Agustín Bejarano

Agustín Bejarano. Los ritos del silencio CLXXXII, 2004. Técnica mixta sobre tela. 100 x 120 cm. (39 1/3 x 47 1/5 pulgadas). Cortesía: Nina Menocal.

Monografíajun 2005 - ago 2005· Por Caridad Blanco de la Cruz

Agustín Bejarano

La lluvia de los días*

Adentrarse en la urdimbre de la poética de Agustín Bejarano presupone no considerar apresuradamente sus múltiples tránsitos, no pecar en el deslinde de series o etapas, porque en la conformación de su discurso no existe la violencia de lo abrupto, sino una peculiar metamorfosis y una entremezcla continua que lo lleva de un lugar a otro con una coherencia conceptual y morfológica que va marcada por el patrimonio de su propio ejercicio.

Semejante a una ráfaga de viento huracanado fue la entrada de Agustín Bejarano al mundo del arte cubano. En 1987 obtuvo el Primer Premio con la calcografía Kate1, en el Encuentro Nacional de Grabado, muestra exhibida en el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba, evento que tuvo —como muchos otros acontecimientos de la década de 1980— una importante repercusión en el mundo artístico, escenario donde se demolieron múltiples fronteras y se produjeron importantes rupturas en relación con los estereotipos y vicios de una tradición que pasó a ser cuestionada y revitalizada.

Bejarano, que por esa fecha dibujaba, pintaba y grababa con una fuerza y un fervor que todavía conserva, fue uno de los primeros artistas en Cuba que hicieron del grabado un hecho instalativo y tridimensional2, acción registrada dentro su serie Huracanes, presentada en el Castillo de La Real Fuerza en 19893. Esos huracanes fueron una primera reflexión sobre la identidad. En el centro de su atención estaba la relación del hombre con la naturaleza (y viceversa), y la conversión de esta última en objeto del arte. Su reflexión discursó en un primer momento sobre los excesos de ambos, a partir de un lenguaje de cardinal informalismo, lírico y sensual en ocasiones. El huracán se tornaba, más que un fenómeno atmosférico, en una expresión simbólica a tono con la aceleración de la vida contemporánea y su violencia. En esos huracanes suyos estuvieron la furia, la violencia, la fuerza de los torbellinos que el Caribe —como zona geográfica— paladea frecuentemente. Junto a esto, luego, se fueron imponiendo la belleza, el poder del movimiento y lo sensual, en un erotismo para nada exhibicionista y obvio que pudo ser apreciado en la muestra Corte final.

Monografía: Agustín Bejarano — imagen 1
Agustín Bejarano. Nubes bajas de la exposición “Tierra húmeda”, 1996. Técnica mixta sobre lienzo. 190 x 234 cm. (74 3/8 x 92 pulgadas).

El artista desarrollaría una nueva temática desde 1993 hasta 1995 con Brisas del alma. En ella insistió en sacar el mayor partido posible al grabado sobre plástico, en el cual las hendiduras se hacían con aguja de coser y le facilitaban el camino hacia el detalle. Bejarano se autorretrataba, en múltiples ocasiones junto a su esposa, que asumía el rol de mujer y madre a la vez. Una buena parte de aquellas obras estaba signada por el influjo de sus propias vivencias, con acento en una intimidad no exenta de dramatismo; sin embargo, su visión no se enajenaba de lo colectivo.

Ya en algunas telas de la exposición Tierra fértil4 y en sus grabados sobre plástico realizados entre 1994 y 1995, comenzaría a aparecer, como elemento recurrente, la figura del Apóstol. Martí, cuya cabeza fue coronada con un sombrero campesino, energía dentro del hábitat del artista —pintado o dibujado—, oscilando su representación entre los procedimientos un tanto cercanos a la ilustración y el tono leve pero lúdico de la caricatura. Sabiamente, el artista, tras un hábil manejo de la ironía y con un tono humorístico inocultable, en la pintura y en el grabado, logró evitar la gravedad y las poses, para ofrecernos al Apóstol en su cualidad de amigo entrañable, asidero para la salvación en los momentos más críticos.

