Con la inauguración del Museo de Arte, a mediados del mes de mayo, el Banco de la República acaba de completar uno de sus proyectos culturales más ambiciosos: convertir la manzana sur de la Biblioteca Luis Ángel Arango en un enorme espacio consagrado prácticamente en su totalidad a las artes plásticas —si se excluye la colección de numismática que se presenta en la llamada Casa de Moneda, que se remonta al siglo XVII. Si el diseño del edificio del nuevo museo —realizado por Enrique Triana y Juan Carlos Rojas— es admirable por su funcionalidad e imponencia, no lo son menos el trabajo de remodelación de la antigua plazoleta Gregorio Vásquez —hoy con una sobria y muy alta escultura de Ramírez Villamizar—, y el patio interior, presidido por una alta pared de mármol negro por la que se desliza agua permanentemente, y que sirve para que los visitantes puedan circular con comodidad y seguridad hacia el Museo Botero y hacia la Casa de Moneda que en la parte posterior tiene desde 1998 un edificio que alberga —ahora con un nuevo guión museográfico— una antología de la Colección Permanente del Banco de la República consagrada al arte colombiano, desde el período colonial hasta algunos ejemplos del arte de los últimos años.

Con una disposición coherente y didáctica se puede hacer un recorrido desde algunas telas del taller de los Figueroas del siglo XVII y Gregorio Vásquez, hasta trabajos de artistas recientes como José Antonio Suárez, Teresa Sánchez y Ana Patricia Palacios, pasando por la serie de las Monjas Muertas, Roberto Páramo, Alfonso González Camargo, Andrés de Santamaría, algunos nacionalistas y los primeros grandes del arte moderno, desde Obregón hasta Botero, Feliza Bursztyn, los Cárdenas, los Amaral, Beatriz González, Lorenzo Jaramillo, etc. Una colección de lujo que bien amerita un artículo especial. De regreso al Museo de Arte —pasando cerca de una escultura de Castles y dos más de Ramírez Villamizar— resulta importante destacar algunas especificaciones de la construcción: el enorme edificio tiene seis pisos, 8,200 metros cuadrados, dos salas de aproximadamente 500 metros cuadrados cada una —en las que en una habrá exposiciones transitorias y en la otra, en un nivel superior, muestras rotantes de las colecciones permanentes del Banco de la República—, un auditorio de 160 sillas, talleres para niños, dos cafeterías, una tienda y en tres pisos subterráneos espacios para las reservas de las colecciones y para las obras en tránsito y áreas de trabajo para restauración, fotografía, marquetería y oficinas para los curadores. Otros detalles importantes son: la estructura del edificio es en concreto; los muros en mampostería; los muros interiores de las salas y el cielo raso en drywall; los pisos en madera laminada; la iluminación halógena, wall washer y puntual, con protección U.V. Finalmente, las salas tienen aire acondicionado, control de temperatura y humedad e instalaciones electrónicas y cableadas que permiten toda clase de muestras de video. Pasando ahora a las exposiciones, la que hay actualmente en el tercer nivel —para muestras de la colección permanente— se titula a manera de boutade, Arte de América Latina y otros continentes, que reúne algunos buenos cuadros y esculturas de este continente, desde artistas del siglo XIX como Rafael Troya del Ecuador y Felipe Santiago Gutiérrez de México, hasta nombres nuevos como los de los fotógrafos González Palma de Guatemala y Vik Muniz del Brasil. Aunque la colección europea y norteamericana tiene algunas pequeñas joyas —el Klee, algunos dibujos antiguos; las obras de Close y Tobey—, el conjunto de estos trabajos es tan pequeño y heterogéneo —los paneles de Agostino Brunias, el óleo de Ramón Gaya, el cuadro abstracto de Luc Peire que bien podrían salir o instalarse en otros sitios— que las pocas obras importantes se pierden en medio del baturrillo. ¿Y los otros continentes? Ah sí, hay unos contados Ukiyo-E. Desentona este sector internacional en el amplio recinto que podría exponer mucho mejor su colección latinoamericana.

