Siguiendo una tradición que se remonta a 1940, se realizó en Bogotá el 39 Salón Nacional de Artistas. En esta ocasión las obras se exhibieron en diversos espacios, como el Museo de Arte Moderno, la Galería Santa Fe de Bogotá y el Museo de Arte de la Universidad Nacional. En el Museo de Arte Colonial, se mostró la videoinstalación de José Alejandro Restrepo; en la sede de Mapa Teatro hizo su performance María Teresa Hincapié; en distintas calles de Bogotá se realizó la presentación de Pedro Gómez Egaña, y El grupo Nómada, fiel a su nombre, se desplazó por varios sitios de la ciudad. La distribución de obras en distintos escenarios trajo más afluencia del público que en años anteriores, así como se hizo más fácil y amable el recorrido de este Salón, en el que se hace evidente que el interés por el arte desborda las grandes ciudades, ya que gran parte de los participantes proviene de ciudades de provincia. De esta manera era posible observar un panorama variado, bastante disparejo, sin embargo, como casi siempre ocurre, la presencia de varias obras contundentes da cuenta de una actividad artística importante y vital.

Los esfuerzos por divulgar y hacer presencia con el Salón ante un público amplio fueron notables. En varias galerías se realizaron muestras dentro del marco de este evento que sigue siendo, junto con el Premio Luis Caballero y las bienales de Bogotá, uno de los más significativos del país. En el canal de televisión estatal se realizó una programación espacial sobre arte contemporáneo. Por otra parte, acorde con las condiciones de las obras expuestas que establecen lenguajes que se relacionan con otras disciplinas, se contó con visitas guiadas hechas por arquitectos, psicoanalistas, historiadores, entre otros. También el Ministerio de Cultura, en colaboración con la agencia británica Visiting Artists, trajo a varios curadores con el fin de generar promover el arte nacional y generar vínculos entre los artistas y distintos eventos internacionales.

Paralelo a la exhibición de las obras se realizó el “Foro Académico Sentidos en Tránsito”, en el que participó un grupo de conferencistas extranjeros como Karin Stengel, directora del archivo documental de Kassel; Anna María Guash, profesora de Historia del arte y crítica de la Universidad de Barcelona; Guadalupe Álvarez, historiadora y crítica de la Universidad de La Habana; Rosa María Ravera, profesora de estética y semiótica de la Universidad de Buenos Aires; Agustín Pérez Rubio, crítico de arte y curador del Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León; Jorge Carvalho, del Brasil; el curador José Ignacio Roca, jefe de Exposiciones Temporales y Museología de la Biblioteca Luis Ángel Arango; Víctor Manuel Rodríguez, candidato a doctor en Estudios Visuales y Culturales en la Universidad de Rochester, quienes alternaron con los artistas Alexander Apóstol, de Venezuela; Elías Heim y José Alejandro Restrepo, de Colombia. De manera que la actividad que generó el 39 Salón Nacional cumplió con una función didáctica, de apertura, de enlace y de debate que merecen destacarse.

El jurado premió las obras de Óscar Muñoz y Adriana Arenas; además concedió menciones a los trabajos de Miguel Ángel Rojas, María Teresa Hincapié, al colectivo Mapa Teatro, Milena Bonilla y Adolfo Cifuentes.
Anna María Guash, en una de sus presentaciones, aludió a algunas condiciones del arte contemporáneo que propician una aproximación a las obras expuestas en el Salón. Uno de los puntos tratados es que el arte de hoy se ha alejado de la estética y se ha acercado a los problemas sociales, realizando en ocasiones un arte crítico que está muy cerca de lo documental; también comentó que hay más interés por la vida que por el conocimiento; así como precisó que hay una tendencia a buscar refugio en el cuerpo, la subjetividad y el deseo. Muchas obras del Salón se aproximan a realidades sociales, a hechos cotidianos y a experiencias subjetivas de distinto orden. Este contacto con lo social y con el mundo de la vida, lo realizan los artistas a través de señalamientos a sucesos en ocasiones intrascendentes que se convierten en detonadores de hechos complejos en los que aparecen las características y las contradicciones del mundo contemporáneo. Como dijera la crítica barcelonesa, los artistas de hoy encuentran que “lo profundo está en la superficie”.

