Labores domésticas. Versiones para otra historia de la visualidad en Cuba

Julio Carrillo. Piscina con dos figuras, 2002. Video de 6 mins.

Colectivaoct 2004 - dic 2004· Por Erena Hernández

Labores domésticas. Versiones para otra historia de la visualidad en Cuba

Género, raza y grupos sociales

Ciertas cosas, de no ser por lo intrínsecamente patéticas, resultarían casi “chistosas”. En Cuba, de todo lo que resulta malo, se dice que “es de madre”, o “está de madre”. Sin embargo, el segundo domingo de mayo se les rinde tributo a las madres con gran alharaca, por cierto. Puede que hijos que nunca se interesan en ella, ese día la colmen de regalos. Es una especie de competencia inconsciente, dentro de una norma social establecida, con la que, al igual que en algunos otros países, hay que cumplir.

 El 8 de marzo, Día Internacional de la mujer, también es otra celebración por el estilo, y puede que, quienes traten de arrebatarte un asiento en el agobiante transporte público —por citar sólo un ejemplo—, seguro no dejan de entregar sus ramos de flores pertinentes a la fecha.

 El resto del año el falocentrismo es francamente extrovertido, incluso agresivo, y llega hasta versiones grotescas. Son variadas las anécdotas. Pero lo más gracioso es cómo también el pene resulta la medida de cosas —buenas y malas—, convirtiéndose en una construcción de género que se valida en el lenguaje. El genital masculino se denomina por acá con una palabra con la cual las personas concluyen sus juicios en forma cómica y elocuentemente expresiva: “¡De pinga!”.

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María Capdevilla. Primera comunión, 1930. Óleo sobre lienzo. 53 x 55,3 cm. (20 3/4 x 21 3/4 pulgadas).

 Otra ilustración de la vida cotidiana, es que comúnmente decimos: “Vino preguntando por ti un negrito, alto él, delgado…”. Si se trata de un “blanco”, solemos especificar: “Aquí estuvo Juan Pérez, el electricista, que quería verte para…”.

 Esta larga introducción para referirme a una muestra de arte trata de hacer entendible que las concepciones de género, raza o grupos sociales devienen prejuicios que no se pueden borrar por decretos leyes, están enraizados en la conciencia social como una mala hierba, a pesar de que la Constitución de la República establezca la igualdad para todos (la esfera económica es harina de otro costal y no viene aquí al caso ahora), focalizar en ellas desde la cultura visual nos abre múltiples caminos de reflexión.

Ese terreno lamentablemente (por momentos) fértil de la subjetividad humana ha sido una de las apoyaturas de la curaduría en la exposición Labores domésticas. Versiones para otra historia de la visualidad en Cuba. Género, raza y grupos sociales, realizada por Dannys Montes de Oca con la asistencia curatorial de Dayamick Cisneros. Con ese título se presentó inicialmente en Pinar del Río, y tomó el nombre de la serie Labores domésticas, del conocido fotógrafo cubano Manuel Piña. También así se denominó el excelente catálogo compilado por ambas. Todo financiado por el Instituto Humanista para la Cooperación con los Países en Desarrollo —HIVOS—, de Holanda, bajo los auspicios de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Recientemente se mostró en La Habana, en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, como Labores domésticas ll. Aunque en verdad el aspecto más general de la curaduría pretendía ofrecer un mosaico variado de las tipologías de representación de estas tres categorías, por encima de cualquier mirada paternalista, lastimera e incluso de intenciones reivindicativas.

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Conrado W. Massaguer. Portada de Social, Julio, 1932. Colección José Veigas, La Habana.

Al margen de cualquier cuestionamiento negativo, que podría venir por la vía de la museografía, no del todo eficaz, o quizá por la escogencia de obras, lo más importante de esta exposición es, primero, que se haya hecho; en segundo término, que la acompañe un catálogo ya imprescindible, editado por la UNEAC, donde se antologan textos que develan fragmentos desconocidos u olvidados de la historia cubana relacionados con los esfuerzos de las mujeres, desde el siglo XlX, por ocupar un lugar en el ámbito cultural y en la sociedad en general. Artículos además bien traídos a colación, son, entre otros: “Erotismo de salón (el extravío del deseo, el goce y la lástima), alusivo al homoerotismo”, de Andrés Isaac Santana; de la exposición curada por Ariel Ribeaux, en 1999, en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, Queloides, que abordó el tratamiento del negro en el arte cubano, su texto de presentación; “El otro que somos nosotros”, de Sara Vega e Ivo Sarría, donde se analiza la representación en el cine cubano de la mujer, el tema negro y el homosexualismo (un área de la exposición permitía volver a ver todos esos filmes emblemáticos al estilo de Fresa y chocolate, Lucía, Retrato de Teresa, etc.).

Cuando señalaba como virtud la existencia misma de la exposición, es porque hoy la desidia se impone, en Cuba y el mundo. A muchas personas les interesa casi nada. La vida es pensada, básicamente, sólo en términos de ganar dinero. Los artistas plásticos y los curadores no son la excepción. Pulula un trasnochado arte abstracto, bien lindón, bien dulzón, bien vendible. Tiene demanda y los artistas se han hecho eco de eso. Que se reflexione, desde el arte existente, sobre la situación de mujeres, negros y homosexuales, ya es algo.