Una colección a la que se podría poner mayor empeño, comprando muchos nombres que todavía faltan. Tema para otro artículo especial, porque la labor cultural del Banco de la República amerita mucha atención e interés. La sala del primer piso lucía espectacular con la muestra Edén de la Colección Jumex de México, una exhibición del siglo XXI en la que se reunieron obras —especialmente fotografías, vídeos y vídeo-instalaciones— de artistas europeos, asiáticos, norteamericanos y latinoamericanos de las últimas generaciones. El cosmopolitismo de la Colección Jumex no es insólito. Es bueno recordar que al lado de su fuerte nacionalismo hay en la cultura mexicana una importante tradición de apertura cosmopolita. Piénsese por ejemplo en el afrancesamiento del siglo XIX, pero, sobre todo, de la época del porfiriato, en la posición revolucionaria de los estridentistas de los años veinte con Maples Arce a la cabeza, en la búsqueda de una convivencia internacional en el plano de las ideas de Alfonso Reyes y en la sorprendente erudición universal de escritores como Carlos Fuentes y Octavio Paz, quien, como se sabe, fue uno de los estudiosos más profundos de la obra de Marcel Duchamp. Con el trasfondo de la idea permanente del paraíso perdido, Edén era una exposición sobre las nociones actuales de naturaleza, espacio y tiempo. Sobre el deterioro del mundo físico y el deseo optimista de sobrevivir. Sobre la confraternidad y aproximaciones particulares del entorno. Sobre un ver inédito gracias a los recursos de la tecnología de nuestros días. Sobre la ambición incontrolada y depredadora y el problema de las drogas. Sobre el amor físico en medio del desierto y el amor amor en medio de la campiña de Francia.

Aunque la exhibición no llegó completa a Bogotá (no cupo en los espacios del nuevo museo), sí trajo algunas de las obras más importantes. Eran especialmente sobresalientes: la documentación de la acción denominada Cuando la fe mueve montañas del belga-mexicano Francis Alÿs. Un trabajo de gran prestigio internacional y que es un ejemplo extraordinario de labor gratuita, de empeño sobrehumano y de solidaridad. ¡Cómo sería de bueno que algún artista colombiano convocara a quinientos ciudadanos a mover las dunas inútiles, peligrosas o amenazantes que nos rodean! La gran vídeo-instalación Mar de diamante del norteamericano Doug Aitken. Escenario dramático de realidades contradictorias: la naturaleza aparentemente perenne y el hombre y su tecnología devastadora. Y el vídeo Softcore – más solo de guitarra para escena de sexo, Zabriskie Point del canadiense Rodney Graham. Obra de bellas imágenes en las que numerosos cuerpos de jóvenes en juegos eróticos se olvidan del desierto que los rodea.

También llamaban profundamente la atención la proyección Rayo verde de la británica Tacita Dean, con la toma obsesiva y expectante de la línea del horizonte marino en las cercanías de Madagascar; las impresiones fotográficas del Estrecho de Bass y la Bahía de Sagami del japonés Hiroshi Sugimoto, tan misteriosas e infinitas como sus mismos objetos: el mar y la noche; los fotograbados Sin título (arena) del cubano-estadounidense Félix González-Torres, efímeros y evanescentes como el paso del tiempo al cual remiten; la tinta mural Ochodeagostodedosmildos del suizo Ugo Rondinone, que nos hace sentir el penetrar en un lugar boscoso o en las incisiones de un grabado de Rembrandt; la talla en madera Primavera en madera de la japonesa Yoshihiro Suda, una florecita artesanal perdida en la vastedad de las salas y en abierta contradicción con la atmósfera imperante de gran tecnología, etc. Una muestra sin duda fuera de serie que, con una sola excepción, no ha sido mencionada y menos analizada por los diarios capitalinos.
GERMÁN RUBIANO CABALLERO
Historiador y crítico de arte.