En 1995, Bejarano se encontraba en un momento dentro de su trabajo que propiciaría sustanciales transformaciones. Expuso ese año, por primera vez, en la Galería Nina Menocal de México su serie Voluntad de silencio. Había ya una madurez en los conceptos, que se definirían con mayor nitidez a partir de entonces, acerca de la representación de la ciudad (y la sociedad en general), así como las convenciones que sobrepasarían la clásica pertenencia a géneros tradicionales, como los temas de las naturalezas muertas, el retrato, la pintura religiosa, la retratística histórica y el paisaje, en una apertura más explícita en torno a lo público y lo contextual5.

Su oficio como pintor se enriquecería en las obras de ese período en el que aún, con una carga expresiva mayor, continuó nutriendo su labor en el grabado. Un reconocimiento en tal sentido lo constituyó el premio que recibiera en la XI Bienal de Grabado Latinoamericano y Caribeño en San Juan, Puerto Rico, en 1995.

Monografía: Agustín Bejarano — imagen 2
Agustín Bejarano. Harakiri de la exposición “El Hombre Inconcluso”, 1997. Grabado sobre plástico. 108 x 82 cm (40 ½ x 32 ½ pulgadas).

Con Tierra húmeda6 —juego entre abstracción gestual y una figuración dada por medio de notables disolvencias—, algunos de los elementos apuntados con anterioridad comenzarían a detonar. Hay un retorno a la tierra como Magna Mater, pero sobre todo un regreso al hombre, a sus orígenes y esencias. La tierra es principio y fin, pero es también la paridora, esa, “la tierra de nuestras entrañas”7. No eran gratuitos el goteo, el raspado y las texturas; ni siquiera infundados su regodeo en lo onírico o en lo mítico, casi a la manera de un niño que vuelve a su lugar de nacimiento, mirándolo ahora todo con unos ojos caladores. Ésta sería también ocasión en la que el artista contrastó el lugar de donde él provenía y el mundo urbano donde se hallaba ahora inserto.

Se ocupó de describir y discernir acerca de la esencia del ciudadano y de la espiritualidad del campesino ligado indisolublemente a su terruño. Precisamente la espiritualidad de este último deja ver que El adivino es un personaje tenido en alta consideración, así como es de temido El brujo, en tanto el Aire del sur es reconocido y nombrado en las faenas de laboreo de la tierra; así como siente de un modo inexplicable las Nubes bajas. Dejó constancia además de la descomposición de valores tenidos como seculares y del empobrecimiento espiritual abrumador en el medio urbano. Todo ello se articuló de modo coherente con el tema “el individuo y su memoria”, tema sobre el cual versó la VI Bienal de La Habana en 1997, evento al que Bejarano fue invitado a participar, integrado al segmento denominado Rostros de la memoria.

Marea baja reforzó y amplió los contenidos de la anterior serie en cuanto a sentidos y formas, Enarboló su canto a la tierra, ensalzando el sitio de pertenencia, aunque, por otra parte, dejaba constancia del éxodo de la población rural hacia las ciudades. Marea... consolidaba e insistía, al mismo tiempo, en la reformulación de aspectos antes sólo enunciados, con una figuración que se resistía al abandono de lo abstracto pero dejaba, sin embargo, un sitio pródigo a la figuración.

En 1997, Agustín Bejarano obtuvo el Gran Premio del Salón Nacional de Grabado con una trilogía hecha sobre plástico (Harakiri, Plantas e insectos y La conquista). Su exposición El hombre inconcluso, exhibida en la galería GAN, en Tokio, en 1998, fue resultado de ese premio. Dicha exposición fue significativa por dos razones esenciales. Una de ellas, reunió una amplia muestra de sus grabados fuera del país, (compuesta de los realizados en 1993 y hasta 1997, conjunto abarcador exhibido de ese modo por primera vez), y la otra, la presentación internacional de Angelotes (1998). Estas pinturas de gran formato tenían una preeminencia pop, que se avenía al interés del artista por contravenir el sentido con que en la historia del arte se había representado a los ángeles. Fueron los suyos seres andróginos en su mayoría, mensajeros unas veces luminosos y protectores, otras, simuladores y engañosos. Presencias que ostentaban además su poder de agresivos cazadores, o su fortaleza de guerreros.

