Exposición Individualoct 2004 - dic 2004· Por Israel Castellanos

Julio César Peña

Galería Diago


Con su desparpajo habitual, ellos han recibido lauros de proyección continental o universal: los máximos premios de La Joven Estampa (Casa de las Américas, 1999), la Trienal Internacional de Grabado de Kanagawa (Japón, 2001) y una mención en la Bienal de Grabado Latinoamericano y del Caribe de San Juan (Puerto Rico, 2001), amén de otros reconocimientos de alcance nacional.

Calavereando así, han escenificado una saga de exposiciones, la más reciente de las cuales tuvo lugar en la Galería Diago, entre el 29 de enero y el 19 de marzo de este año, con el título Calavereando VIII. Fiesta en mi casa. Para entonces, un “calavereo”, un jolgorio visual de calaveras ocupó la planta baja del recinto, convertido a su vez en un environnment que reproducía la distribución espacial de una humilde vivienda, con el eclecticismo, la promiscuidad y el hacinamiento generados por el perímetro constreñido, la austeridad de recursos que roza la precariedad, la disímil procedencia y calidad de los objetos domésticos (muebles, enseres culinarios de materiales también diversos), la improvisada, perentoria y elemental división de las “piezas” del hogar... Y todo ello, con una apariencia de decoro, una delimitación espacial que pareciera intentar que “el relajo sea con orden” (de acuerdo con una expresión popular cubana).

Exposición Individual: Julio César Peña — imagen 1
Julio César Peña. La tejedora, 2002. Xilografía. 100 x 72 cm. (39 1/4 x 28 1/4 pulgadas).

Muy vinculada al juego con el espacio está la experimentación formal. No sólo porque Julio César Peña haya recurrido a diferentes procedimientos del grabado, hibridándolos a veces (xilografía, aguafuerte, linoleografía, aguatinta, colografía, mezzotinta, litografía, serigrafía) y desplegando así un amplio repertorio técnico. El experimento con las formas también alcanza a romper la comunión tradicional de muro y grabado, y emplaza a esta superficie plana como pieza exenta. Es sólo fachada, mera frontalidad. Es una solución ingenua pero ingeniosa, coherente con el logrado ambiente de improvisación y precariedad; a tono con esa otra expresión popular cantada en tiempo de son o salsa: “Túmbalo, que es de cartón”.

Pero las implicaciones entre espacio y representación tampoco están ausentes de los numerosos grabados que cubren las paredes y tabiques incorporados al environnment. Ellos grafican escenas que ocurren en lugares heterogéneos, también interiores, y en cuyos muros aparecen representadas obras originales —hasta donde lo permiten las técnicas de reproducción utilizadas— debidas al mismo autor. Es la intertextualidad de la(s) obra(s) dentro de otra(s), pero también el intertexto del espacio inmerso en otro. Es una suerte de enclaustramiento sucesivo. El hecho íntimo se inscribe en el espacio interior, vuelto paradójicamente extrovertido por la exposición misma y las proyecciones de los personajes.

El grabado le permite a Julio César Peña fijar, estampar y “reproducir” fragmentos de la realidad cotidiana vivida por la gente sociable y común. En su obra hay crónica gráfica y costumbrismo, pero no pintoresquismo. Incluso, sólo algunas incursiones del rojo y del ocre, muy puntuales, quiebran el dominio absoluto del blanco y el negro.

Con sus calaveras y calaveradas —que podrían recordar a las catrinas del también grabador José Guadalupe Posada, las cuales conoció algún tiempo después de haber hecho las primeras suyas—, Julio César Peña graba sucesos de la historia cotidiana, de “entre cuatro paredes”, y lo hace de manera tan descarnada como las osamentas que los protagonizan. Y aunque Peña relativiza las nociones de vida y muerte, no parece tanto que los muertos resuciten o gocen en la “otra vida”, ni que los vivos se diviertan conscientes de llevar por dentro a la muerte, a la armazón que será su transfiguración en “el más allá”. Esas calaveras parecen más bien radiografías del ser humano en vida. De manera sarcástica, diseccionan y grafican sus actitudes y las muestran a partir de lo más apuntalador que tienen: la arquitectura interior. Se difuminan un tanto así los lindes entre interior y exterior, esencia y fenómeno, apariencia y realidad.

ISRAEL CASTELLANOS LEÓN

Julio César Peña, por Israel Castellanos | artnexus