Exposición Individualene 2005 - mar 2005· Por Juan Gustavo Cobo Borda

Diego Mazuera

Galería La Cometa

Cuando Roberto Matta dictaba sus seminarios informales en el Nueva York de la postguerra y transmitía a los jóvenes pintores del expresionismo abstracto su rica y personal visión del legado surrealista, les recordaba también la importancia de prestar atención a los avances científicos del momento. No andaba descaminado. La bomba atómica que Estados Unidos arrojaría sobre Japón en Hiroshima por aquellas fechas y que cambiaría radicalmente nuestro marco de comprensión del mundo certifica lo visionario de su intuición.

Ahora en Colombia, y medio siglo después, la obra de Matta se halla presente en la nueva exposición de Diego Mazuera (1950) en la galería La Cometa titulada Agujeros negros. También aquí arte y ciencia. Pero no tanto desde el ángulo de un Eros cósmico que hace girar la órbita de los planetas en torno a ese rosado diamante sexual que late en el corazón de las grandes telas de Matta, sino como acicate para la exploración de un espacio, en ocasiones frío y silencioso, que se ahonda y dilata en la negrura expansiva de su energía.

Un vasto fondo negro del cual Mazuera extrae, como si estuviese grabando, las formas que su imaginación le dicta. Algunos provienen de su trasfondo creativo ya usado en el pasado —una barca, unas láminas transparentes, una línea de puntos que enlazan dos nadas, un desdibujado perfil—, pero ahora él prefiere en general formas abstractas, con una lejana y reminiscente contextura espacial. Formas a las cuales circundaban y ovillan racimos de vibraciones o matizadas placas transparentes que hacen de esos paneles en verdad un límite incierto: ¿cierran o abren? ¿Son aleatorias máquinas desplazándose con lentitud o es apenas el trasfondo que el artista revela al raspar sobre ese negro absoluto?

Exposición Individual: Diego Mazuera — imagen 1
Diego Mazuera. Luces inauditas entre el horizonte de sucesos, 2004. 130 x 62 cm. (51 1/5 x 24 1/2 pulgadas).

Por ello sus azules nocturnos o sus amarillos cálidos con una fugaz rúbrica roja buscan volver concretas esas ideas, esas hipótesis científicas, esos modelos teóricos con que la ciencia, llámese física o astronomía, plantea sus elucubraciones de trabajo sobre modelos experimentales que viven más en una fórmula matemática o en la verdad virtual de una pantalla de computador que en el viejo y socorrido recurso de una tela, un pincel y unos colores.

Pero Mazuera al herir la tela con el cabo del pincel o con la espátula que despliega un imprevisto abanico de rayos lo que nos trae al primer plano es otra dimensión, un cosmos subyacente, donde las flechas traspasan la membrana visual o los conos comienzan a girar dentro de esa danza absorbente con que los agujeros negros atraen todo, hasta la luz misma, una reabsorción infinita.

Se vuelve así esta pintura un campo exploratorio de fuerzas y tensiones, de ondulados repliegues que se ovillan sobre sí mismos y que hacen de esa contradicción de los opuestos, luz y sombra, noche y claridad, el paso inicial y pleno en sí mismo, para ir más allá de esas dicotomías, todo ello dentro de un cosmos apenas concebible, en expansión continua.

La luz se ha convertido en otra materia más y ahora sobre azules, grises, blancos sucios o verdes diluidos, como en Aclaración oscura, se enfrenta a los nuevos desafíos. Un alfabeto de signos para visualizar y conformar esos cuadros donde la explosión inicial del Big Bang que dio origen al universo prosigue, en una fuga continua, hasta los límites impredecibles de un mundo igual a tantos otros más. El nuestro.

Quizas por ello esta segunda serie de cuadros, cuyo fondo es el color y no el negro, sea más proclive a la dispersión errática o al afán acumulativo de bloques plásticos que detengan y encaucen esas galaxias a punto de reabsorberse a si mismas. Del estallido original al eclipse definitivo, Mazuera trata de fijar lo imposible: un cosmos que se rehace a sí mismo, en el aleatorio azar donde la teoría del caos es mucho más rigurosa que la consabida lógica aristotélica.

De ahí que los seis mapas en pequeño formato, 27,5 x 51,5 logren conciliar, de modo muy notable, ese propósito de transformar ideas en materia y ofrecer, en el delimitado rectángulo horizontal o vertical de esos relieves y esas superficies tersas, un contrapunto feliz de lo que bien pudiera denominarse tacto visual. Los colores más graves y entonados y el esfuerzo de concentrarse en áreas operativas más reducidas hacen de sus figuras, flechas, embudos y triángulos, “mapas no determinados”, como se titula uno de ellos.

Sí, el mapa no es el territorio, pero sin el mapa ese territorio no existiría. Las leyes rigurosas pero a la vez libérrimas de la pintura lo han trazado, en ese afán de conformar un marco que continúa abierto al infinito.

En su reciente libro El efecto mariposa. Ensayos sobre arte colombiano, 1985-2000 (2004), Carolina Ponce de León nos ha recordado la existencia de tres generaciones de pintores que iniciándose con los maestros que ya nos dejan (Obregón, Wiedemann, Grau) prosiguen por el puente de Fernando Botero en una segunda nómada donde nos estarían Beatriz González, Santiago Cárdenas y Luis Caballero para arribar a una tercera, e introspectiva de los años ochenta, “ en una época en la que prevalece la pintura por encima de cualquier otro medio plástico” (p. 250) y en donde tanto la transvanguardia italiana como el neoexpresionismo alemán, respaldaban la opción abierta por “Lorenzo Jaramillo, Víctor Laignelet, Diego Mazuera, Alberto Sojo, Gustavo Vejarano…” (p. 251).

Una generación en plena creatividad fecunda y que merecía más atención crítica como lo que reclama esta intrigante y reveladora muestra de Diego Mazuera. Sí señores, quién lo creyera: en Colombia la pintura aún goza de muy buena salud.

JUAN GUSTAVO COBO BORDA

Diego Mazuera, por Juan Gustavo Cobo Borda | artnexus