Exposición Individualene 2005 - mar 2005· Por Larisa Escobedo

Mónica Castillo

Museo de Arte Moderno

El pasado 29 de julio se inauguró en el Museo de Arte Moderno de la ciudad de México la exposición retrospectiva Mónica Castillo 1993-2004 que incluye obras de su trabajo más representativo. Esta retrospectiva nos muestra claramente cómo la obra de Castillo ha ido desarrollándose en un hilo conceptual definido que se ha centrado en el análisis y el estudio de la imagen pictórica —a pesar de que la artista ha usado una gran diversidad de medios que van desde el textil y el arte objeto, hasta la fotografía digital y el video—, en donde cada pieza es una consecuencia definitiva —casi lingüística— de todas las anteriores.

La forma en que Castillo estudia las variantes formales y estructurales en sus autorretratos nos acerca más a una visión objetiva y casi metodológica de la construcción física de un rostro que sólo por un azar genético, le pertenece. En el óleo Autorretrato anatómico (1994), va armando la cara por las partes que la componen desde dentro hacia fuera, por el sistema óseo, las capas musculares, las venas, la composición de la dermis... Un retrato en que la unidad del rostro es seccionada hasta llegar al asco, pero no como una exploración de lo emotivamente visceral, sino como un análisis de la realidad biológica a la que el ser está condenado. Castillo tiene la capacidad de otorgar a la mímesis pictórica la cualidad de alejarse casi completamente del referente, al estudiar el rostro de manera obsesivamente realista, como en Autorretrato de piel (1994), en donde todos los detalles de la piel, los poros abiertos, los granos, los vellos, las arrugas, los lunares, son delineados y reproducidos íntegramente, de manera que el rostro deja de ser identidad para convertirse en un conjunto de señas particulares en las que es imposible reconocer la psicología de la persona que habita ese rostro. La pieza 56 autorretratos (1993), en donde pintó un autorretrato diario durante una temporada, explorando las variantes formales que aparecían al repetir un mismo ejercicio, así como la serie Autorretratos hablados (1994) en los que alteró fotografías de su rostro de acuerdo con descripciones habladas de otras personas acerca de sí misma, son piezas que evidencian aún más esta pérdida de la identidad a través de la variación de una misma imagen.

Exposición Individual: Mónica Castillo — imagen 1
Mónica Castillo. Tableau Vivant I, 2001. Impresión digital. 126 x 160 cm. (49 1/2 x 63 pulgadas). Colección: Carlos Arias.

En las series textiles de finales de la década de los noventa, la artista utiliza estas técnicas —comúnmente asociadas a las artes femeninas o las llamadas artes menores— para alejarse aún más de la emocionalidad femenina, reforzando la sensación de presenciar un proceso de disección anatómica. En su bordado Autorretrato para armar (1996), separa todos los elementos de su rostro —nariz, ojos, labios, cejas, pómulos— construyéndolos y deconstruyéndolos como un rompecabezas que podría ser armado por cualquiera —como un patrón de costura— sin importar que dicho rostro exista y que pueda llegar a ser rearmado, como en la fotografía digital Curriculum (1997), en donde el rostro es reconstruido a manera de texto, donde las partes que conforman el gesto se convierten en palabras absurdas y descontextualizadas de una página que es la cara.

Desde principios del nuevo siglo la fotografía y el video comenzaron a ser parte esencial de su producción, permitiendo a la pintora dejar de reflejarse en el espejo crítico del cuadro y volver la mirada a la experiencia corporal del otro. En este sentido se encuentran sus muy afortunadas piezas en video Efecto pictórico I, II y III (2000-2001), en las que interviene el cuerpo ajeno con un pincel mojado. Los videos son breves loops de acercamientos a partes del cuerpo —un pezón, un pene y un ojo— a las que la artista va “pintando” poco a poco y que provocan un efecto sobre el cuerpo ajeno. El pezón y el pene sufren de rápidas erecciones y el ojo se irrita hasta las lágrimas. La metáfora es contundente por la obviedad y la rapidez con que es pronunciada. Castillo estudia la experiencia pictórica en el otro como un suceso evidente y radical que puede incluso ser documentado por el video como una ficha científica.

Lo mismo ocurre en las fotografías de la serie Hombres pintados, donde la pintura se convierte en un acto hiperrealista al ser aplicada sobre el objeto mismo a representar: una oreja es pintada sobre una oreja. Lo representado y lo presentado conviven en el mismo suceso artístico. No es una confrontación sobre la representación, es más bien la afirmación de que nada es verdadero, ni bien la representación realista ni bien la presentación en sí misma del objeto, como lo hacían los artistas Povera en los años setenta. En estas obras, así como en Materia sobre modelo (2003), donde esculpe a un hombre recostado sobre el cuerpo del modelo recostado, el modelo se transforma en el soporte, para abrir un discurso conceptual en que la imagen pictórica es cuestionada y reafirmada una y otra vez más como proceso mental que como un acto de expresión. Mónica Castillo es una artista que ha construido un lenguaje visual sin tropiezos ni inseguridades, generando en el espectador una sensación cercana a la angustia, porque pone en juego ideas consagradas como la asociación del arte a lo subjetivo o la vinculación del rostro a la identidad ontológica.

LARISA ESCOBEDO

Mónica Castillo, por Larisa Escobedo | artnexus