Tres obras de gran formato, instaladas en el patio del Palacio de Clavijero, de Morelia, Michoacán, introducen al visitante en la exposición intitulada Retro... perspectiva, del escultor Javier Marín.
Esta muestra antológica, que reunió trabajos producidos en la última década por el artista que el año pasado presentó sus creaciones en la Sala San Tommaso, del Campo degli Santi Giovanni e Paolo —en ocasión de la 50 edición de la Bienal de Venecia—, se compuso de casi un centenar de esculturas. Algunas de ellas, como el bronce Cabeza de mujer (2003), se distribuyeron en la planta baja del inmueble barroco edificado a mediados del siglo XVII, enmarcadas por la armoniosa arcada en cantera rosa. El resto de las obras se exhibieron en la planta alta, albergadas en una sala de vastas dimensiones, la cual fue inaugurada como espacio expositivo precisamente con la retrospectiva del creador de origen michoacano y residente en la ciudad de México.

En términos tanto cuantitativos como cualitativos, las esculturas incluidas en la muestra, bajo la acertada curaduría de Eduardo Mier y Terán, dieron buena cuenta de la propuesta plástica de Marín, caracterizada por una tenaz exploración de la figura humana. Así, a lo largo de la exposición se sucedieron cabezas, bustos, torsos y una suerte de estatuaria de cuerpo entero, realizados en formatos pequeño, mediano y grande, y dispuestos sobre pedestales o en forma de instalaciones.
Entre estas últimas destacaron el conjunto circular Hombrecitos y mujercitas, 2000, integrado por 10 esculturas de alrededor de 80 centímetros de alto cada una, y la serie colgante Mujeres y hombres suspendidos, 1996, conformada por cuatro trabajos de más de 250 centímetros de altura cada uno.
Además de constatar el oficio y el desarrollo en los últimos años del lenguaje escultórico de Marín, se pudo observar su preocupación en cuanto a los materiales empleados. A este respecto, se puede mencionar la utilización que hace de elementos naturales —la semilla de amaranto— y su combinación con sustancias sintéticas —la resina de poliéster—, así como su recurso al bronce a la cera perdida, y el alambre y las placas de fierro.
A la plétora de figuras yacentes, erguidas, reclinadas, agazapadas, con la cabeza entre las manos, los brazos colgantes o en la espalda, los dedos crispados o señalando hacia diversas direcciones, todas ellas plenas de muecas y ademanes, se sumaron obras adosadas al muro, imbuidas también de una sugerente creatividad. Tal fue el caso de Hombre positivo-negativo, 1998, díptico en bronce de gran fuerza expresiva, y Relieve cuadrado, 2003, constituido por 10 tableros en resina de poliéster y madera que se antojan un ejercicio estético de disección.
Sin duda, una de las cuestiones más interesantes de Retro... perspectiva residió en el hecho de que muchas de las esculturas mostradas eran copias de taller u obras en proceso que, al ser recuperadas y recontextualizadas por su autor, adquirieron nuevos sentidos e identidades. En palabras del propio Marín: “Siempre las vi como sombras o fantasmas de las otras pero, de pronto, a golpe de verlas a diario, las sombras cobraron fuerza y adquirieron vida propia... Hoy volteo al pasado y reviso mi trabajo... miro hacia atrás para trabajar hacia delante”.
Por consiguiente, el espectador tuvo oportunidad de atisbar, bajo una nueva luz, aspectos vinculados al íntimo quehacer creativo de este constructor de poderosas e inquietantes anatomías con ecos manieristas pero, en lo que toca a forma y contenido, absolutamente contemporáneas.
ARGELIA CASTILLO
