Aun desde la vastedad de sus posibilidades creativas y conceptuales, la escultura ha sido objeto de constantes cuestionamientos y redefiniciones. En el principio era la forma sólida —de bulto o exenta—, concebida como una sucesión de perfiles que debían rodearse para ser apreciados. Luego de varios siglos de naturalismo y contorsiones figurativas, la escultura moderna abandonó el pedestal para afirmar su sentido en estructuras utópicas que renegaban de los elementos anecdóticos y ornamentales. Más tarde, cuando la omnipresencia de lo corpóreo se había tornado insoportable, la idea vino a reemplazar el protagonismo de la materia, mientras la obra y el espacio se alineaban para conformar un ambiente articulado, abierto al recorrido y la experimentación.
Sin embargo, la radicalidad de los cambios sufridos por esta disciplina a lo largo de la historia no ha conseguido aplacar los comentarios y sospechas en torno a su vigencia, aun en una época signada por la permeabilidad discursiva y el pluralismo de lenguajes. De un lado, se encuentran aquellos que enarbolan la tesis de la presunta caducidad de la escultura, en contraste con los avances registrados por las demás modalidades artísticas. En el otro extremo están quienes prefieren exhumar la impronta de lo escultórico en el heterogéneo ámbito del arte contemporáneo, sobre todo en el perímetro que trazan el objetualismo, la ambientación y la instalación.


En el marco de estas consideraciones preliminares, entre sus bondades y perjuicios, cabe preguntarse por la evolución del arte tridimensional en la actualidad. Ésta es, precisamente, la orientación tomada por la exposición Retomando el volumen. Aproximación a la nueva escultura en Venezuela, presentada en el Museo Alejandro Otero del 11 de julio al 24 de octubre de 2004, con la participación de 31 creadores provenientes de diversas disciplinas y estratos generacionales.
Bajo la curaduría de Miguel Miguel, la muestra reúne un grupo de proposiciones tridimensionales —esculturas, objetos, ambientaciones, instalaciones— donde confluyen elementos de la pintura, el diseño y la arquitectura. A partir de esta premisa, coexisten diversas estrategias de trabajo, prevaleciendo las que tienen su punto de partida en las indagaciones constructivas, minimalistas y conceptuales. En la mayoría de estos casos, la noción de volumen, en tanto magnitud que designa la extensión de los cuerpos en el espacio, trasciende el lenguaje escultórico para diseminarse entre las diversas prácticas de creación contemporáneas.

El material, uno de los aspectos determinantes en la configuración del discurso escultórico, no es sólo un soporte de trabajo sino también un vehículo significativo cargado de connotaciones ambivalentes. En este sentido, se plantean indagaciones que intentan domesticar la dureza del mármol, la rigidez del metal y la fragilidad higroscópica del papel, para otorgarles una plasticidad que contradice sus propiedades físicas, orientación representada por ejemplo por Daniel Medina
Entre las formas orgánicas y la geometría severa, un núcleo de los artistas expositores mantiene un vínculo tácito con el férreo legado de la corriente constructiva en el país. Arraigadas en la fenomenología del espacio, las obras de Ramsés Larzábal manifiestan una suerte de desdén por lo sólido, resuelto por medio de estructuras reticuladas de alambre, cuerdas de fibra natural y tubos plásticos. Una segunda vertiente, tiende a confundir la impronta constructiva con el discurso minimalista, manteniendo un sobrio contrapunto entre volumen y espacio, sensualidad y la depuración plástica, tal como se manifiesta en las propuestas de José Gabriel Fernández.
La apelación al humor, la banalidad y la extrañeza comporta un espacio reflexivo y crítico al que también acceden algunos de los artistas participantes. Por medio de operaciones irónicas que desenmascaran el mito de la originalidad o mediante la reproducción monumental de objetos anodinos, las obras de Sigfredo Chacón y José Antonio Hernández-Díez nos recuerdan que los rituales de legitimación cultural no son más que el resultado de una convención no exenta de contradicciones.

El tejido, comúnmente asociado con las manualidades y la alta costura, es también un recurso para abordar la tridimensionalidad. Almohadones de tela, bordados e hilos permiten la elaboración de estructuras que, favorecidas por su levedad y tersura, permanecen aferradas al suelo, evidenciándose en los casos de Valerie Brathwaite, Masaya Correa y Reymond Romero.
De esta manera, Retomando el volumen abre un espacio para la valoración de las producciones tridimensionales, más allá de lo puramente escultórico y desde una perspectiva multidisciplinaria. En este sentido, el volumen funciona como un punto de partida válido para cualquier género o tipo de arte, independientemente de los preceptos que rigen su estructuración expresiva.
Claro que la muestra ha provocado reacciones encontradas que van desde la afirmación entusiasta hasta los cuestionamientos eruditos, pasando por un confuso incidente relacionado con uno de los elementos constitutivos de la instalación de Héctor Fuenmayor titulada Delirio sobre el Chimbo-Raso, específicamente un dibujo que no fue exhibido, donde aparece una imagen de Simón Bolívar alimentando a los cochinos. El otro aspecto que ha dado origen a cierta inconformidad es el que atañe a la ausencia de la cerámica y los medios audiovisuales, aun cuando entre los participantes se encuentran la connotada ceramista Valerie Brathwaite y algunos videoartistas como José Antonio Hernández-Díez y Nascimiento/Lovera.
A pesar de estas observaciones, algunas pertinentes y otras excesivas, la intención de retomar el volumen exhibe una serie de hallazgos que evocan una actualidad en proceso, un hacer en gerundio que todavía se está configurando. Hay que reconocer, por tanto, el formidable esfuerzo que representa una muestra con tales aspiraciones en un medio inestable, signado por restricciones de todo tipo y atravesado por fuertes tensiones sociopolíticas.
FÉLIX SUAZO