Esta condición de la obra contemporánea hace pensar en el libro de Susan Buck, La dialéctica de la mirada. Walter Benjamin y el proyecto de los Pasajes. La autora señala que las notas recogidas por Benjamin para su gran proyecto de los Pasajes, que prometía sintetizar su pensamiento, se pueden entender como “notas a pie de página del mundo exterior a texto”1. Esta condición también se puede aplicar a las obras contemporáneas que, como he dicho, hacen señalamientos al mundo en el que vivimos. El artista contemporáneo no pretende con su obra una transformación del mundo, no se propone, como lo hicieron las vanguardias, redimir al mundo o dirigirnos hacia la meta prometida. Estos dos ideales se convierten en el plan utópico de algunas vanguardias ideales que son ya un asunto del pasado. El papel del artista de hoy es más modesto, pero no por ello menos eficaz y necesario, el artista de hoy sólo señala. Sus imágenes o sus actos son sólo un comentario que pone en evidencia, a través de un acto sensible, una condición del mundo, una condición de la cultura y la sociedad, y esta característica es común a muchas obras del Salón; aquí haré referencia a algunas de ellas.

Migue Ángel Rojas y Óscar Muñoz, dos de los artistas de mayor trayectoria entre los participantes, presentaron un trabajo en el que cada uno hace una revisión dentro de su propia obra. Una de las obras más completas del Salón era el video de Miguel Ángel Rojas, Golpe en el ojo. Miguel Ángel Rojas es tal vez el primer artista colombiano que hace una indagación subjetiva a través del arte. Esta dimensión subjetiva es revisada en este sugerente y conmovedor video que vuelve sobre uno de los momentos más significativos de su obra: las fotografías que tomó en el Teatro Faenza en 1979. Se trata de imágenes documentales, en blanco y negro, que muestran en la penumbra a los personajes que asisten a un cine rotativo, donde se dan encuentros homosexuales. Al recorrer estas fotografías con la cámara de video, la imagen fija pierde su estatismo, el momento que se congeló toma vida, deja de ser un recuerdo para convertirse en una acción que está sucediendo en tiempo presente. Mientras se escuchan las voces de la película que se está proyectando, la cámara se acerca a los detalles de la bella arquitectura del teatro, recreando la atmósfera del lugar; se realizan aproximaciones a los personajes, convirtiendo la imagen en una especie de secuencias cinematográficas. Un efecto interesante es que la imagen adquiere una calidad que recuerda los dibujos y grabados que hiciera Miguel Ángel Rojas en los años setenta. Después de esta secuencia, se inserta otra toma realizada en 2002. En esta parte del vídeo, la cámara y una música tremendamente desgarradora2, acarician, se arrastran con nostalgia sobre las sillas rojas del teatro, y termina sobre una especie de remate de una escalera con forma fálica. Después de este encuentro tan sentido e íntimo con el lugar, en el que la imagen adquiere una atmósfera rojiza, la cámara se aleja y recoge en una imagen en blanco y negro: la figura de un espectador solitario. El enfoque, la luz y la soledad de este personaje evidencian que después de 20 años las cosas parecen haber cambiado de forma notable. Esta obra se compromete a fondo con la mirada subjetiva de Miguel Ángel Rojas, y en esta exploración encuentra todo su sentido, y revierte en los otros porque en ese viaje subjetivo se han señalado los cambios acaecidos durante la década del setenta que ya comienza a ser parte de nuestra historia. Este señalamiento de Miguel Ángel Rojas está poseído de un tono afectivo muy conmovedor que mantiene una vinculación con esa antigua condición del arte de ser la expresión de un sentimiento.
Retrato de Óscar Muñoz es un video en el que se muestra cómo el artista dibuja con pincel un rostro que puede ser el de él, sobre un material poroso que rápidamente absorbe la tinta; de manera que mientras termina la figura, los trazos iniciales ya se han borrado. De esta manera, cuando una parte del dibujo ha desaparecido, la línea vuelve a comenzar, dando lugar a un dibujo, a una imagen imposible, cuyo intento se repite hasta el infinito. Esta obra está relacionada con los dibujos efímeros que este artista caleño ha realizado con la respiración del espectador, Aliento, y con polvo de carbón, como en su serie de los Narcisos. Sus comentarios ponen en evidencia el acto de dibujar, el dibujo mismo, que ha sido una constante a lo largo de su trabajo.