Paralelamente a sus Angelotes, Agustín Bejarano continuó su desempeño en el grabado sobre plástico con la serie Las coquetas8. Un dibujo refinado era el vehículo sobresaliente de piezas que tuvieron en su esposa, a la modelo, encarnando de modo simbólico las meditaciones del artista en torno a una tradición que reprime y ve a la mujer sólo como objeto.

En la pintura aparecerían, en 1999, Paisaje y naturaleza muerta y Anunciación. En Paisaje... su aproximación tenía algo de fantasmagórico. Elementos de estilizadas vajillas —que remedaban las utilizadas por la burguesía cubana del siglo XIX traídas desde Europa—, refulgían desde dentro y contenían además, en su interior, otras vistas: miniaturas de otros parajes, muebles, referencias arquitectónicas e, incluso, retratos. Una atmósfera envejecida por el peso del tiempo, gravitaba en estas realizaciones que revivieron de modo orgánico, pero inusual, el tema de los clásicos bodegones. En las anunciaciones9, aunque se acercó a un tema bíblico, el juego de Agustín Bejarano iba en otra dirección. El medioevo era evocado y, de igual modo, su espíritu renacentista, sin llegar a la cita o a la apropiación.

Monografía: Agustín Bejarano — imagen 3
Agustín Bejarano. Angelotes: naturaleza sabia III, 1998. Acrílico sobre lienzo. 234 x 193 cm (92 x 76 pulgadas).

Bejarano ha sido a todas luces un artista que ha rehuido la unidad estilística, con un vivo interés por renovar temas profusamente abordados en la historia del arte, como sucedió también en su serie Cabezas mágicas. Presentada en la Fundación Havana Club, en La Habana, fue una especie de resurrección del tema del retrato. Retratos abstraídos en los tipos representados, invocados. Abstracciones de orden genérico (Tejedora de mano, Pescador, Retrato de muchacha)10, que ficcionaban rostros en los cuales se recreaban lo anónimo y, al unísono, múltiples figurantes de las calles.

En 2001 fue mostrada en Nueva York por The Elkon Gallery, en la exposición La belleza y la fuerza, la pieza Imágenes en el tiempo III11. Esta tela pertenecía a la serie de igual título que el artista había comenzado en 1997 y retomado el mismo año de la muestra neoyorquina. Martí emergía otra vez en el discurso de Agustín Bejarano con una pujanza irrefrenable, asumido desde una postura que difería de lo hecho por él, en tal sentido, en la pintura y en el grabado. Si inicialmente sus alusiones al Apóstol se habían detenido en su imaginario, en la figura política que fue y en el ciudadano con el cual el artista había “compartido” su intimidad, en este momento era el héroe que renacía desde una mirada enaltecedora de lo sagrado y lo épico, a través de la exaltación de su espiritualidad excepcional, y consiguió entregarnos el perfil más humano de un ser paradigmático, trascendiendo la referencia local para dilatarlo en lo universal.

Todo lo que Bejarano había realizado como artista hasta ese momento fue conscientemente filtrado hasta convertirlo en herencia dentro de esta serie. Los recursos plásticos dejaban entrever, por momentos, al dibujante, pero la mayor resonancia iba tras el pintor, en el modelado de su figuración. La intencional recurrencia a los sienas, ocres y sepias; el rejuego con sus intensidades, no sólo en los fondos, si no en la superficie toda de las telas, junto a las craqueladuras y vidriados acentuaban lo textural, y tenían el propósito de reforzar, por una parte, el decursor del tiempo, y por otra, exacerbar la fuerza del nexo tierra-hombre. El valor simbólico que le aportan a lo anterior otros elementos aspiraban a “unir al hombre con todo lo que es, ha sido y será, y no con la moda de un día”12.