En la página 10 del catálogo se explica: “pretendemos utilizar el arte en relación con algunos de sus referentes, sean éstos artísticos o de otros campos de contaminación culturales, a fin de entender esos procesos de concreción e interacción de identidades y subjetividades. Ésta es también la razón por la cual se incluyen en el proyecto otras evidencias o hallazgos como souvenirs, artesanías, portadas de publicaciones periódicas, ilustraciones, dibujos del mundo de la publicidad y hasta documentales y largometrajes. Y es que todos ellos no sólo son núcleos de diálogo abierto con las artes plásticas, algunas veces motivos de inspiración, material constructivo o referente obligado, sino que en una mirada inclusiva del universo visual cubano como la que hemos pretendido mostrar, vienen a ser fragmentos indispensables de una totalidad”.

Así, por citar algunos ejemplos, en la muestra dialogan La primera comunión, un óleo hecho en 1930 por María Capdevila, donde aparecen personajes negros ataviados para la ocasión, con serigrafías de Elio Rodríguez, trabajadas a la manera de carteles de cine, en 1995, en las que satiriza con la hiperbolización que se hace del negro como macho superdotado sexualmente; o una impresión digital del óleo La cocinera cubana, de 1885, por Adriana Billini, cuyo original pertenece al Museo Nacional de Bellas Artes, con las piezas de artesanía que aún se venden a los turistas, en las que prevalecen los mismos estereotipos folclorizantes del siglo XIX para representar a la raza negra. De igual modo, Pool with two figures y El beso robado, dos videos de Julio Carrillo, aluden al tema homosexual con total desenfado, en las cercanías de los fotocollages con asunto similar de Eduardo Hernández, ambas obras recientes, reveladoras de que si bien estas cuestiones se abordan escasamente, al menos están presentes y recuerdan la problemática que comportan: el rechazo de una gran mayoría ciudadana (el público lo manifestaba frente a los televisores).

La nómina de artistas y medios expresivos era amplia: Belkis Ayón, Tania Bruguera, Sandra Ramos, Lázaro Saavedra, Agustín Bejarano, Arturo Montoto, Eduardo Ponjuán, René Peña, Manuel Piña, Alberto Díaz (Korda)… alrededor de cuarenta entre los más jóvenes, unos representativos de los setenta, otros de los ochenta y más recientes, junto a creadores de siglos pasados, especialmente las décadas del cuarenta y cincuenta del siglo XX. Todos representados por pinturas, dibujos, grabados, fotografías, videos, documentaciones de performances, etc. Se incluyeron retratos de recortes de prensa, fotografías históricas, fotos fijas de documentales y películas, junto a carteles, bolsas o cabas de cartón y abanicos, con las imágenes que el universo de la publicidad y el turismo venden de la mulata cubana.

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Eduardo Hernández. Sin título, 1999. Foto-collage. 70 x 50 cm. (27 1/2 x 19 1/2 pulgadas).

La exposición cumplió su intención, ilustró muy bien las relaciones consanguíneas existentes entre imágenes de diferentes épocas, medios visuales y autores, en la representación de la mujer, las razas y los diferentes grupos sociales. Y cómo, tímidamente, se inserta el tema del homosexualismo, unas veces tratado en forma indirecta, otras presentado sin ambages.

Este ensayo visual dejó claro que: Labores domésticas (…) es una plataforma que entronca el nivel actual de desarrollo de las teorías de género con la perspectiva de los estudios culturales, atendiendo a que estos enfoques redefinen el campo de la estética, la semiótica y la historia del arte.

Se plantea entonces una superación de la mirada esencialista para entender que el género debió corresponder también a una teoría no determinista de lo femenino, y sí a una conciencia de las relaciones históricas de los géneros (masculino y femenino). Se plantea además el análisis de cuestiones como la diversidad femenina, que incluye una teoría de la mujer como grupo social en la que “no somos una mujer sino una mujer blanca o negra, rica o pobre, profesional o doméstica, hegemónica o periférica, heterosexual o lesbiana”. Se determina que si el género constituye una construcción cultural y por ende las teorías de género una metodología para el análisis de las determinaciones históricas que posicionan éste o aquel rango de subalternidad, entonces, género, raza y grupo social constituyen categorías correlativas de análisis en tanto los niveles de subalternidad siempre estarán asociados a tantas categorías como desde las que esta acción pueda ejecutarse. (…) Se requiere una teoría de género, raza y grupos sociales capaz de puntualizar y especificar la complejidad de estas relaciones para el estudio de la visualidad en Cuba. Y, vistos estos fenómenos como construcciones socioculturales, se establece finalmente que ello “no atañe solamente a sus orígenes y formulación sino también a la manera en que se reproducen y son apreciados colectivamente”.

 También es fundamental conocer la tesis curatorial en lo relacionado con lo público VS. privado. En este sentido, se añade: “El universo visual es un universo colectivo del cual el arte es tan sólo uno de sus componentes y expresión de muchas mediaciones. Las historias paralelas, los códigos ocultos modelan cierto grado de ambiente doméstico, privado. Lo doméstico suele presentarse como sustantivación de lo invisible y quizás vergonzoso, no trascendental, es referido también a lo no oficial, por su oposición a lo público y su homologación con lo cotidiano. Correlativo al hogar, a la casa, a las relaciones más íntimas, lo doméstico, sin embargo, abre signos de interrogación y correspondencia entre el individuo y su condición ciudadana. En verdad no hay espacio público sin el doméstico, y viceversa. Lo que buscamos es ese intervalo en el que uno deja de ser aquello para convertirse en lo otro y dónde género, raza y grupo social entren, como categorías de análisis, en la historia de la visualidad cubana”.

Labores domésticas ha sido un aporte en el tortuoso camino hacia la comprensión del estatus real que ocupan estas identidades subalternas, la necesidad de transformar aún más la forma de aprehenderlas y reubicarlas, tanto en la vida real como a la hora de representarlas visualmente.

ERENA HERNÁNDEZ

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