En la primavera pasada, el ortodoncista-coleccionista Arturo Mosquera cedió sus consultorios para una exposición de varias de las obras de Torres Llorca de su propiedad, y el placer fue doble y doblemente variado, debido no sólo a los irritantes poderes del artista sino también a la naturaleza del curioso proyecto de exhibición del doctor Mosquera. Siempre da la sensación de que el doctor está dirigiendo una galería alternativa muy formal mientras atiende protrusiones adolescentes y, a veces, en especial durante las amenas inauguraciones con mojito y croqueta, la parloteante multitud interesada en el arte inunda la dentistería de manera incongruente.

Esta disociación entre el enrarecido ensimismamiento y la ortodoncia de tuercas y tornillos nunca fue más evidente que durante la exposición de Torres Llorca. Había siete obras recientes montadas en los diversos salones del consultorio, todas, de los últimos cuatro años. En las paredes de la larga y angosta sala de espera, sobre las sillas donde los jóvenes pacientes esperan nerviosamente su turno y las madres que los acompañan tratan de combatir el aburrimiento, se encontraba una versión nueva, abreviada, del clásico de Torres Llorca So Quiet in Here. Esta obra apareció por primera vez en El Museo del Barrio en Nueva York, en 1998, y años más tarde en Locust Projects de Miami. Es poco más que una línea de instantáneas sencillas de los detalles más mundanos de la vida del artista: la parte superior de una estufa con una cafetera, nubes que se amontonan espléndidamente en el cielo del sur de Florida, el portal de una vieja casa de Miami con techo a dos aguas, unas cuantas de las obras del artista que nunca se habían expuesto. Torres Llorca colocó papel calcante sobre cada fotografía, difuminando aún más el inescrutable propósito de la escena, y les aplicó dibujos esquemáticos o textos. Esta edición de la exposición fue muy concisa, con muchos más retruécanos visuales. En una escena, una mano de lenguaje gestual dibujada a mano aparecía en primer lugar, y por debajo de ella la fotografía instantánea mostraba una mano humana real extendida hacia una escultura mural consistente en una mano cubierta de texto. Torres Llorca usó allí muchas imágenes repetidas —linternas que sondeaban la oscuridad, manos que blandían diversos signos— que le daban a la pieza un ritmo agudo y animado. Sin embargo, los fragmentos de texto tenían su acostumbrado tono melancólico: “En una casa/ sin puerta/ …en un cuarto/ sin ventanas/ me hago/ una máscara”.
La sala de tratamientos del doctor Mosquera tiene cuatro sillas reclinables dispuestas alrededor de una estantería central donde se hallan sus equipos, y había al menos una obra de Torres Llorca en cada una de las paredes, además de que en un cuarto contiguo podía verse una enorme pintura. En diferentes épocas, en el pasado, este campo de trabajo ha semejado un abarrotado Kunsthalle, con un generoso batiburrillo de las predilecciones del doctor a la vista. Pero, para esta exposición, se limitó casi exclusivamente a las restringidas e inquietantemente cerebrales reliquias de Torres Llorca. Las obras más espectaculares y convincentes eran dos esculturas, una de las cuales, Nobody Listens (2002), consistía en una enorme telaraña con una oreja en el vórtice. Pequeñas figuras humanas atadas colgaban aquí y allá de la red como moscas cautivas, y la oreja, atenta, estaba adornada con diminutas letras recortadas de periódicos.
Esto de emplear las palabras como una especie de piel o adorno es un motivo recurrente en Torres Llorca, y es sólo uno de los muchos misterios provocadores que rodean su obra. ¿Debemos suponer que el lenguaje le da forma a todo lo que vemos y oímos? ¿O, por el contrario, que es una especie de filtro o lienzo con el que nuestros entremetidos intelectos nos impiden ver la verdadera forma del mundo? La mediación de percepciones y emociones es un tema recurrente en la obra de Torres Llorca —las lentes distorsionantes de la televisión y otros medios masivos son un tema favorito— y a menudo involucra al artista, cuando él mismo se aparta de la verdad.
Por supuesto, tal vez éste sea uno de sus propósitos: inventar cosas es lo que hacen los artistas. Él logra estas invenciones y polémicos empujes de un modo muy fácil. La otra escultura, Keep Your Ear to the Ground (2002), consistía en un pequeño estante pegado a la pared cerca de una de las sillas reclinables, incompleto, excepto por una pulida moldura, con cuatro cabezas sobre él y, muy cerca, un tablero donde se leía el título. Tres de las cabezas estaban alineadas mirando en una dirección; de éstas, dos llevaban armas de apariencia amenazante: un cuchillo sobre la una, y un mazo recostado contra la otra. La cuarta cabeza les sostenía la mirada a las otras tres con una oreja pegada a la frente. ¿Quiere Torres Llorca mostrar el lenguaje como instrumentos romos o afilados cuyos verdaderos significados uno adivina —o, quizás, confunde— sólo escuchando con cuidado? Casi todas las cabezas tenían diversos colores, como si fuesen máscaras, para fomentar la idea de encubrimiento o engaño.
Al otro lado de la sala, My TV Said That I Am Not Good Enough (2002) era muy explícita con relación a esta idea de la deficiencia humana a los ojos de los medios de comunicación masivos o, al menos, eso sugería el título. Era una pintura en cuatro partes que representaba a un hombre y una mujer —o, para ser más exactos, un chico y una chica— con ropa de clase media estadounidense al estilo de la década de 1950: zapatos acordonados, falda de prenses, medias tobilleras y peinado con copete. Las figuras —una mujer en el retablo de la izquierda, un hombre en el de la derecha, y una pareja abrazada por encima de ellos, con un lienzo negro desprovisto de imágenes como fulcro entre hombre y mujer y la pareja— flotaban icónicamente en atmósferas a rayas de color pastel, como los insulsos y monótonos símbolos de avidez burguesa en la que están basadas. Fuera de contexto, son toda nostalgia y ansiedad flotantes, llevando su angustia como llevan sus abrigos y sus suéteres. Como si toda esta emotividad no las agobiara lo suficiente, Torres Llorca agregó un objeto que flota cerca de cada uno: una casa junto a la mujer, una escalera al lado del hombre, una mesa cerca de la pareja.
La proximidad de pinturas y esculturas en el consultorio del doctor Mosquera puso de relieve una diferencia entre las dos, o, digamos, una tendencia que Torres Llorca a veces muestra para descubrir el pastel. Sus esculturas, al máximo, son diminutos teatros minimalistas con un significado más bien despiadado de cómo nuestra humanidad nos traiciona, de nuestros retruécanos frente a los pecados del mundo más grande y el despreciable autosabotaje que nosotros mismos realizamos a diario. Y Torres Llorca hace esto prácticamente sin decir nada.
Las pinturas, en comparación, daban la impresión de ser simples declamaciones, a veces exageradas, aunque no en esa secreta forma satisfactoria que tienen algunos de sus proyectos. En My TV Said That I Am Not Good Enough todo está al descubierto. La recargada chica y su casa soñada, el confiado muchacho y su lugar para trepar. El título mismo. Estas palabras e imágenes violan esos principios tensos, provocadores, que Torres Llorca emplea tan bien. Por ejemplo, cuanto menos, mejor. Por ejemplo, déjalos ávidos de más.
JOEL WEINSTEIN
