Esa dinámica constante es reflejo del mecanismo intelectual de la artista, que resuelve sus obras en un instante después de tener dispersas por largo tiempo las piezas del rompecabezas. Azout recoge objetos, texturas, caligrafías e imágenes sin aparente relación, para luego engranarlos en un “sistema” específico que no es preconcebido pero que evidencia una coherencia intuitiva e inteligente.
La entrada a una de las salas de exposición de la galería está dominada por una serie de redes de acoplamiento (La llave mística), descriptibles como entramados de metal con extremos triangulares que apuntan hacia el fondo del recinto. Estos objetos representan fuerzas que salen de la tierra y dirigen la visualidad hacia un punto concreto como si se tratara de flechas en un mapa. Éstas además encajan entre sí reiterando la lógica en ideas que se concatenan, y de objetos partes de un todo.
La direccionalidad de estas piezas conduce a la obra Memoria colectiva, ubicada al fondo de la sala. Ésta fue presentada meses atrás en el club El Nogal de Bogotá, como parte de la muestra colectiva Desde la tridimensionalidad, que contó además con trabajos de John Castles, Hugo Zapata y Ronny Vayda. El club, que fue víctima de uno de los ataques terroristas a la población civil colombiana, vivió un proceso de reconstrucción que concluyó recientemente y que se quiso resaltar con esta exposición, cargada de simbologías que evocan la tragedia, la destrucción, el caos y la reflexión que viene después.
Una gran pieza central de metal oxidado se erige como “guardián” del montaje. Una base angular —semejante a la forma de las redes antes mencionadas— sostiene un tronco metálico vertical en cuya parte superior está un círculo conformado por dos facetas. Ambas están unidas por sus concavidades. Soldaduras que las atraviesan se ven como otro entramado triangular, cuidadoso y calculado que estructura el interior de la pieza. Alrededor de ésta, y sobre el piso, hay cinco cuencas redondas y pandeadas, también de metal, que contienen materiales diversos: carbón, fibra, cal, tierra, agua.

En El Nogal, la obra cobraba un significado particular en cuanto el carbón simbolizaba el fuego que ardió y lo que quedó tras él; la fibra natural y despeinada remitía a la materia prima de la soga, en este caso como símil de la cuerda humana que hicieron los socorristas en la escena en llamas para rescatar los cuerpos. Es preciso mencionar la aproximación tangible de Azout con lo textil, que justifica subjetivamente esos entramados, tejidos y fibras. En palabras de Piedad Casas —coach artístico de Azout—, “ese movimiento que hacen los hilanderos de la cabuya (soga), como balanceándose para ordenar la urdimbre, es similar al de las personas que afanosamente tiraban sus brazos hacia los cuerpos para sacarlos de entre los escombros en El Nogal”. De esa evocación podrían surgir numerosas alusiones plásticas, pero la de Azout es concreta y no quiere redundar en lo personal.
La cal pulverizada de otro de los cuencos simboliza con su blancura la antítesis del carbón, y así, conduce a pensar en un material que construye y que sella “a cal y canto”, como si purificara y borrara la destrucción anterior.
La tierra del siguiente cuenco es roja y apenas está allí puesta como un puñado de suelo. Simboliza la sangre derramada y que vuelve a la tierra para hacer parte de un mundo que sigue vivo.
Finalmente, el agua actúa como el submundo que desconocemos, sea el del océano natural, o el de un ámbito metafísico. No es agua dulce e incolora, pues debía contener a su vez los minerales de la tierra como están en el agua de mar, sensación que la artista logró con un pigmento azul para alimentos.
Memoria colectiva estaba pensada para el altar de la patria en la ciudad de Santa Marta, pero cuando Azout se enteró de la exposición en El Nogal, quiso hacer parte de ese ofrecimiento aportando algo importante y haciendose así partícipe de la reconstrucción conceptual de Colombia. Todos los recipientes de este trabajo están “servidos” a la manera de ofrendas que sacralizan la sala de exposición. Lo interesante aquí es cómo se amolda la obra al lugar donde se expone, y se adapta fácilmente sin quedar estática. No se circunscribe a un solo contexto y por ello se reinventa constantemente. Las ofrendas pueden entenderse como comentarios atemporales.
Hay una evolución notoria de trabajos anteriores, en comparación con los presentados en esta exposición. De las láminas semejantes a papel y no del todo libradas de la bidimensionalidad, pasamos a esculturas con trasfondos estructurales, con inclusiones de perspectivas visuales, controladas por el espacio y a la vez determinantes del mismo. Lo rígido y pesado se vuelve móvil y fluye controladamente.
También es destacable el dominio del material y la impecabilidad de la factura. El metal como materia volátil pierde rigidez con las evidencias de la acción humana e imperfecta en sus superficies martilladas. Cada obra está dominada por la voluntad de la artista. Al contrario de las experiencias de otros escultores del metal, Azout no se limita al diseño y conceptualización de la pieza, pues se empapa del proceso entero y se inmiscuye con propiedad en el fundido, la soldadura, el corte y el ensamblaje. Su vínculo con el material se ha estrechado hasta el punto de no requerir planos ni cálculos matemáticos. Empíricamente logra ejes bien establecidos aunque intencionalmente imperfectos y soluciones in situ.
Otras esculturas que llaman la atención en la muestra de Diners son piezas múltiples como soles en explosión. En ellas Azout ha empezado una exploración variando los tamaños y manipulando simultáneamente los proyectos para espacio público o para recintos reducidos, en esculturas con formatos medianos y pequeños.
Pasa de lo macro a lo micro, descubriendo en las maquetas obras por sí solas. En el detalle de las más pequeñas hay formaciones similares a las del interior del guardián en Memoria colectiva, pero en éstas el mundo interior se empieza a hacer más complejo. Con perforaciones amplias en el centro, es posible contemplar panoramicamente, como quien mira a través de un calidoscopio percibiendo ejes, nudos de tensión, fuerzas invertidas, etc. Las bases trapezoides dan basamento sólido a las piezas, no sólo como solución técnica, sino como énfasis conceptual. Representan el mundo y el universo que lo sostiene.
Aunque todas son diferentes, siguen ligadas entre sí. Parecen tótems, grandes estrellas de David, objetos tribales de adoración al Sol, e incluso se las ha relacionado con custodias católicas. Hablamos de cierto sincretismo religioso; no obstante, la obra de Azout no refiere a lo sagrado como una interpretación estigmatizada de lo divino, sino como una expansión de la conciencia. Trata sutilmente el tema de las fuerzas de la creación en uno de sus infinitos procesos.
MARÍA JOSÉ RAMÍREZ
