
Terán trastoca distintos aspectos que colindan entre lo real y lo mítico, lo cultural y lo natural, lo pesado y lo liviano, lo fugaz y lo permanente, lo efímero y lo trascendente. Polaridades que el artista confronta para transgredir los elementos, desafiar la gravedad, alterar nuestras percepciones y hurgar en las nociones del espacio y del tiempo. La suspensión de ciertos materiales que parecen flotar en el espacio muestra esa transgresión que él ha venido desarrollando desde los inicios mismos de su carrera; así se advierte en piezas como Levitate, 1969, Arte y vida del Chamán, 1985, y Con los pies en la cabeza, 1992, entre otras. La ingravidez, el despojamiento y la desmaterialización que definen el lenguaje de Terán han prevalecido, en diferentes facetas, a lo largo de su trayectoria artística. Blancas paredes, 1976, Polagramas, 1979, o Universo de Manoa, 1990, sólo por citar algunos ejemplos, gozan de la levedad que induce a la espiritualidad, terreno al cual nos quiere llevar mediante la depuración y decantación de su discurso. Tal ponderación es un rasgo intrínseco de la personalidad del artista, que se refleja en la minuciosa selección y disposición de los materiales, los cuales ofrecen una visión impregnada de misticismo que trasciende su sentido terrenal. La búsqueda de lo esencial se torna entonces en el objetivo de sus indagaciones, de ahí que su reciente exposición no podía ser otra que una profundización, y una radicalización, de las inquietudes que han conformado la raigambre conceptual de su propuesta. Arribar a lo “absoluto”, metafóricamente hablando, implica ese despojamiento progresivo de la materia que se observa en la muestra Dibujos de agua. A través de sustancias etéreas, como el agua, el nylon y el vidrio, el artista ha querido señalar —al igual que el dedo que apunta hacia el cielo en la figura del Bautista de Leonardo da Vinci— ese mundo intangible, invisible a los ojos, que se revela gracias a la interacción de los medios expresivos, los cuales marcan sólo el indicio de lo que, paradójicamente, nos conduce de lo material a lo inmaterial. Puntos, líneas y manchas, nos hablan de ese instante en el que el primer contacto con el plano supone el origen de toda creación. La configuración de piezas como Gotaskaen (Lluvia alemana), Deslave y Agua madre sugiere un tiempo detenido que nos invita a una lectura íntima, sosegada, que aquieta la mente y convoca al recogimiento. Lo visual es aquí apenas un esbozo que nos lleva a meditar sobre el origen del arte y, en un trasfondo simbólico, de la creación del mundo. Curiosamente, el artista ha escogido el más transparente, sutil, incorpóreo y diluyente ingrediente de la naturaleza, como es el agua, ese componente que Tales de Mileto designó como el más apropiado para ser, entre los cuatro elementos —tierra, agua, aire y fuego—, el principio y génesis de todas las cosas. “Por ello —escribe Tahia Rivero en el catálogo de la exposición— los dibujos de Pedro Terán representan una especie de retorno a los inicios, un recorrido que aunque aspira llegar a puerto descargado de prejuicios, lleva dentro de sí la valija de toda una vida... dibujos de agua con los cuales el artista se busca en territorios acuosos, puntos y líneas, atmósferas especulares donde el regreso y la partida son también un constante arribo, un orillarse sobre sí mismo, un encuentro con el final de un camino que siempre lleva consigo el inicio de un nuevo viaje...”
GLADYS YUNES YUNES
