Exposición Individualene 2005 - mar 2005· Por Issa Maria Benitez Dueñas

Vik Muniz

Fundación Telefónica

Ante la tan llevada y traída crisis de la representación y la presunta muerte del fenómeno perceptivo a causa de la apoteosis visual del mundo contemporáneo, la más reciente muestra del artista brasileño Vik Muniz (São Paulo, 1961) en Fundación Telefónica, Madrid, desea recuperar la atención por parte del espectador frente a una propuesta estética que halla sus referentes más inmediatos en el imaginario de la cultura popular y sus íconos de más alto rendimiento. Observar desde otra perspectiva y bajo una rara noción del tiempo acaso más ligada al ideal moderno de la contemplación, parece ser uno de los objetivos fundamentales de este artista a través de la actual propuesta. En ella se hace alarde de virtuosismo y se obliga al diletante de paso a fijar la mirada sobre lo que cree haber comprendido a vuelo de pájaro.

Exposición Individual: Vik Muniz — imagen 1
Vik Muniz. Doble Mona Lisa, según Warhol, 1999. Mantequilla de maní, Jalea. Cibachrome.

Compuesta por 53 piezas agrupadas en serie a tenor del material empleado y las soluciones formales en la articulación última de la imagen, esta exposición es un repaso sintomático a algunas de las cuestiones que han sido objeto acalorado del debate teórico bajo las exigencias de la reflexión postmoderna. De este modo visto, tópicos como la representación y sus límites, la realidad y su reflejo, las relaciones furtivas entre el original y la copia, el travestismo y pérdida de frontera entre los géneros artísticos tradicionales, así como el acertijo entre lo tenido por lo verdadero y lo simulado, ocupan sitio en el recorrido iconográfico propuesto por Muniz en esta antología.

Las trampas retinianas y el juego constante de querer engañar a la mirada están en la base de cada una de las obras expuestas. Muniz sabe de la premura y frivolidad de la cultura contemporánea, de la falta de atención que trae consigo el bombardero perenne de información indiscriminada; justo por ello diseña con pericia extrema algunos trucos o ardides visuales que obliguen al espectador a detenerse frente a la obra, e intentar desentrañar —si fuere siempre posible— la arquitectura del engaño. Para ello utiliza como medios expresivos recursos de muy diversa procedencia y naturaleza: tanto alimentos como pequeños objetos industriales que, dispuesto de un modo particular, conforman una silueta reconocible tras un proceso mesurado de observación. Sólo así se podrá colegir que aquello que en un principio y como consecuencia de una mirada rápida creíamos fuera una obra estrictamente pictórica, resulta un enorme tejido de fragmentos elaborados a base de chocolate, sirope, azúcar, hilos, polvo, alfileres, alambres y múltiples objetos de plástico, que luego son fotografiados para enmascarar las huellas del proceso de construcción de la pieza. De esta manera, el artista lanza un reto a la inteligencia de sus interlocutores e intenta con ello un mayor nivel de participación, aunque esto sólo sea posible mediante la observación de constructiva y el ajuste de la visión, a ratos muy entretenida.

El resultado final del proceso no coloca la propuesta de Muniz en el terreno de lo efímero, como ha ocurrido con muchos de los artistas que emplean en sus obras materiales tan nobles. Al usar como fin último la fotografía, ésta queda como huella y obra, como copia u original de una obra anterior. De ahí otras de las trampas y juego perverso del artista, quien se concede el derecho de controlar, dirigir y construir una nueva imagen partiendo de fragmentos o citas completas a registros ya avalados por los mecanismos de validación y prestigio. El retrato de Sigmund Freud, Las Meninas, una drip painting de Jackson Pollock, la plaza de Tiananmen, una famosa obra de Courbet reelaborada, o la ya clásica Mona Lisa, están entre los íconos manipulados por el artista. En un primer momento descubrimos cierto ilusionismo que nos hace sospechar sobre la autenticidad de la imagen al advertir en ella una distorsión como resultado de agentes externos a la misma o reductos del propio proceso de elaboración que se escamotea. El icono que hasta entonces estaba estampado con materiales típicos del universo del arte, ahora cobra un sentido más físico al materializarse en elementos tan cotidianos —no por ello desprovistos de envergadura simbólica— como el azúcar y el chocolate. Una metáfora bastante clara de la vulgarización y canibalismo de la cultura contemporánea.

Entre tanto, esta exposición antológica que ahora exhibe Fundación Telefónica, y que antes itineró por el CGAC en Santiago de Compostela y el Museum of Modern Art de Dublín, es sin duda una excelente oportunidad para introducirnos en una poética que reclama para el arte y sus espectadores la extraviada condición del disfrute. Desde la ironía con la que hace uso del lenguaje publicitario y su inteligente manipulación de íconos convertidos en soberbias metáforas, el juego representacional y efectista de Vik Muniz se traviste en testimonio de lo que ha sido y es la cultura de las últimas décadas.

ISSA MARÍA BENÍTEZ

Vik Muniz, por Issa Maria Benitez Dueñas | artnexus