La "opereta pop" de Alberto Gironella

Alberto Gironella. Madonna con vaca, 1993. Collage. 137 x 105 x 7 cm. (54 x 41 3/4 x 2 3/4 pulgadas).

Monografíaoct 2004 - dic 2004· Por Germaine Gómez Haro

La "opereta pop" de Alberto Gironella

El trabajo de Gironella en sus diferentes etapas refleja una constante preocupación por explorar e investigar los más diversos estilos pictóricos. Si bien su obra fue reiterativa de principio a fin, nunca cayó en el pleonasmo; se percibe con claridad la capacidad que tuvo para construir un poderoso código personal de signos y concomitancias que expresan plásticamente sus obsesiones. 

 “La ambigüedad es el tuétano del arte”, escuché decir en repetidas ocasiones a Alberto Gironella (1929-1999), uno de los artistas mexicanos más relevantes de la segunda mitad del siglo XX, quien ha sido homenajeado con una imponente exposición retrospectiva en el Museo del Palacio de Bellas Artes de la ciudad de México, bajo el título de Alberto Gironella. Barón de Beltenebros. La ambigüedad es, precisamente, el hilo conductor que enlaza las 250 piezas que conforman el vasto panorama que se muestra. La ambigüedad como leitmotiv que generó la creación de pinturas, collages, ensamblajes y cajas que encierran, tras su velado hermetismo, una intrincada red de símbolos y emblemas que se repiten obsesivamente a lo largo de cinco décadas. La asombrosa lucidez y férrea obstinación con las que este artista siempre defendió sus ideas e ideales dieron lugar a una obra compleja, de carácter muy personal y difícilmente clasificable, que revela una increíble riqueza formal y conceptual. Si bien Gironella formó parte de la llamada Generación de ruptura, muy pronto optó por seguir un camino solitario, apartado de las modas y convenciones de su época.

Monografía: La "opereta pop" de Alberto Gironella — imagen 1
Alberto Gironella. Autorretrato, 1999. Encáustica sobre madera tallada y bronce. 40 x 60,5 x 18 cm. (15 3/4 x 23 3/4 x 7 pulgadas).

En su luminoso ensayo titulado "Los sueños pintados de Alberto Gironella", Octavio Paz escribió que el trabajo de este artista “… es pintura escrita, del mismo modo que hay palabras pintadas. El arte de Alberto Gironella se sitúa en la intersección entre la palabra y la imagen”. En efecto, su obra estuvo impregnada, desde sus inicios, de referencias literarias y citas de escritores muy diversos, además de las recurrentes paráfrasis plásticas de sus pinturas favoritas; este singular mélange deviene en metáforas y evocaciones poéticas que se entretejen en un arte que tiene como eje esa singular red de analogías. De su pasión por la literatura dan cuenta las innumerables citaciones de sus autores predilectos: Ramón Gómez de la Serna, López Velarde, Pierre Reverdy, Cervantes, Octavio Paz, Ernst Jünger, Malcolm Lowry, Valle-Inclán, Baudelaire, Nietszche, entre otros. Como bien dijo Juan García Ponce, la obra de Gironella es “un conjunto de citas de citas de citas”. Los collages que realizó hacia el final de su vida inspirados en Tirano Banderas, de Valle-Inclán, y Bajo el volcán de, Malcolm Lowry, muestran la genial unión entre la imagen escrita y su evocación visual: “Mientras Valle-Inclán pinta con palabras —comentaba Gironella— yo trato de escribir con pinceles”. Su obra se percibe como una misteriosa alianza de alusiones literarias y pictóricas entreveradas con el sutil filamento de la poesía, el común denominador de todas las artes, según Xavier Villaurrutia.

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Alberto Gironella. Tirano Banderas, 1998. Collage para ilustrar el libro de Galaxia Gutenberg. Círculo de Lectores.