Adriana Arenas fue premiada con una nueva versión de La fábrica de oro y piedras preciosas, una videoinstalación en la que se recrean las luces de una discoteca que giran en torno a un televisor en el que se leen en inglés cantos vallenatos. La inversión del idioma es muy efectiva, de inmediato el sentido se trastoca, y con él se hace alusión a tantos colombianos que han emigrado, dejando atrás los valores y la cultura que les son propios, en la búsqueda ilusoria de nuevos y mejores horizontes.

Otro trabajo de gran fuerza es el performance de María Teresa Hincapié, titulado El tiempo se mueve despacio, que se realizó en jornadas de 24 y 12 horas de duración. En esta ocasión, María Teresa Hincapié utilizó como parte integral de su acción, la música en vivo de Santiago Zuluaga3 y una proyección de una selección de imágenes de la película Baraka, de Ron Fricke, en la que a través de distintas secuencias se da cuenta del mecanicismo y la velocidad de la vida moderna, imágenes que contrastan con otras en las que aparecen paisajes, junto con ritos sagrados y ancestrales de distintos pueblos orientales. De esta manera, aparecen lo sagrado y lo profano, temas que se han constituido en el centro de su interés. En esta acción los movimientos de María Teresa Hincapié son mínimos; sin embargo, su presencia es contundente. Esa presencia señala de forma impresionante la ausencia de sentido, la crueldad, la deshumanización y la masificación del mundo. Ella permanece casi inmóvil ante las imágenes: “Y sin saber nos quedamos quedos, quietos, como aislados, en una soledad que sí sabe, que está ahí para enseñarnos”, como dice un fragmento de un escrito de María Teresa Hincapié a propósito de este trabajo. A lo largo de la acción se logran momentos de gran fuerza y belleza, por ejemplo, cuando la sombra de María Teresa Hincapié se proyecta sobre un paisaje, o cuando sus brazos se unen a los de una multitud que en un acto de plegaria eleva también los suyos. Otros momentos son de gran crudeza, como cuando su figura permanece absolutamente quieta ante una secuencia en la que unos pollitos son manipulados como objetos de fabricación en serie, o cuando queda detenida ante una hilera infinita de aviones o ante una calle cruzada constantemente por la velocidad de los carros que por ella transitan. Su cuerpo quieto es en sí mismo un comentario, “una nota a pie de página” del mundo exterior. Su actitud comprometida se convierte en una nota silenciosa que nos devela la condición del mundo contemporáneo. Su postura ante el arte y el mundo ha sido de resistencia, y su acción va más allá del arte, se ha convertido en una actitud ante la vida que en sus actos performáticos resulta verdaderamente conmovedora. La fuerza y la contundencia de este performance hacen de este trabajo uno de los más memorables del Salón.

