cartas que van tirando— interpretando la baraja diseñada por Amorales.
En efecto, esa historia completa que nos mostró antes es una historia que ha de interpretarse. Aquí Amorales juega con el propio hermetismo de sus imágenes y responde —aparentemente— al título de la muestra: ¿por qué temerle al futuro? Hay un interesante juego de ambigüedad en el hecho de que nos presenta las interpretaciones diferentes de varios cartománticos. Si hasta ahora este universo presentado por Amorales parecía tener un significado secreto, de pronto parece que ese significado depende en última instancia de nuestra interpretación subjetiva. Aquí los dibujos y la baraja de Amorales se convierten en una metáfora del mundo y de lo que nos rodea: está en nuestras manos interpretarlo, darle sentido. Todo puede significar cualquier cosa. El hilo narrativo ascendente de la exposición es impecable y se convierte en una serie de revelaciones desveladas en el momento justo y con los medios justos: no olvidemos que es una exposición que incluye desde instalación hasta dibujo y video. Y en el preciso momento en que hemos creído comprenderlo todo, Amorales literalmente quiebra todo el aparato interpretativo que había venido construyendo desde aquellos viejos dibujos de Rorschach: la última sala se encuentra atravesada por una pantalla en diagonal. De frente encontramos una animación realizada otra vez con algunos de los dibujos que ahora nos son familiares. Al ritmo de una composición musical hermosísima y altamente emotiva, vemos aparecer bandadas de pájaros, aviones, un lobo-perro que aúlla, lo único que mueve estas imágenes son los acordes del piano, y en un momento dado todo estalla, el fondo blanco, las imágenes, todo desaparece para volver a empezar. Por detrás —y sólo los más curiosos se habrán percatado de ello— la pantalla muestra al pianista mientras toca la música de acompañamiento. El mundo de Amorales gira al compás de esta persona totalmente absorbida por su interpretación y ajena a ese universo que Amorales ha puesto en marcha.
Es difícil describir la sensación que esta muestra nos deja: la carga poética, metafórica y visual que Amorales teje se encuentra al alcance de pocos artistas al tiempo que se aleja de la espectacularidad y de las grandes pretensiones tecnológicas. Muy al contrario, es una exposición intimista de la que salimos sabiendo que algo nos ha sido revelado aunque quizá nunca sepamos exactamente qué. Y así está bien.
ISSA MARÍA BENÍTEZ DUEÑAS