La exposición está articulada en torno a los temas que más apasionaron al pintor y estimularon su genio creativo; su génesis artística está relacionada con las relecturas y deconstrucciones que realizó a partir de los grandes maestros del arte español, como Velázquez, Goya, Pereda, Valdés Leal y el Greco; las mujeres y la tauromaquia, donde la fiesta taurina concilia la dicotomía entre Eros y Tánatos en un abrazo pasional que fusiona la vida y la muerte; el homenaje a sus “almas gemelas”, fantasmas y padres espirituales, con quienes sostuvo una complicidad y una relación intelectual, como Picasso, Buñuel, Nietzsche, Gómez de la Serna, Valle-Inclán; las series de cajas-collage que ilustraron Bajo el volcán y Tirano Banderas; la sala que cierra la exposición está dedicada a su última obsesión, la cantante Madonna, a quien llamó “la belleza convulsiva”, considerándola, más que una figura pop, la última surrealista. Una sección muy especial está dedicada al tema de la muerte. En este espacio se colocó el fotomural de un paredón proveniente del Archivo Casasola, frente al cual se presentan la máscara mortuoria del artista y sus manos fundidas en bronce, así como el epitafio realizado por Pierre Alechinsky en una placa que acompaña la urna de plata donde se conservan sus cenizas. Las pinturas que rodean esta especie de “altar profano” son alusivas a la muerte. Entre ellas, la Danza de la muerte de 1954 y Póstumo de 1999 señalan el principio y el fin de una de sus obsesiones más vehementes, la muerte como parte intrínseca de una vida dedicada al arte y a las pasiones. Aquí se incluyó el video que documenta su última “acción” —o, acaso, se podría llamar performance— que llevó a cabo unos días antes de su fallecimiento: desde su cama en el hospital Ángeles, el pintor decidió recubrir de negro en su totalidad el retrato de una antigua amiga que, al enterarse de su muerte inminente, intentó recuperar esa obra que había quedado inconclusa, provocando la irritación del artista. Gironella se divirtió grabando esta escena que consideró su “último acto de congruencia”, aunque para algunos ha sido interpretada como una muestra de su arrogancia y afán exhibicionista; a mi parecer, más bien ilustra su característico talante chocarrero y el humor negro que permearon toda su vida y su creación.

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Alberto Gironella. Homenaje al Greco, 1977. Óleo sobre tela y collage. 79 x 59 cm. (31 x 21 1/4 pulgadas).

En conjunto, el trabajo de Gironella en sus diferentes etapas refleja una constante preocupación por explorar e investigar los más diversos estilos pictóricos. Si bien su obra fue reiterativa de principio a fin, nunca cayó en el pleonasmo; se percibe con claridad la capacidad que tuvo para construir un poderoso código personal de signos y concomitancias que expresan plásticamente sus obsesiones. Sus pinturas son formidables porque fue un artista cabal en el más amplio sentido del término; un erudito que conoció a fondo la historia del arte universal, ya que incursionó con audacia en los más variados léxicos e investigó y dominó numerosas técnicas y medios. Resulta fascinante ver reunido su repertorio en pinturas que hablan, en distintos lenguajes, acerca de temas relacionados entre sí: meninas y reinas realistas, cubistas, puntillistas, expresionistas, llevadas al límite de la abstracción o a su total destrucción. Su afán desmitificador de la historia yace como telón de fondo: la reina suntuosa se convierte en perro, y la monarquía, en carne podrida, en despojos matéricos. Para Gironella, la descomposición moral de la España borbónica equivale a la miseria de Occidente en la modernidad. “Soy el enterrador de nuestro tiempo”, afirmó Gironella y procedió a aniquilar la tradición después de lacerarla. De sus cenizas brota otro arte, una creación que nace de la metamorfosis y la transgresión. Por eso Gironella no es sólo el enterrador de nuestro tiempo, sino también su renovador. Así, El entierro del conde de Orgaz de El Greco se transfigura en alegorías a la muerte de Zapata, ícono que representa el paradigma de la traición y la vileza surgidos de los círculos del poder.

Monografía: La "opereta pop" de Alberto Gironella — imagen 4
Alberto Gironella. Meninas puntillistas, s / f. Óleo sobre tela. 180 x 160 cm. (70 3/4 x 63 pulgadas).

Conocí a Gironella en 1993 a raíz de una entrevista que le hice para el suplemento cultural La Jornada Semanal, con motivo de la serie de cajas-collage que ilustraron Bajo el volcán. Fue un hombre de carácter intempestivo que ejerció su voluntad y su libertad hasta las últimas consecuencias: su vida y su obra dan cuenta de ello. Un personaje controvertido, pasional, enérgico, obsesivo, rebelde, transgresor… Sobran los adjetivos: fue un hombre que se mantuvo siempre fiel a sus ideas y congruente en su creación hasta el final de sus días. Su desdeño por el mainstream y las modas y su total desinterés por el mercado del arte le valieron un sinfín de enemistades, pero su trabajo habla por sí solo y es ejemplo de genialidad, voluntad y coherencia.