Un tema reiterativo en esta muestra es el de la ciudad. El grupo Mapa Teatro, dirigido por Rolf y Heidi Abderhalden, en el que participan Lucas Maldonado, José Ignacio Rincón y Rolando Vargas, presentó dos video instalaciones tituladas La limpieza de los establos de Augías. Este trabajo tiene su origen en un proyecto titulado Prometeo que se realizó con la Alcaldía de Bogotá, cuando fue demolido el barrio Santa Inés, en los últimos años, más conocido como El Cartucho, donde vivía una gran comunidad marginada. La actividad que realizó Mapa Teatro con este grupo de personas buscó reconstruir la memoria de uno de los barrios más tradicionales de Bogotá, a través de relatos, historias de vida y experiencias de sus habitantes que fueron registrados en video. En ambos proyectos se trae un mito del mundo antiguo, y éste se actualiza para señalar una determinada circunstancia social que ocurre en la ciudad. La noción de memoria también es parte esencial de la obra presentada en el Salón. La memoria se “espacializa” en dos lugares de la ciudad, en el Parque Centenario, antes El Cartucho, donde se colocó, sobre el muro que cerca la nueva construcción, una secuencia de televisores en los que de forma continua se muestra la memoria del barrio a través de los relatos, mientras que en el Museo de Arte Moderno se reciben en directo imágenes de lo que acontece en ese lugar de la ciudad. En los monitores del museo se puede ver a la gente que en tiempo real, transita por el parque y se acerca a verlos; igualmente, en otra proyección, también en tiempo real, se muestran los avances de la construcción de este nuevo lugar. Esta ubicación crea un tensión entre lo que acontece en el museo y la ciudad, entre la memoria de un pasado que se fue y la acción de las máquinas que da lugar a una nueva cara “progresista” de la ciudad. El pasado oscuro, a veces tenebroso y doloroso de las gentes de El Cartucho, queda oculto bajo la inmensidad de un parque sobriamente diseñado. Mapa Teatro inscribe con los relatos que irrumpen en este nuevo cuerpo urbano, la memoria de un pasado que desapareció. Su intervención, como una nota a pie de página, se incrusta en la ciudad y su memoria.

Otro señalamiento sobre la ciudad, a los problemas sociales que en ella se generan, se propicia en las fotografías de Jaime Ávila, La vida es una pasarela, un trabajo en el que Jaime Ávila puso a posar a los indigentes que deambulan por la ciudad. Como complemento a estas fotografías, el visitante podía leer una guía en la que se narran las experiencias de fotografiar a cada uno de ellos y una breve historia de cada personaje. Relato e imagen nos colocan ante el drama humano de cientos de personas. Un comentario de Ávila acompaña estas imágenes, en él se manifiestan de forma directa la rabia y la impotencia ante la realidad de los “modelos de su pasarela”. La semblanza densa y conflictiva de la ciudad también está presente en la nueva versión de Cal y canto de Clemencia Echeverri, una videoinstalación en la que se recogen secuencias de un desayuno que dio la Alcaldía para los habitantes de El Cartucho. En esta nueva versión, más sencilla en su “puesta en escena”4, la atención se centró en la dilatación del tiempo de las imágenes y en el seguimiento de los objetos que circulan en ese encuentro: cuchillos, armas y frascos de pegante que se usan como narcóticos circulan lentamente a través de la proyección. Este manejo lento sobre los objetos los convierte en unos signos que hacen más explícito el señalamiento sobre la circunstancia de estos personajes. Otra cara de la ciudad se revela en los registros fotográficos de José Fredy Serna, una obra realizada in situ, titulada Dos muros. En la culata de un edificio, tras el cual se extienden las comunas de Medellín, se reproduce la textura del impresionante paisaje urbano que se expande como telón de fondo de la ciudad, precarias construcciones que se constituyen en una textura abigarrada, en una ciudad densa y apretada donde vive una población inmensa conformada especialmente por desplazados, que amenaza con explotar. Siguiendo con las rutas urbanas, está la obra de Milena Bonilla titulada Plano transitorio. Este trabajo consiste en un recorrido que hizo la artista por un amplio sector de la ciudad, utilizando distintas rutas; en este medio de transporte es corriente encontrar las sillas cortadas en la parte posterior. En sus viajes ella cosió con gran cuidado estas “heridas”, con una puntada fina y delicada, dando lugar a un dibujo, a un bordado delicado. Para distinguir cada ruta utilizó un hilo de distinto color así algunos trayectos les corresponde hilo azul, a otros rosa, verde o amarillo. Al lado de los registros fotográficos dispuso un mapa en que las distintas rutas han sido bordadas con su respectivo color y puntada. Esta obra sutil, de manera modesta y silenciosa, señala y “repara” los actos de vandalismo y violencia que son tan corrientes en una ciudad como Bogotá.
Como lo comenté anteriormente, un gran número de artistas encuentran que lo “profundo está en la superficie”, y muchos de ellos recurren a la fotografía para señalar aspectos que atañen al gusto y a distintas condiciones socioculturales. Entre este grupo se encuentra Alberto Baraya, quien con Una taxonomía para los herbarios de plantas artificiales, presentó, a la manera de las láminas de la Expedición Botánica, un conjunto impecable de fotografías de flores de plástico que se usan para decorar distintos ambientes. Con este trabajo también se hacen señalamientos acerca del paradigma científico: junto a las fotografías se encontraba un archivo completo acerca de la procedencia y características de estas plantas. El Colectivo Bricollage, Pablo Adarme, Sandra Mayorga y Carolina Salazar, mostró un conjunto de fotografías documentales, en las que se muestra el ingenio de la gente corriente que, sin muchos recursos, se vale de los objetos más extraños para armar muebles, utensilios y adornos; el humor y la creatividad, y a veces la extravagancia, están presentes en cada uno de estos registros, donde los objetos no son lo que parecen. Ángela María Baena también trabaja con fotografía documental mostrando las variaciones que sufren las casetas de los celadores en la ciudad de Cali, donde existe una norma precisa para su construcción y apariencia; sin embargo, éstas son muy distintas entre sí, según el vecindario y las necesidades del usuario. María Isabel Rueda presentó una serie de fotografías de jóvenes que llevan camisetas en las que aparece el retrato del Che Guevara. Este personaje mítico de la Revolución Cubana, se recuerda como uno de los símbolos antiimperialistas, pero en esta “época de reproductibilidad técnica” sigue siendo el héroe revolucionario, cuya imagen se difunde por la sociedad del consumo, así que es Lo uno y lo otro, como se titula la obra de esta joven artista.

