Armando Morales es, sin duda, uno de los pintores destacados de América Latina, por lo cual es sorprendente que haya habido tan pocas exposiciones importantes de su obra en los Estados Unidos. (Las obras descritas en el hermoso catálogo producido por la Robert Miller Gallery se originaron en MARCO. Para este escenario se agregaron otras de colecciones privadas de Miami). Por consiguiente, esta exposición en el MAC/Miami Art Central fue trascendente por ser la primera exhibición importante de sus obras y, aunque incluyó sólo 25 pinturas al óleo, debido a la selección y el sello de calidad, fue una retrospectiva con las muestras más representativas de su larga y distinguida carrera. El énfasis estuvo en obras recientes y magníficas pinturas de gran tamaño de la selva tropical, barnizadas con cera de abeja, logrando así extraordinarios efectos superficiales. Durante las últimas cinco décadas, Morales ha explorado el campo de la abstracción y la figuración en obras que se centran en temas basados en figuras femeninas, animales, violencia, muerte y paisajes tropicales. Inspirado en la literatura y afectado por el aislamiento cultural y por extrañas circunstancias políticas y sociales de su nativa Nicaragua, sus obras trascienden las obvias referencias físicas del tema para revelar una interpretación altamente metafísica de la vida. Mujeres, caballos, toros, árboles, bicicletas y otras formas son alusiones visuales a un mundo que es tan imaginario como real.

Armando Morales nació en Granada, Nicaragua, en 1927 y aunque su carrera como pintor lo ha llevado de la escuela de arte de Managua a Nueva York, París, Londres y más allá, la nostalgia por los misterios de la decrépita ciudad colonial se mantiene viva, y ésta siempre será su hogar, y es esencial para entender su arte, aunque sólo debido a su descripción surrealista y su historia. Describir Granada como una ciudad del pasado, rodeada de hermosos lagos naturales, volcanes y una extraña ecología híbrida es simplificar su realidad. Describir las pinturas de Armando Morales como visiones de hermosas mujeres y paraísos tropicales es también simplificar su realidad. Cada obra es tan compleja desde el punto de vista conceptual como difícil desde el punto de vista de la técnica. Pero, al final, se trata de pintura.
Durante años, Morales ha permitido que su constante exploración de los conceptos más fundamentales de la pintura cuestione sus procesos como los medios para expresar un vocabulario personal que cambió su base para pasar de la formulación abstracta a las figuras, de éstas a los objetos y, por último, a paisajes. Sus escenarios de ensueño para desnudos inspirados en lo clásico son quizás los más familiares, aunque enigmáticos. En esta exposición, aparecían mujeres como desnudos reclinados al borde de la selva y bañándose en aguas costeras. Las mujeres de Three Bathers in the Forest (Tres bañistas en el bosque, 2003) y Bathers and Waterworks (Bañistas y acuarelas, 2001) son tan planeadas en su serenidad como las frutas de un bodegón, y Morales observa su presencia con la misma mirada calculada y práctica. Emergiendo de las sombras de sus pinceladas aterciopeladas, las figuras no son más que recuerdos de tiempo y lugar, iluminados en el anochecer o el amanecer de la nostalgia y raspadas de capas de pintura, como capas de imaginación.
Los recuerdos y la nostalgia se traducen en innumerables variaciones sobre el tema de la selva tropical. Desde las familiares selvas tropicales de Nicaragua hasta recuerdos de un viaje al Amazonas a finales de la década de 1950, los paisajes de esta exposición revelaban el enfoque más reciente del artista en la idea del paraíso perdido y la búsqueda de nuestros orígenes de lejos en tiempo y lugar. Monumentales en concepción y grandiosas en escala, sus pinturas de la selva tropical son junglas de secretos e ilusión personal. Rain Forest and River (Selva tropical húmeda y río, 2002) atraía al espectador a las profundidades de la selva, donde la tierra y el agua, los árboles y el cielo parecían estar avanzando hacia delante, comprimiéndonos entre las sombras y la oscuridad. Aún más claustrofóbica, Selva tropical húmeda (Ravine y Ojo de Agua (2004) adquiere una vida propia, donde los árboles son criaturas antropomórficas que se mueven furtivamente en el nadir de lo tenebroso. Es la descripción de ese territorio prohibido la que transportaba al espectador al reino de lo sublime y la misteriosa nostalgia que Morales considera propios.
CAROL DAMIAN