Tuve la oportunidad de seguir de cerca su trabajo a lo largo de sus últimos años y realizamos varias entrevistas. Cinco días antes de su muerte —acaecida el 2 de agosto de 1999— lo visité en la casa de su amigo José Luis Cortés en San Ángel, donde pasó las últimas semanas de su vida. Esa mañana lo encontré radiante, fumando su característico puro “Romeo y Julieta”, y de excelente talante. Por única vez desde que le fue diagnosticado el cáncer que lo consumió en un santiamén, me pidió que sacara la grabadora, pues quería platicar algo que consideraba importante. Virginia, su fiel colaboradora de Valle de Bravo, le estaba preparando la pintura para que firmara su último cuadro: un insólito e inquietante autorretrato que acababa de concluir y cuyo montaje, en un bloque de madera con aplicaciones de bronce, terminó de dirigir el día anterior. Se mostraba complacido con esa obra, primera de una serie que habría de ser, a su decir, “una especie de memoria plástico-críptica”. Transcribo fragmentos de esa última charla que revela el humor negro y el espíritu irónico que conservó hasta el último momento:

“La idea del autorretrato me surgió hace unos meses cuando, al revisar papeles y libros viejos, me encontré una publicación de los retratos funerarios de los sarcófagos griegos y romanos de Fayum. Súbitamente tuve un tremendo interés por realizar un autorretrato a la encáustica, técnica que nunca había experimentado. El resultado es esta imagen que genera una gran ambigüedad. Al ver el cuadro en mi habitación, un amigo de mi hijo Emiliano exclamó:

—Oiga, don Alberto, ¿qué no le da miedo dormir con esta pintura?

—No, —le contesté— ¿por qué?

—Porque es usted, pero… muerto.

Monografía: La "opereta pop" de Alberto Gironella — imagen 5
Alberto Gironella. El entierro de Zapata y otros enterramientos, 1972. Óleo sobre tela. 400 x 300 cm. (157 1/2 x 118 pulgadas).

¡Mi retrato como muerto! No había sido mi intención, pero tenía razón. Ahora sé que la muerte se ha instalado en mi aposento. Pero, no creas, estoy contento porque he cerrado el círculo: sólo me falta terminar unos cuadros y ya está: concluyo mi opereta pop a la edad de setenta años muy bien vividos.”

Me señala las pilas de libros que flanquean su cama. Sus “almas gemelas” lo acompañan hasta el final: Gómez de la Serna, Valle-Inclán, Bergamín, Baudelaire, Buñuel, López Velarde… Alcanza el volumen de Automoribundia de Gómez de la Serna y me muestra una lámina donde se lee: “El rincón de la fantasía en porcelana: los guantes enamorados y pianísticos”. Es una fotografía en la que aparecen imágenes disímbolas, sin una aparente conexión entre sí, organizadas en el espacio a manera de una suerte de collage improvisado. Comenta Gironella:

“Esta imagen me impactó cuando la vi en la primera edición del libro en 1948. De ahí viene todo Gironella. La fotografía muestra un rincón romántico de la casa de Ramón, que era, en sí, todo un collage. He leído y releído este libro a lo largo de 50 años y vuelvo siempre a estas imágenes que me marcaron definitivamente. Ahora, ya viejo y a punto de partir, veo con satisfacción que permanezco fiel a todo lo que creí desde joven. Compruebo que no me equivoqué y sigo trabajando hasta el final, aunque me pesan los párpados como las cortinas de lámina de las cantinas de Malcolm Lowry. Si existiese la posibilidad, me gustaría —como el Ave Fénix— renacer de mis cenizas. Aunque, más bien, yo quedaré en mis cuadros, en mis hijos, en la gente que quiero… Lo importante es trabajar, exponer y sacudir al espectador.”

Tengo para mí que Gironella habría quedado satisfecho con esta portentosa exposición que muestra la grandeza de su creación pictórica e intelectual. Forjador de un estilo personal absolutamente propio y original, Gironella es una figura paradigmática cuya trascendencia no ha sido suficientemente valorada. 

Esta exposición, aunada al magnífico libro-catálogo y al volumen de reciente aparición en la colección de Bital, son una muestra de la genialidad del barón de Beltenebros, cuya “opereta pop” forma parte central de un capítulo relevante en la historia del arte mexicano de la segunda mitad del siglo XX.

GERMAINE GÓMEZ HARO

Crítica e historiadora del arte, candidata al Doctorado en Historia del Arte de la UNAM, directora de Promoción y Difusión Cultural de la Casa Lamm.

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