La obra de José Alejandro Restrepo, titulada Santoral, presenta una secuencia de distintos fragmentos extractados de noticieros y programas de televisión en los que se muestran el maltrato y la tortura a los que se somete el cuerpo, bien sea por culpas provenientes de la educación que se recibe a través de la religión católica, o por martirizar el cuerpo en un acto de “purificación” en las celebraciones de Semana Santa, o en los días de conmemoración religiosa. Otros maltratan su cuerpo como espectáculo. Al presentar este video en el Museo de Arte Colonial, donde se recogen tantas imágenes religiosas en las que se alude al martirio del cuerpo, los señalamientos realizados con la imagen refuerzan su sentido. La crudeza de algunas imágenes genera dificultad en la recepción de este trabajo.
Los artistas contemporáneos son seres urbanos, su mirada, más perceptiva y profunda que la del hombre corriente, se ha detenido en el mundo de la vida, en la experiencia cotidiana. Sus acciones, frecuentemente sutiles y poco grandilocuentes, a veces con humor, con ironía, otras veces con un tono más trascendental, nos ponen ante la condición del mundo en el que vivimos. La importancia de este Salón radica en esa posibilidad que tenemos de encontrarnos, de identificarnos, profundamente, con esas reflexiones, con esos señalamientos que tienen lugar en las distintas obras. La obra contemporánea se presenta como un hecho a ser descifrado, abierto, y en ese acto de apertura, lo que se revela es el mundo con sus cualidades y atrocidades. El arte de hoy, a través de sus distintos medios, nos otorga conciencia del lugar en el que habitamos.
NOTAS
1. Susan Buck-Morss, La dialéctica de la mirada. Walter Benjamin y el proyecto de los Pasajes, Visor, Madrid, 1995.
2. Miguel Ángel Rojas tomó una pieza de Vivaldi, la invirtió y trabajó, dando lugar a un sonido tremendamente triste que tiene algo de chirriante y melancólico.
3. Hijo de María Teresa Hincapié, compositor egresado de la Universidad Javeriana, que la ha acompañado en otras ocasiones.
4. En el Museo de Arte Moderno de Bogotá en 2002 y luego en la sala Eafit, en Medellín, se presentó esta instalación sobre pantallas que se constituían en un cuerpo escultórico. Ver Arte en Colombia No. 99.
*Todas las imágenes que ilustran este artículo son fotografías de José Tomás Giraldo.
MARTA RODRÍGUEZ
Profesora de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá.

