La lluvia se escurre. Las paredes
que vieron morir a los hombres,
que vieron huir al oro,
que vieron el final del reino,
que vieron, volvieron a ver, vieron
Ya no ven.
También murieron.
Este
fragmento del poema La muerte de las casas de Ouro Preto1 de Carlos
Drummond de Andrade (cuyo centenario de su nacimiento ha sido celebrado hace
poco), estaba escrito en una de las paredes del segundo piso del CCBB en São
Paulo, en la reciente exposición del artista Nuno Ramos. Los mismos versos eran
repetidos por voces masculinas amplificadas por altoparlantes situados en la
planta baja del edificio, a la entrada de la exposición. Incluso, a cualquiera
que llegara a la muestra, era casi imposible oírlas. El ruido y la visión de
una lluvia incesante que se desprendía de una claraboya del edificio colocada a
20 metros de altura de espacio libre tenían un efecto hipnótico sobre el
visitante. La primera impresión era de gran impacto, provocando una mezcla de
perplejidad y asombro. Después, pasados los primeros momentos, el espectador
percibe una “piscina” formada por el cúmulo de agua en una parte más baja del
zaguán de entrada, sobre un delicado piso de mosaicos. Se podía adivinar que el
mecanismo probablemente bombeara agua, desde allí, para precipitarla nuevamente
a través de varios de los caños instalados alrededor de la claraboya. Los
saltos, la unidad, el ruido, todo, provocaban una sensación de destrucción
inminente, lo que, en un edificio construido en 1901 y cuidadosamente
preservado, confería al escenario una dimensión mucho más dramática. La
melancolía de los versos de Drummond y el efecto catártico de la obra de Ramos
trabajan en conjunto en perfecta consonancia.

La exposición reunió cuatro instalaciones inéditas del artista. Mientras que la obra situada en la planta baja, A morte das casas, se desarrolla basada en una estrecha relación con la literatura, la galería circular del subsuelo fue ocupada por una instalación cuya idea fuerza se basaba en la música popular brasileña, bajo el título de Alvorada (Madrugada). Bloques de arena prensada, semejantes a grandes ladrillos, fueron apilados formando paredes que revestían los laterales del corredor que circunda la sala del Tesoro del edificio, un antiguo banco del centro de São Paulo: hacen referencia al material precario con que son realizadas las construcciones de las áreas periféricas de las metrópolis. A medida que el visitante recorre la galería, va descubriendo letras recortadas en bajorrelieve en uno de los lados y en altorrelieve en el lado opuesto, formando al final, la frase "Alvorada lá no morro que"2. Y es allí, en ese punto improbable, donde se interrumpe la letra de la antigua y conocida samba de Cartola: "Alvorada lá no morro que beleza, ninguém chora, não há tristeza, ninguém sente dissabor..."3. El conjunto es completado por un video exhibido dentro de la sala del Tesoro. En éste, varios personajes se suceden protagonizando una misma situación: han sido filmados en el momento en el gritan la palabra “Alvorada” a través de un megáfono, mientras que al mismo tiempo, son ejecutados de un tiro en la nuca (obviamente, solamente se puede oír el sonido del disparo). De manera bastante literal, el artista propone otra continuación a los versos de la samba. En las alvoradas de los morros actuales, la deshumanización y la violencia apenas logran sobrevivir. Nada quedó de la imagen lírica (y saludable) de los tiempos de bohemia ingenua, tan difundida por los compositores de samba de los años 1930 y 1940.
En la instalación Casco4, realizada en el segundo piso del Centro Cultural, el video es nuevamente utilizado junto a la obra plástica. En este caso, Ramos trabaja nuevamente en equipo con el cineasta Eduardo Climachauska, con quien ya había producido anteriormente algunos cortometrajes entrecruzando los granados de Oswald Goeldi y la samba de Nelson Cavaquinho. Situados en una playa, actores de torso desnudo y rostro cubierto de parafina recitan textos de autoría propia del artista, mientras que destruyen antiguos barcos a golpes, observan como sus destrozos son arrastrados por las olas, recubiertos de arena, y reconstituidos de manera aleatoria en nuevos volúmenes. La monotonía del texto y el desempeño poco expresivo de los actores debilitan la narrativa visual, a pesar de la belleza de muchas de las imágenes. El video no posee la fuerza poética de las grandes piezas expuestas en la sala contigua, formadas por restos de barcos entremezclados en una amalgama de arena y pigmento oscuro.
En el último piso se encontraba el único conjunto de obras que no precisan de ningún acompañamiento con referencias narrativas visuales-literarias-musicales. Choro Negro (Llanto negro) presenta piedras de brea apoyadas sobre volúmenes de mármol blanco. Resistencias embutidas dentro de las piezas de mármol mueven levemente los sólidos, dando la impresión de que la brea se estuviera derritiendo. Como los volúmenes de mármol son rigurosamente geométricos, pero asimétricos, conforman superficies inclinadas por donde la brea se escurre, acumulándose sobre el suelo. El trabajo evoca cuestiones recurrentes de la trayectoria de Nuno Ramos; este joven artista ganó notoriedad en el escenario de las artes plásticas del Brasil como pintor del celebrado grupo Casa 7, de la generación de la década de 1980. Una de las cuestiones centrales fue, sin duda, el extrañamiento recurrente de la conjunción de elementos en fuerte contradicción: el mármol blanco en oposición a la brea oscura; la piedra fría que produce calor; la dureza de un material en contrapunto a la plasticidad del otro. Sobre todo, establecía la asociación simbólica del mármol a la idea de lápida. Otra vez, la muerte.
Nuno Ramos ya ha demostrado con anterioridad que es un artista inquieto y emprendedor, que se aventura en experiencias utilizando nuevos lenguajes; como viene haciendo, por ejemplo, con la escritura y el video. La madurez que demuestra en la ocupación inteligente del espacio expositivo y, sobre todo, en el raciocinio original y contundente de las piezas tridimensionales, todavía no se verifica en esos otros medios expresivos. Ya hace tiempo que el no es más el artista de los enormes assemblage matéricos (que ya nacían condenados a la descomposición) de finales de los años ochenta. Sus obras apuntan a una mayor contención y control sobre el resultado final. Sobre ellas, establece una reflexión casi obsesiva sobre la acción transformadora del tiempo. Acción, en muchos casos, incontrolable y destructiva, pero que es también capaz de rearticular los mismos elementos en nuevos sentidos.
NOTAS
1. Ouro Preto: Oro Negro, Ciudad de Brasil de gran importancia histórica, situada en el estado de Minas Gerais.
2. Véase la nota 3.
3. “Madrugada en el morro, que belleza, nadie llora, no hay tristeza, nadie siente el sinsabor”.
4. Se refiere al casco de una embarcación.
VALERIA PICCOL
