La aproximación de Édouard Duval-Carrié a los sincretismos religiosos del afrocaribe tienen un carácter estético y “documental”, en tanto que él no es un creyente de los mitos y los rituales. Es, por el contrario, un “occidental”, que se propone dar cuenta de un mundo espiritual en proceso de extinción, casi un arqueólogo, o un “ecólogo de la cultura”. Es también de esos artistas a quien aún preocupa dar cuenta de lo que puede considerarse como signos distintivos de una “identidad cultural”, en su caso la de Haití. Mucho más que centrarse en otras preocupaciones que han ido adquiriendo últimamente el protagonismo en la escena contemporánea, como serían las relaciones interculturales, o los ecos de los fenómenos migratorios en el mundo y en la región...Tampoco es, de todos modos, un artista al modo de un André Pierre, sacerdote vudú que pese al extraordinario acierto colorista con que asume las más audaces policromías, se niega a entrar en los circuitos internacionales del arte latinoamericano, en tanto que su hacer es catalogado por el propio artista como un estricto ritual religioso.
De todos modos, las inquietudes de Duval-Carrié son de hoy y de siempre, en el sentido de que una indagación marcada por el signo de la autenticidad en lo que toca a las propias raíces culturales, no deja de ser nunca un encuentro con el mundo de los arquetipos, caracterizado esencialmente por la universalidad y la intemporalidad.
Por eso sus indagaciones nos conducen, inequívocamente, a través de las deidades del ancestro africano, a nuestra humanidad común, y la misma intuición sagrada que, en un retorno al origen del propio Occidente, hacía afirmar a Tales de Mileto que “todo está lleno de dioses”. Es el mito de la Edad de Oro, de la armonía primordial entre el hombre y la bestia, entre lo teriomórfico y lo divino, lo que proporciona fundamento e inspiración a unas imágenes perturbadoras, a fuerza de una secreta agitación que las sacude internamente con una intensidad que se hace tanto más patente cuanto más nos adentramos en la contemplación.

Ahora se desvía un tanto, en sentido plástico, del radiante altar blanco con que participó en la V Bienal del Caribe, con una de las instalaciones más impactantemente escenográficas de toda la Bienal. Duval-Carrié se torna, una vez más, colorista y barroco, aunque sus armonías a menudo se articulan en torno a una gama específica, la del verde o del lila, o un contraste en sordina entre complementarios, a la manera del arte clásico, como pudieran ser los verdes y un tierra rojizo. La armonía primordial de los seres queda expresada sobre todo a partir de la promiscuidad entre lo antropomórfico y lo zoomórfico, a veces llegando al punto de fusión en sus figuras de sirena, con profundas raíces en el vudú haitiano. Y en un tratamiento similar de figura y fondo que, aunque plásticamente guarda parentesco con algunas formas propias de la imaginería cubista, también tiene raíces en el arte de Renoir, y asume en este caso unas connotaciones simbólicas claramente panteístas, y de exaltación de la Naturaleza divina y de su magia.
Es sobre todo importante el uso que Duval-Carrié hace del soporte y del marco del cuadro. Este último deja de ser un elemento que aísla la “realidad” consuetudinaria de la fantasmagoría ilusionista del cuadro. Lo fantástico se desborda así, e irrumpe en el contexto de lo cotidiano como un exceso que se derrama fuera de sus límites. Más allá de la pura e indudable belleza artesanal de las piezas de Duval-Carrié como “objetos“ artísticos, se da aquí una resemantización de los objetos, en tanto que éstos no son algo aislado del mundo de todos los días, sino apenas una concretización y una concentración de su esencia, cuya función es hacer visible la naturaleza profunda de la realidad, las grandes analogías del universo, develadas por la conciencia mágico-religiosa y por los residuos de estos estratos de la psique arcaica que la obra de arte es, aún hoy en día, capaz de convocar.
LAURA GIL
