Como artista de la visualidad, René Peña es más reconocido por sus series de “autorretratos”, donde se ha insistido en ver una suerte de egocentrismo y narcisismo representacional, en lugar de cierta “autoplástica”, denotada por los códigos de la simulación, el maquillaje (o no), la ambigüedad sexual y gestual: rasgos expresivos que el fotógrafo articulaba de manera plurívoca sobre su cuerpo. No importó que lo mutilara con el auxilio de violentos encuadres; que esfumara a ultranza algunas de sus partes; ni que las imágenes de sí mismo se tornaran cada vez más revulsivas y apenas llegaran a mostrar fragmentos anatómicos, en un acercamiento escrutador que también parecía rehuir cualquier asomo de autocomplacencia.
A la hora de escribir en torno a ella y/o contemplarla en muestras colectivas, esa obra siguió siendo pasto de enfoques unilaterales, reduccionistas y tendenciosos, que no columbraban un alcance antropológico múltiple e integrador (sexual, racial, corporal), con el cual Peña desmantelaba mitos anclados por la tradición en la psicología social (no sólo del cubano). Igualmente lo seguían considerando epígono de la fotógrafa cubana Marta María Pérez (por recurrir al cuerpo propio cual soporte de ideas), y del norteamericano Robert Mapplethorp (por el regodeo erotizante en la desnudez masculina y la perfección técnica).
Estos son influjos asimilados y reconocidos por René Peña. Ahora bien, exceptuando las imágenes sadomasoquistas que Mapplethorp tomó a modelos no siempre negros, en la creación de este fotógrafo estadounidense el desnudo masculino tenía una esencia expresiva sutil, escultural y aurática inclusive; el hombre era mostrado más bien como objeto (de placer). Mientras que las propuestas del cubano han sido siempre agresivas, viscerales y mucho más alegóricas. Peña sería, además, la contraparte de Marta María Pérez, al representar generalmente a un sujeto del sexo masculino, piel oscura, que no ha estado asociado ni comprometido con el imaginario de las prácticas religiosas sincréticas “afrocubanas”, y cuya proyección visual resulta más impactante.

Sin negar la componente y la irradiación subjetiva (consustancial a cualquier producción humana), en esas obras de Peña el autor implícito, ese que el espectador cree identificar, se desdoblaba en referente de variados tipos sociales, en actor de roles diversos (como también escribí una vez). En lugar de la actitud de un travesti (el cual asume todo el tiempo la misma apariencia y personalidad adoptada), Peña seguía la estrategia discursiva de un transformista, de un histrión ante el ojo de la cámara (fotográfica), ese mecánico y primer espectador.
Mas, en una mutación que hace evocar al poeta estadounidense E.E. Cummings: “¿Cómo pretendería un loco que a sí mismo se llama ‘yo’ abarcar el innumerable quién?”, Peña comenzó a representar al otro a través de modelos, “razas” y géneros sexuales diferentes. Así lo corroboran algunas de las 11 fotografías que integran su muestra Public Duty, exhibida durante el mes de septiembre en el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam. Ellas continúan su indagación en torno a categorías socialmente acuñadas como “lo blanco” y “lo negro”, en una operatoria que recurre a ciertos atributos adquiridos (prendas de matiz blanquecino) visualmente contrastados con la piel naturalmente morena de sus portadores. Peña va al poro del significante, al grano de la fotografía. Y, de manera tautológica, aprovecha también la resolución técnica en blanco y negro.
Pero conforme atrae la atención hacia esos objetos simbólico-suntuarios, plateados y removibles (anillos, cadenas…), este fotógrafo aprehende asimismo tatuajes, incluso sobre piel blanca. Son marcas también simbólico - decorativas, aunque en algunos casos resultan indelebles, inamovibles, vitalicias. El artista induce a reparar en la redimensión de esas huellas, que en culturas no occidentales indican el rango o grupo social; y en Occidente han sido utilizadas por los marginales a modo de estigma y sello identificatorio entre ellos y ante el resto de la sociedad.
Sin embargo, en la actualidad pueden ser considerados como arte esos dibujos que “hablan” del gusto estético de sus poseedores. Y se han convertido en un fenómeno de moda, si bien un tanto en picada. Recientemente, se apela más bien al uso de adhesivos o a la incisión con agujas (reversible con láser). Los tatuajes simbolizan, además, la rebeldía de ciertos jóvenes frente a la autoridad de sus mayores, de la misma forma en que lo hacen ciertos pelados/peinados (como el mostrado en la exposición de Peña), que contribuyen a configurar el perfil o identidad personal en el marco social, por encima de distingos sexuales.
Ubicado a veces en zonas erógenas de los cuerpos femeninos y masculinos, el tatuaje es considerado igualmente un sex appeal, lo cual empalmaría con una de las inquietudes expresivas latentes en los autorretratos de René Peña. Si bien él parece ir más allá. Pareciera sugerir una relación dialéctica entre las nociones sedimentadas de “lo blanco” y “lo negro”, en aras de trascender las limitantes raciales, lo meramente decorativo, lo estrictamente sexual. Es como si relativizara y reformulara un poco la visión de esos prejuicios, sobre todo en una sociedad culturalmente mestiza como la cubana y en un mundo cada vez más entrecruzado, donde no deben existir esquemas ni concepciones estancadas o inmutables.
En esta exposición Peña sorprendió a muchos de los espectadores que siguen su trayectoria, pues exhibió fotografías que, si bien eran en blanco y negro, representaban productos (cerámicos en su mayoría) industrializados y reproducidos en serie, como pueden serlo las mismas fotografías en su aspecto tecnológico...Tales objetos, “decorativos” o no, de figuración humana, animal u otra, que reemplazaban al cuerpo humano “real” como objeto de atención cardinal, introducían “ruidos” en la coherencia visual y temática de la muestra. Para el fotógrafo, sin embargo, esos artículos ornamentales o utilitarios comportaban en sí al individuo y/o al grupo que se identificaba con ellos y podía comprarlos. El sujeto y la ritualidad social a ellos asociados quedaban así elididos.
Por lo demás, no es la primera vez que Peña ha intercalado entre las obras de una exposición una muestra de otra serie en preparación, a modo de anticipo. Ni es la primera ocasión en que exhibe imágenes de apariencia y/o carácter documental, que ha alternado con fotografías de estudio o de interiores. Tampoco es la primera oportunidad en que trata de interpolar géneros artísticos diversos: desnudo, naturaleza muerta, retrato… Como genuino creador, experimenta constantemente, no se aferra a la manera que le ha reportado éxito artístico y de mercado, que le ha valido reconocimientos fuera del ámbito nacional inclusive: el Gran Premio en la IV Bienal del Caribe (Santo Domingo, República Dominicana), el primer premio en el III Concurso de Fotografía de la UCCI (España) y una mención de honor en el Concurso de la ACCU (Japón).
ISRAEL CASTELLANOS LEÓN