Comprometida con la espiritualidad que manaba de Imágenes en el tiempo, y desde el interior de ella misma, entremezcladas durante un tiempo en que era todavía difícil y precipitado un deslinde definitivo, es que se definió la más reciente serie de Agustín Bejarano, denominada Los ritos del silencio. En Los ritos... hay un hombre, sin duda retratado, pero según el modo en que Bejarano asume este hecho. Sus retratos deconstruyen el género, y al mismo tiempo, el sujeto de la representación. Luego de una abstracción genérica, el hombre emerge indiferenciado. Cada pieza acerca de él metaforiza ansias, necesidades, angustias, soledades, sueños y deseos. Bejarano denuncia estos flagelos, deja constancia de su perpetuidad, en tanto disecciona el espíritu del ahora, desde su médula misma. La aridez colma lo que pudieron ser benévolos paisajes y son lugares de vociferante esterilidad.

Grandes, medianos y pequeños formatos ha utilizado Bejarano en estas ceremonias relacionadas con el silencio. Las representaciones remiten a “diminutos” seres (sobre los que parece caer todo el peso de la humanidad), ataviados con sombreros y, frecuentemente, con alas enormes; puestos en la cima de andamios y escaleras, para establecer además una relación íntima con los “paisajes” desolados y austeros —de ascendencia filosófica cercana al zen— donde convirtió en rutina la existencia de cráteres y abismos, las sombras de la ciudad y pueblos fantasmagóricos con escuálidos árboles.

Los recursos plásticos crean una atmósfera sobrenatural y desolada donde sus personajes aquietan su espíritu, absortos en una fuerza superior omnipotente que en ellos habita. Una fuerza que algunos llamarían de modo equívoco la sumisión al destino pero que es, simplemente, reflejo del desafío de existir expresado en la disputa que tiene lugar entre el silencio y el vacío.

Monografía: Agustín Bejarano — imagen 4
Agustín Bejarano. A punto del sacrificio de la exposición “Tierra húmeda”, 1996. Técnica mixta sobre lienzo. 189 x 230 cm. (74 ½ x 90 ½ pulgadas).

Cobran un sentido especial la elección de seres humildes y comunes en medio de sus avatares con el tremendismo de la voz ausente; fuerza para resguardar el dolor verdadero de su simulacro y de la debilidad que hay a veces en la confesión de éste. Estos hombres de simple apariencia, puestos sin azar por Bejarano en sus paisajes, son la tensionante visión del drama humano, de la lucha por los sueños, la esperanza, la pasión; por cada fragmento de la vida misma que se debate entre los límites que las circunstancias imponen.

Estos ritos son una prueba de fortaleza y tienen sus protagonistas una estatura sagrada que no pide clemencia; son un signo de abatimiento pero bajo ninguna circunstancia, de derrota. Por eso eligió hombres no tocados por la frivolidad, puros en su esencia misma y en la de sus faenas (pescadores, campesinos o utopistas); hombres que llevan sus verdades a cuestas y aun desde lo profano, buscan la piedad en la iluminación interior, en la meditación, ya sea dejando ir al tiempo, en desvencijados embarcaderos o en rústicos andamios o por la imprevisible corriente del agua, en el mar, en el río, o en los sueños.

El silencio que va con ellos anula llanto, ira, tristeza, furia, frustración, odio, y guarda el rugido en su interior hasta acallarlo y encontrar el sendero apropiado para sus encrucijadas. Por eso los cuadros, en su mayoría, se ordenan a partir de un centro; el caos no cabe en estos paisajes, en estas meditaciones de hombres que callan pero buscan, mientras se entregan o abandonan transitoriamente a la naturaleza.

