
Ahora Miguel Meza regresa a la pintura con una propuesta que mantiene vínculos directos con su trabajo anterior, pero presenta renovaciones formales y simbólicas profundas. La paleta usada por el artista sigue restringiéndose a tonos sepias y algunos toques en colores primarios, con fuertes empastes en los que el óleo, aplicado en gruesas capas y breves pinceladas, dota a la obra de una textura espesa y envolvente en las que los fondos ya no son completamente planos, ni los personajes escasos. El nuevo elemento en su trabajo es el árbol, el cual actúa como eje compositivo y a partir de cuya presencia se nombra la exposición. Es a través del árbol que se construye un nuevo espacio pictórico en el que el tronco insinúa la idea de verticalidad, marcando un arriba y un abajo contrapuestos a la fuerte horizontal del follaje que divide la obra de extremo a extremo organizándola en registros horizontales. Meza explora también en esta serie la representación de grandes grupos de personajes, casi caricaturescos, reunidos bajo el árbol o sostenidos sobre sus hojas.
Amigos, fantasmas, recuerdos convocados y transfigurados con ternura o humor se reúnen en un paisaje de irrealidad, marcado fuertemente por lo matérico de la construcción formal y plástica. Según el propio artista nos explica en un texto incluido en el catálogo de la muestra, “El oficio de ver es tan elemental que muchas veces pasamos por alto lo más sencillo, lo básico, lo que da magia a las cosas”, e intenta en su trabajo conectar con esas visiones a veces desechadas por ser aparentemente insignificantes. Tanto la imagen del árbol como los seres humanos fantásticos que habitan en las pinturas de Miguel Meza nos hablan de un universo simbólico asociado a la memoria individual y a la imagen de la vida como identidad ilimitada que cobija dentro de sí todos los sueños y delirios humanos. Esta sensación se extiende por toda la sala donde las obras están expuestas y abarca no sólo lo visual, sino también lo táctil; por la riqueza de texturas, y lo olfativo, al llenar el aire con los aromas del óleo que construye esos empastes, La casa del árbol reúne la producción reciente de Miguel Meza, pero es además la evocación física del universo mágico que pretende representar.
SUSANA QUINTERO BOROWIAK
