Exposición Individualoct 2004 - dic 2004· Por Mónica Kupfer

Lezlie Milson

Galería Mateo Sariel


Exposición Individual: Lezlie Milson — imagen 1
Lezlie Milson. Para Ona, 2004. Bronce, madera, cera. 20,3 x 20,3 x 20,3 cm. (8 x 8 x 8 pulgadas).

El gran número de piezas y la carga simbólica de la muestra es sobrecogedora. Obras como Tapiz negro y rojo y Tapiz negro grande, compuestas de múltiples piezas verticales, parecen seguir el hilo de su trayectoria aunque aparecen ahora totalmente desprovistas de los colores intensos que tenían un rol importante en sus trabajos anteriores. Según la artista, quien ha vivido en Estados Unidos, Israel y Panamá, su obra reciente refleja lo que ella considera una etapa negra en la historia de la humanidad, con los atentados terroristas, las guerras en el Medio Oriente y el odio entre grupos étnicos. No sólo se han ensombrecido los colores, sino que los ensamblajes están montados sobre la pared, de tal manera que ya no se mueven ni se dejan penetrar, sino que hay que “leerlos” de un lado al otro. En gran parte de los conjuntos, una barra de hierro que se apoya en la pared sostiene las piezas: palos verticales y tablones tallados como rectángulos, entre otros. Aunque comparten un eje horizontal único que no se ve y que obliga una posición estática, las piezas se insertan visualmente en el espacio, en mayor o menor medida, por encima o por debajo de esa línea central que los sostiene. Los palos muestran los bultos naturales donde alguna vez brotó una rama, mientras que las piezas más bidimensionales parecen creadas con tablas de corte industrial que la artista luego interviene.

De este grupo de obras impacta el Tapiz con corazón, en la que se intuye un balance exquisito entre las formas, que se complementan adicionalmente con trozos de madera de acabado ondulante, superpuestas a las formas básicas, enriqueciendo un todo vivo que la artista corona con un corazón de metal golpeado. También impresiona Sueños de cabello negro, que hace eco de los tapices, pero en este caso, los leños cuelgan de finos alambres que nacen de argollas de metal insertadas en la pared. Hay cierto lirismo y movimiento visual en la manera en que las piezas talladas —en algunos casos con bordes ondulantes— juegan con otras de lados irregulares.

Además de los conjuntos, una serie de obras constituidas por piezas verticales únicas contribuyen a esclarecer el mensaje de esta exposición. Mujer No. 2 es una pieza de madera cuya extremo superior está partido en dos y cuyo perímetro está completamente recubierto de clavos angulares que le dan a la escultura un carácter parecido al de un gusano negro y venenoso cuyo roce causaría ardor. Mujer No. 5261230 tiene un trozo de madera por cabeza, tres pares de ojos, lágrimas, un número grabado sobre una banda de metal, un pubis de clavos protuberantes y un hoyo en la madera. El número, particularmente en el contexto de la fe judía de Milson, carga una fuerza simbólica especialmente perturbadora. En otras piezas, tituladas Cuerpos, Milson incorpora un espejo o una correa con cadena en el espacio de la cabeza, y en el borde inferior de las formas fálicas, unos mínimos pies de plomo que cuelgan de la madera, como en el aire.

Las metáforas se multiplican y el lenguaje se simplifica en extremo en obras como Fetiche de vagina No. 1, en la que una delgada tabla vertical de bordes rectos contiene un recorte angosto, como un espacio vacío en la madera que deja entrever la pared al fondo. Vista de lado, la figura es toda curvas y feminidad, y de su extremo inferior cuelgan dos lágrimas de plomo que en su unión parecen labios genitales. El significado de Mellizas, constituida por dos cepillos de hebra gruesa pintados de negro, debajo de los cuales cuelgan dos pares de labios de plomo, es aún más explícito.

Los pequeños símbolos metálicos que la artista incorpora a algunas obras nuevas surgen de su interés por las figuritas de plomo llamadas “milagros”, que se venden en Panamá, especialmente en Portobelo, donde los fieles del Cristo Negro los adquieren para mostrar gratitud por favores recibidos. Aunque las lágrimas las crea Milson golpeando pedazos de plomo, las miniaturas de ojos, senos, pies y piernas son objetos encontrados que ella incorpora con gran misterio y mucha gracia en obras como Milagros, que es una pieza de madera tallada, angosta y horizontal, perforada de pequeños hoyos a través de los cuales se vislumbran al fondo los milagritos colgados. En Huérfana cuelga de delgados alambres clavados en una barra de madera horizontal una serie de lágrimas y un sólo pequeño bote pescador vaciado en hierro, que recuerda la dura vida de los habitantes en la costa atlántica de Panamá, pero también la sensación de soledad que reflejan tantas de las obras de esta exposición.

Esta muestra revela un paso en una nueva dirección para Milson. Ahora, más allá de encontrar objetos, los utiliza para crear piezas vaciadas en bronce, hierro o aluminio que luego incorpora a sus composiciones. Un ejemplo lo constituyen los barquitos de pescadores en hierro, aunque éstos, por su escala, aún mantienen una relación con los “milagros”. Ya en mayor tamaño, la artista recrea en hierro la cara de una muñeca de acabado rústico, cara que aparece encadenada en Niñez; en representación de un parto, en Caja de nacimiento; o en perturbadora repetición, en la obra titulada Cara familiar. De ahí pasó Milson, quien dice nunca haber jugado con muñecas de niña, hacia la reproducción en metal de una muñeca de cuerpo entero, a la que presenta en varias obras, siempre despedazada.

Para Ona, obra en bronce dedicada a una amiga psicoanalista —quien, según la artista “reconstruye a las personas”—, muestra el cuerpo con piernas de una muñeca, y a un lado, sus brazos y su cabeza. Esta cabeza, desproporcionadamente grande para el cuerpo, parece reflejar la idea de un cerebro recargado de pensamientos y preocupaciones. En Caja de nacimiento No. 2, el cuerpo de muñeca cuelga de una caja negra en la que se supone aún se encuentra su cabeza. También hay muñecas en las piezas de aluminio Caja de milagros nuevos y Para que otros no lloren. En la primera, cuatro cuerpos cuelgan separados de sus cabezas como en una ventana de pesadillas, y en la otra, las cabezas aparecen como bolas sobre las que se balancean tres figuras acéfalas y juguetonas. En Muñeca, la cabeza corona un cuerpo, pero ésta aparece rodeada de un halo de puntas de clavos, haciendo referencia a la santidad y el sacrificio femenino. Los brazos, recostados sobre el pedestal, están conectados al cuerpo por pequeñas cadenas que nos permiten “jugar” con esta figura. Por último, Milson presentó en esta muestra Mi cabeza es su cabeza, con un título que parafrasea el dicho “Mi casa es su casa”, dos cabezas de aluminio, pulidas y brillantes, que invitan a ser manipuladas en un juego sensual e irónico.

En sus Nocturnos, Lezlie Milson se aleja valientemente de los tonos decorativos de sus obras anteriores para presentarnos un mundo fuerte y dramático que refleja tanto las convicciones de la artista como el efecto del mundo exterior sobre su psique. Se trata de obras que confrontan desafíos técnicos y que se caracterizan por una intensa presencia física. Sus Nocturnos dejan toda complacencia a un lado para expresar de una manera nada sutil temas de género y humanidad con los que los observadores pueden sentirse identificados o retados desde la primera impresión ocular hasta el más íntimo pensamiento. 

Lezlie Milson, por Mónica Kupfer | artnexus