Los paisajes son el sitio de comunión de gente que busca despertar, abandonar toda duda sobre sí, resistir las más álgidas tensiones para hallar la iluminación de la conciencia propia. Aquí están sin duda sus aventuras íntimas, sus viajes. Dentro de cada pecho hay una sostenida oración; por ello, distingo a los actores de Los ritos del silencio como orantes —permítaseme llamarlos de ese modo— que rinden culto al silencio, pero no por ello dejan de estar ávidos de respuestas.

En la infinitud de una naturaleza más simbólica que naturalista, y por demás inabarcable, plena en sus efectos luminosos o en las densidades de su oscuridad, hombres y lugares convergen. El acto de silencio es el rito, y el universo, su paisaje. Su cópula hace que todo se inunde anulando al vacío, y la mente de los que callan pasa a ser una ventana entre el afuera y el adentro. Justo en ese instante queda aniquilada esa bestia interior que a todos alguna vez nos ha poseído.

Los ritos del silencio13 constituyen el momento de mayor síntesis en su obra. Su acción pictórica en ellos se torna límpida, austera, y ha llegado a ser un espacio en el que con agudeza y coherencia se explaya toda la recurrencia a una memoria de carácter antropológico donde los protagonistas son hombres periféricos, habitantes de guetos casi en extinción, alteridades apenas susurrantes.

Monografía: Agustín Bejarano — imagen 5
Agustín Bejarano. Los ritos del silencio CLXXX, 2004. Técnica mixta sobre tela. 80 x 136.5 cm. (31 1/2 x 53 3/4 pulgadas). Cortesía: Nina Menocal.

Adentrarse en la urdimbre de la poética de Agustín Bejarano presupone no considerar apresuradamente sus múltiples tránsitos, no pecar en el deslinde de series o etapas, porque en la conformación de su discurso no existe la violencia de lo abrupto, sino una peculiar metamorfosis y una entremezcla continua que lo lleva de un lugar a otro con una coherencia conceptual y morfológica que va marcada por el patrimonio de su propio ejercicio.

Para poder discernir adecuadamente en torno al discurso que él ha construido, se precisa abandonar cualquier visión estereotipada, alusiva sólo a esa parte de su obra relacionada con la constante movilidad formal y el cambio en su valor más epidérmico. Aprender su obra es ir en él más allá del asiduo experimento y la descontaminación de lo instaurado como cliché. Eso permite distinguir cómo hay en el sustrato de su hacer —y en su entramado—, y también en la misma superficie, todo un continuo, cuyo sentido está en la argamasa de la historia en una perspectiva autorreferencial, en un viaje de lo privado (o íntimo) a lo social, y al contexto de lo primigenio.

Lo vivencial y lo cotidiano son sustancias nutricias de sus obras. Su forma de asumirlos ha dotado paulatinamente su producción simbólica de la capacidad de trascender el tiempo y el espacio en que fueron creadas, aun cuando nacieran en el interior de una determinada naturaleza social y humana.

El artista ha conseguido llevar adelante, en medio de propuestas muy diversas, una ideología estética sin fisuras, en su indagación acerca de lo que está sembrado en lo colectivo. Nos ha llevado a ver otra vez el sentir martiano de la tierra como mundo, de la tierra como humanidad toda. Lo figurativo y lo abstracto, o semiabstracto, han sido recursos formales que sostienen su juicio en torno a lo contradictorio que hay entre progreso y tradición y las marcas que dejan en el cuerpo social.

La obra de Bejarano no escapa del influjo de la convulsionante sociedad actual y, en sus múltiples yuxtaposiciones en cuanto a tiempos y memorias de naturalezas muy diversas, él ha preferido no ser cómplice de un mundo contemporáneo donde escasea la espiritualidad verdadera, y busca sacar del anonimato la crisis existencial del hombre “moderno” y su desamparo.

Este hombre ecuménico que Bejarano ha decidido mostrar en su abandono ha transitado y rebasado sus propios límites por medio de la oración, el ruego y la meditación, en tanto el silencio se reitera como eco. Algo intenso e innombrable llega, cae, invade con su densidad el lugar reservado a esa voz que con desesperación quisiera ser oída. Aquí hay revelaciones escamoteadas por el silencio. Puede haber un aguacero intenso, pero el tiempo es otra cosa. Llovizna fina en su decursor. El tiempo garúa imperturbable. El peso va dentro del pecho del hombre asfixiándolo, nada lo rompe, nada lo libera, un sombrero es su único resguardo. Hombre ayer, ahora, siempre bajo la lluvia eterna de los días.

