Las burlas sociales que produce el guatemalteco Darío Escobar en sus obras son tan serias, que en lugar de detonar el sentido del humor, instigan las conciencias y mentes del público a la reflexión. Utilizando la reconfiguración de objetos para deplazarlos de su identidad original, Escobar logra otorgar una modalidad conceptual por medio de la ironía y la sutileza. Sus síntesis están cargadas de simbolismos y significaciones que dan críticas relevantes al entorno social actual. El ingenio de Darío Escobar es poco frecuentado dentro del ámbito de arte latinoamericano, particularmente dentro del ámbito de arte centroamericano, en donde la insubordinación y la rebeldía ante la sociedad consumidora han pervertido el movimiento de arte conceptual. Tales insurrecciones han llevando a muchos artistas a crear propuestas superficiales, muchas de naturaleza inmadura que carecen de sutileza y, por ende, caen en las vías de la mediocridad y lo obvio. Sus vasitos de McDonalds cubiertos con elaboradas decoraciones barrocas de láminas de oro y el soldado que reemplaza a la bailarina en su cajita de música son algunos ejemplos que han introducido la voz de Darío Escobar al mundo del arte. Su voz, instruida tanto por sus estudios de filosofía como por el entorno social dentro del cual fue criado, tiene la capacidad de denunciar el consumo global que acaba con las raíces de las culturas latinoamericanas: indígenas comiendo hamburguesas con ketchup y papitas fritas, luciendo un par de tenis Nike mientras sus tierras son convertidas en malls. Darío es abono cultural, tanto para la conciencia del espectador como para el desarrollo actual del arte conceptual.
En su primera exposición individual dentro de Estados Unidos, presentada por la Galería Karpio + Facchini en el Wynwood Art District, el artista toma un paso— y un paso grande— en una dirección inesperada. Con esto no se pretende insinuar que Darío Escobar es un artista predecible: todo lo contrario: no deja de sorprendernos. OUT! es el título de la exposición, un grito arbitrario, a todo galillo, que literalmente se traduce “fuera” o “afuera”. El imperativo también se refiere al grito del árbitro durante los juegos de béisbol, básquetbol, fútbol, y voleibol cuando el balón sale del terreno de juego. Y es así como precisamente, con la presentación de 13 obras (11 objetos intervenidos y dos grupos de pinturas sobre tela), saca esta exposición de su terreno de juego: acostumbrados tal vez al enfoque que le ha dado al uso de objetos con el propósito de crear metáforas y espacios de lecturas casi literales, el artista escoge producciones que permiten las lecturas múltiples dentro de un mundo de ilusiones. La reconfiguración de objetos es la misma: Darío Escobar utiliza el ready-made para absorber al espectador y convertirlo en cómplice de sus manipulaciones estéticas que conllevan desmantelar la noción tras el objeto, en este caso, siendo el concepto del juego.

Dentro de OUT! nos encontramos como Alicia en el País de las Maravillas, en un mundo de instrucciones absurdas, lleno de juegos imposibles de ganar— imposibles de tan siquiera jugar. Al reconfigurar el concepto de juego, la misión de Escobar como árbitro es clara: en este juego, quien manda es él, y la posibilidad de ser un ganador es sencillamente inexistente. El artista desplaza a los juguetes y juegos de sus objetivos, nos lleva a experimentar una infancia imposibilitada, aunque en principio, los juegos de básquetbol y fútbol siempre han sido de adultos. En su mundo, los trompos no giran, las patinetas no ruedan. Es imposible patear sus balones de fútbol y la red de sus aros de básquetbol se convierte en un laberinto sin salida.
Su serie de trompos —dos grupos de cinco trompos cada uno— son artefactos mutantes que forman composiciones moleculares, al ser unidos por una barra/varilla de metal. La patineta con ruedas verde fosforescente ha sido destituida de su propósito al ser dislocada en cinco partes en las cuales se les ha agregado bisagras para unir un pedazo con el otro. Las bisagras les dan flexibilidad a las piezas, y funcionan como prótesis que intentan remediar la estructura quebrantada de la patineta pero que, en conclusión, son un consuelo mediocre que impiden darle la libertad necesaria para funcionar una vez más como vehículo de cualquier tipo.
Más de 100 balones de fútbol son cosidos el uno con el otro para formar un solo balón de tamaño colosal que cuelga desinflado en una pared, proclamando en silencio su existencia inútil y la desesperanza de su condición actual. Hay otro balón igual al suspendido, pero éste se encuentra en el suelo, albergando en su flacidez un balón de tamaño normal que ha sido platinado, dándole una apariencia barata de futurismo. La polaridad del balón desinflado gigante y el balón plateado es ruta a la reflexión: pareciera que la tecnología —representada por el balón plateado que parece más bien un balín—acabó desinflando el esplendor de la subcultura del fútbol.
La camiseta de fútbol con marcas rojas de balones sobre su pecho se convierte en una especie de manto de Turín. La camiseta es presentada como un objeto venerado por su relato, el de la historia de ganadores y perdedores, el portador de la camisa siendo el kamikaze capaz de arriesgarlo todo para lograr alcanzar el triunfo y morir en la gloria, con un ego satisfecho habiéndose coronado héroe vencedor. La ironía es que dentro del mundo que Darío Escobar ha creado no hay ganadores. ¿Significa esto que todos perdimos antes de que comenzara el juego? O, viéndolo desde un ángulo más positivo, ¿será que en un mundo sin competencia todos somos ganadores?
Hay dos interpretaciones de aros de básquetbol presentes en la muestra: uno con ornamentación de labrado barroco —una especie de repujado sobre plata, característica clásica en obras pasadas del artista— convirtiendo el aro en una especie de trofeo hecho para seducir al espectador e intimidar al jugador con su lujosa indiscreción. El otro aro es siamés: dos aros son unidos por una sola red que tiene prisioneras a tres bolas de básquet adentro, como moscas víctimas de la cautela de una tela de araña. La esperanza de anotar un punto a favor queda abatida, atrapada para siempre dentro de una red traicionera que desafía el concepto de la física que dicta que todo lo que sube, baja.
Provocando a la física también aparece el simulacro de un ábaco en ruinas. El uso de espacio que Escobar utiliza en esta obra da indicios de la formación de éste como arquitecto antes de realizarse como artista. Ocho varillas de metal son invertidas de forma vertical, creando una edificación de unos cuatro metros de altura. Atravesando las varillas, que están separadas una de la otra, hay bolas plásticas desinfladas de distintos colores, que quedaron paralizadas por la perforación que las incapacita para realizar movimiento alguno. La estructura en sí es un simulacro de un ábaco, instrumento histórico cuya función actual es introducir a los niños en el concepto de matemática. El ábaco ha sido desplazado de su función, quedando estéril, sin poder producir sumas o restas.
Darío interrumpe la lógica, saca de su terreno de juego las reglas y el pragmatismo. Sus juegos contemplan la semiótica social, invitándonos a entrar a un mundo en el que la modalidad es estar fuera de lo ordinario, en el que estar OUT! implica estar IN, palabra utilizada para reconocer a la élite, la minoría que es seleccionada para pertenecer y formar parte de un ámbito social exclusivo. Una vez más, su sarcasmo nos invita a ser sus cómplices, y optamos por lanzarnos por el mismo hueco por el que se lanza este conejo, llegando, por una ruta distinta al lugar a donde, a fin de cuentas, Darío Escobar siempre nos lleva: al de la insubordinación.
CARINA GALLEGOS
