Multitudes frenéticas, perros desorientados, casas desbordantes, luz, texto, movimiento. Esto y mucho más es la obra de Antonio Seguí (Córdoba, Argentina, 1934). En su última exposición en México, llevada a cabo en la Galería Pablo Goebel Fine Arts, de noviembre a enero de este año, fueron exhibidas treinta obras de reciente factura. Este artista de larga trayectoria no deja de sorprendernos al mostrarnos su trabajo abigarrado de sujetos y metáforas.
La obra de Seguí siempre se ha caracterizado por una mezcla de humor e ironía, y sus personajes poseen un estilo propio. El artista aseguró en una ocasión haberse nutrido de las tiras cómicas, de las caricaturas políticas y de muchos otros elementos de la cultura popular que le rodeaba en ese entonces cuando vivía en su natal Córdoba, y que sin duda fueron la inspiración para desarrollar ese estilo satírico, que siendo lúdico, no es banal ni simplista, sino cargado de un trasfondo intenso.
En esos cuadros llenos de gente se puede apreciar una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo: cuanto más cercanos pareciera que estamos gracias a la tecnología que facilita la comunicación e implica la reducción de distancias, la simplificación de procesos, el cambio de ideologías, acabamos por encerrarnos en nosotros mismos y más lejanos estamos de los que nos rodean. Los personajes de Seguí van deprisa, cada quien en su propia dirección, chocando o encimándose unos a otros en su intento por llegar pronto.

Nada mejor expresa la idea de la posmodernidad que una multitud en la que todos los que participan son más individualistas que nunca; incluso, en obras donde hay menos elementos, como en Pareja, el distanciamiento se hace presente, ya que vemos al hombre en el lado izquierdo, al perro en medio y a la mujer con su bolso en el lado derecho, y todos nos dan la espalda, en una atmósfera de colores vivos y alegres, pero no hay contacto, no hay interacción entre la pareja, y esa misma pareja se niega al contacto con el propio espectador.
Existe, además, otra contraposición de elementos, como es la mezcla de las atmósferas y de los temas con lo que sucede en la obra, como si estuviese expresando dos momentos en una sola escena: una especie de momento sombrío e inquietante y un momento más cálido aunque no menos confuso. Ante títulos “pesimistas” como Paisaje torturado, El sol no sale para todos y Desasosiego, hay títulos como Alegría-Alegría y Como una fiesta, donde nadie aparece muy sonriente; al contrario, todos parecen refunfuñar y maldecir para sus adentros.
Es en esa mirada irónica de Seguí en donde radica el poder de su obra, puesto que con ese jugueteo entre lo pesimista y una franca burla, nos permite reflexionar sobre lo que nos acontece como individuos y como parte de una sociedad desquiciada. El marco perfecto para estas contradicciones es sin duda la ciudad, tema que al artista le inquieta desde fines de la década de 1980. El ajetreo, el perderse en ese universo de concreto, gente, en irse diluyendo en las masas de esas ciudades interminables, donde uno se ve relegado a ser parte de un todo que avanza aunque uno no quiera. Seguí no sólo es un excelente artista latinoamericano reconocido en todo el mundo, es también todos los individuos que se aglomeran en su obra, todo el desenfreno por crear y dar fe de la existencia de un mundo cotidiano lleno de cosas para mirar.
ISAURA RUIZ