* Este artículo es una versión reducida de un texto mayor titulado de igual forma, aún inédito.

NOTAS

1. Esa calcografía hacía alusión a un huracán de igual nombre que azotó a Cuba en 1987.

2. La instalación escultórica Vida, 1989. Calcografía y acetato. 200 x 500 cm, realizada con calcografías y acetatos, es el ejemplo más sobresaliente en tal sentido.

3. En 1989 se graduó en la especialidad de Grabado en el Instituto Superior de Arte en La Habana e inauguró en su ciudad natal el Taller de Grabado de Camagüey, del cual sería director durante dos años.

4. El título de esta exposición se debe a una de las piezas que la integraron en la Galería Habana en 1994. Tierra fértil, 1993. óleo/lienzo.130 x 151 cm, era el cuerpo de José Martí convertido en isla.

5. Este período se corresponde con su serie Voluntad de silencio realizada en 1996, año en que el artista residió en Monterrey. Con igual título, una parte de ella, junto a un grupo considerable de los grabados de la serie Brisas del alma, fue presentada en la Galería Nina Menocal, de México, en ese mismo año.

6. Serie que realizó entre 1996 y 1997. Una parte de ella fue expuesta por primera vez en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales en La Habana, Cuba, en agosto de 1996 y con posterioridad en la Galería Lausín & Blasco, en Zaragoza, España en 1999.

7. José Martí. “Ciegos y desleales”, de Patria, Nueva York, 28 de enero, de 1893, p. 217. Obras completas. Volumen II, Política y Revolución. Edición Digital. La Habana, Cuba. Centro de Estudios Martianos, 2001.

8. La serie Las coquetas está constituida por 10 piezas realizadas en 1998

9. Agustín Bejarano comenzó la realización de Anunciaciones en 1999 y continuó trabajándola hasta 2001. Fue una serie poco vista en Cuba y sólo un pequeño atisbo de ella fue presentado en la Galería Pequeño Espacio, del Consejo Nacional de las Artes Plásticas de Cuba, como exposición colateral durante la VII Bienal de La Habana en 2000.

10. Es preciso apuntar aquí que dentro de la exposición Cabezas mágicas fue presentado el conjunto Metáforas de la salvación, integrado por siete piezas (como días de la semana) que a la manera de una historieta contaban un sueño de José Martí. Fantasía ésta de un sintético simbolismo, donde se hacía referencia a ceremonias y acciones fundacionales de singular repercusión en la conformación de nuestra nacionalidad.

11. Latin American Art. La belleza y la fuerza. The Ellkon Gallery, Inc., abril 25 - junio del 2001, Nueva York, Estados Unidos. Agustín Bejarano fue el artista más joven allí presentado, junto a otros 16 pintores, entre los que se encontraban Diego Rivera, Wifredo Lam, Roberto Matta, Rufino Tamayo y Fernando Botero, entre otros.

12. Marguerite Yourcenar, en Matthieu Galey. Marguerite Yourcenar. Con los ojos bien abiertos. Emecé Editores S. A. Buenos Aires, Argentina, 1982, p. 39.

13. La serie Ritos del silencio fue presentada por primera vez en una exposición personal de Bejarano en 2003, colateral a la VIII Bienal de La Habana, en la Galería Servando. En 2004 fue exhibida además en la Galería Villa Manuela de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) bajo el título Meditaciones y más recientemente como Ecos, en la Nina Menocal, en México.

CARIDAD BLANCO DE LA CRUZ

Master en Historia del Arte. Curadora y crítica de arte. Especialista del Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, La Habana.

Agustín Bejarano, por Caridad Blanco de la Cruz | artnexus