Exposición Individualene 2005 - mar 2005· Por María Elvira Iriarte

Benjamín Lira

Galería A.M.S. Marlborough

Son 20 las cabezas monumentales en cerámica gres exhibidas recientemente en la galería A.M.S. Marlborough de Santiago de Chile. Sobria y eficientemente montada, esta exposición marca un hito en la carrera del destacado artista chileno Benjamín Lira (Santiago, 1950).

Muchos artistas pintores han incursionado en el terreno de las tres dimensiones; pocos los que lo han logrado a cabalidad. Varias esculturas de Matta, de Obregón o de Tamayo, pintores eximios, son más que cuestionables. No es el caso de estas piezas de Lira, quien supo mantener su vocabulario sin caer en la ilustración tridimensional de obras pintadas.

Siempre le ha interesado a Lira el volumen. De hecho, muchas de sus obras bidimensionales son collages construidos con elementos gruesos: relieve y profundidad son evidentes, pero esas construcciones tienen un carácter más cercano a la expresión arquitectónica que a la volumetría de una escultura exenta. Luego de más de cuatro años de trabajo, las 20 piezas exhibidas testimonian un período de insistente búsqueda, no exento de un arduo proceso de prueba y error, fallas y fracasos técnicos.

Exposición Individual: Benjamín Lira — imagen 1
Benjamín Lira. Cabeza No. 66, 2004. Gres y esmalte. 77 x 52 x 66 cm. (30 1/4 x 20 1/2 x 26 pulgadas).

La cabeza humana, apócope formal representativo de lo humano desde los tiempos más remotos de nuestra existencia sobre la Tierra, ha sido asunto permanente en el trabajo del artista. Las actuales esculturas resumen las mejores características de esa temática, desarrollada desde los años setenta en obras pintadas, dibujadas y grabadas. Una forma cerrada en apariencia, pero permeable a los miles de trazos, rayaduras y esgrafiados que la complementan. Los volúmenes resultan ser como el pretexto para una actividad de carácter gestual, reiterativo, casi diríamos obsesivo, que se sobrepone a las composiciones formales básicas. Las esculturas recogen esa gestualidad sobre sus superficies externas e internas intervenidas de mil maneras. El horno se encarga de afirmar o modificar el registro gestual impreso sobre la arcilla.

Cada cabeza, con una altura cercana a los 50 centímetros y un peso de 80 a 100 kilos reposa sobre un pedestal alto, de manera que estos personajes sobrepasan la altura de un espectador promedio y se imponen en calidad de tótems. De algún modo aluden a lo sacro. No son meros retratos humanos. Son metáforas muy poderosas del ser humano en tanto que potencialidad y conciencia. Los rasgos faciales, si aparecen, están sintetizados al máximo. Un tajo puede ser ojo o boca; una arista rectilínea, la nariz. Curiosamente, las orejas son más figurativas y aparecen a veces enormes y casi incongruentes, en contraste con el resto de la fisonomía. Cabezas de dioses ignotos o héroes desconocidos, estas formas aluden en esencia a los más altos valores humanos. Son capaces de hacernos remontar a culturas antiguas, pero al mismo tiempo resultan estrictamente contemporáneas. Esa dilatación temporal es uno de sus principales atributos, y sin duda, uno de sus mayores atractivos. En la conversación con el crítico Edward Shaw, publicada en el excelente catálogo de la exposición, Lira hace énfasis en el concepto tiempo. La escultura cerámica tiene un tiempo, un tempo, propio y muy distinto al de la pintura.

Lira comienza extendiendo la arcilla preparada en una gruesa capa que alisa con rodillo. Con la placa básica ya elaborada, levanta el cuello, un cilindro o cono hueco que soportará el volumen mayor. La cabeza que vemos como un sólido, cuidadosamente equilibrado sobre el cuello, es también hueca y trabajada tanto en su exterior como en su interior. La coronilla ha sido eliminada y esta presentación de una cabeza vacía resulta perturbadora.

La metáfora de una trepanación craneana no es gratuita. Otra sería la alusión a yelmos y celadas de antiguos guerreros. Un afuera y un adentro. Una piel intensamente trabajada y un espacio interno al que nos asomamos.

Se constituye así un referente a la vasija, a una forma que contiene, a la cerámica que desde tiempo inmemorial genera receptáculos para el uso del hombre. Las piezas se imponen en el espacio general y simultáneamente determinan un espacio eco en su interior. Son muchos los contenidos semánticos y las claves interpretativas posibles. Prima la fuerza plástica de una belleza estricta, varonil y sin concesiones.

El quemado de estas piezas cerámicas es un problema técnico complejo. Se requieren temperaturas superiores a los 1.300˚C y mucho respeto por los procesos físicos de calentamiento y enfriamiento, además del tiempo de secado previo a la quema. El más mínimo error destruye la pieza y hay siempre elementos que no son totalmente controlables, aun para los experimentados ceramistas del taller Huara Huara que apoyan el trabajo del artista.

Los sobrios engobes marrones, cobres, verdes, azules, negros, dan resultados variables y misteriosos. El toque de color está puesto con la más extrema economía, así como los brillos o mates de cada superficie. Contrastan las cabezas casi monocromas con el color festivo que Lira ha usado a lo largo de su carrera pictórica. Sus tonalidades, que a veces las emparentan con los metales, están más cerca de lo solemne. Tal vez este adjetivo, solemne, sea el que mejor calza a las piezas expuestas en Santiago. Algunas de ellas irán a la Galería Marlborough en Nueva York, en enero del año próximo.

MARÍA ELVIRA IRIARTE

Benjamín Lira, por María Elvira Iriarte | artnexus