Dichas instalaciones están conformadas por niños pequeños elaborados con terracota, de una excelente factura, detallados con todo realismo: el cabello, los pliegues de la piel, la ropita, el calzado, pero se destaca, sobre todo, la fuerza de su mirada.
La mirada de todos los niños que conforman los conjuntos escultóricos es sumamente fuerte; a pesar de que el ojo es representado solamente por un hueco en la pieza de terracota, la artista logra una intensidad realmente inquietante, ya que son miradas retadoras que contrastan con la idea inicial de inocencia, al apreciar que se trata de niños.
En ningún momento la obra resulta ingenua o cándida; la terracota sugiere fragilidad, pero la disposición de los niños, su interacción y los elementos adicionales, como paraguas de plástico o relojes antiguos, reafirman la idea de provocación, como si los niños pretendieran jugar con dichos elementos. Sin embargo, no podemos hablar de una intención lúdica por parte de la artista.
Como primera pieza de la exposición se encuentra la obra Camina, en donde aparece una niña con botas, un calzoncito con holanes y una especie de báculo; la expresión del rostro es demandante. La obra se complementa con un dibujo pintado a manera de estudio o boceto para tal pieza.

Frente a dicha obra aparece otra escultura aún más desconcertante: se trata de un niño mirándose al espejo, con la cabeza un tanto inclinada lo vemos por detrás, apreciando la espalda, pero vemos claramente su semblante reflejado en un espejo. Es la misma mirada demandante, aunque en este caso aparece una expresión un tanto melancólica, que se acentúa por el hecho de que el niño se encuentra dispuesto en un rincón, como reprendido, como si hubiesen querido aislarlo y él, a través del espejo, observara a sus propios espectadores.
Frente a él, se encuentra una instalación compuesta de tres niños con igual número de paraguas transparentes, mirando el mundo que les rodea a través de ellos, y con una expresión de cierta extrañeza y temor.
En la sala contigua se encuentra otra instalación con varios niños, todos mirando hacia el espectador; cuando uno entra se siente seguido por las pequeñas miradas, son los mismos niños hechos con sumo detalle, cada uno con sus propias características, ahora con una mirada examinadora, cambiando un poco el papel del espectador, pasando de observador a observado.
En la última sala, se ubica la instalación Camino, en la que se hallan dos niños recargados en una mesa de acrílico; en dicha mesa hay una fila de relojes antiguos dispuesta a modo de camino. Los niños en esta instalación poseen ropa, zapatos y tienen una personalidad más amplia que los otros niños, que sólo están hechos de terracota. La niña incluso aparece con un moño rojo, y también parecieran preguntar la opinión del espectador con respecto al camino de relojes, como si fuesen ellos quienes nos lo mostraran.
Como última pieza de la muestra, A partes iguales es un dibujo de la infanta Margarita, de Velázquez, resignificado por la artista, quien parte simétricamente con una línea vertical a la niña para dejar un lado con la magnificencia del traje con que la conocemos, con todo el porte de la realeza española. Del otro lado, aparece el otro extremo de la infanta, despojada de sus ropajes, apareciendo tal cual, tan humana como es posible, sin pretensiones de galas, siendo simplemente una niña. Ambos extremos resultan sumamente contrastantes, retomando un poco la idea de su escultura, niños que no tratan de esconder nada, que se nos entregan de un modo total, con la seguridad y la honestidad característicos de la infancia.
La obra de Lisbet Fernández resulta enigmática; el material que utiliza ya es un sello característico de ella, no sólo respecto al simbolismo que implica el uso del barro, sino respecto a la expresividad; el color del mismo, como piel, como piel mestiza, en cierta forma representa una contradicción, puesto que el resultado de una pieza de terracota suele ser rígido; no obstante lo frágil, sin embargo, todos sus niños tienen una fuerza orgánica, una vitalidad atrapada, una intensidad que emana a través de la mirada.
