La sensualidad o el enigma de la naturaleza —constantes en el arte contemporáneo de Brasil—, se observa en Bechara de una manera contundente. Especialmente con los trabajos más recientes, donde abruma al espectador con las ubres de las vacas estiradas sobre el bastidor, en sustitución del lienzo.
Las ubres por sí mismas son poderosamente expresivas y no dejan de bombardear los sentidos con sus asociaciones eróticas. En estos trabajos, lo que se está planteando es la ubre de la vaca como parte central del objeto artístico. Una ubre en sí, es más que una ubre; como una teta, es más que una teta; "No hay nada que llena el vacío de una mano, como una teta" decía Baudrillard. Es muy probable que también unas ubres llenen el vacío de un cuadro.
Las pinturas de Bechara siempre desbordan lo material, sustituyendo lo representativo por el objeto real o su materia. Allí está implícito una exigencia técnica que lo lleva directamente a construir tanto el objeto, como la superficie misma de la pintura con gran rigor.
Estas ubres pasan a ser superficies para ser tocadas visualmente, aquí su color, forma y textura pasa fervientemente a ser el "mensaje". Saber que la piel no es sintética, se convierte en una amplia y feliz experiencia, lo sintético no generaría tantas asociaciones; sino su enlutada frustración.

No sería nada difícil ver estas ubres blancas y rosadas de "color carne" como unas nuevas versiones del "blanco sobre blanco" de Malevich, si uno se ubicara desde la perspectiva de las fastuosas inspiraciones brasileñas.
Lógicamente, es posible ver así estas superficies de pieles bovinas, de color familiar, actuando como un cuadro elocuentemente monocromo. La elocuencia, (que persuade y conmueve) es una cualidad simpática opuesta a los planteamientos del monocromo racional.
Súbitamente, arriba, abajo o en los lados de los cuadros, aparecen sobrias y elegantes bandas horizontales de colores rojo, o negro, pintadas con óleo sobre la tela, que acompañan el gran mosaico bovino.
La conexión entre las pieles y los planos geométricos es enérgica y contrastante; más bien pasa a ser una desconexión estéril, quizás producto de esta época, "enamorada de la idea universal y sin fisonomía".
Este enfrentamiento entre posiciones distintas parece que servirá para extraer de su confrontación otra conclusión; una que la supere y que progresivamente, se acerque más a una verdad.
Bechara es conocido como uno de los artistas que, junto a Senise, Neto, Resende, o Caldas, le han dado una continuidad y un giro muy extraño (venenoso, laberíntico, avasallante) a los problemas del neoconstructivismo en Brasil.
Se podría agregar, que Bechara busca establecer una dialéctica entre lo natural y lo racional, apoyándose en la sensualidad y el desconcertante humor negro de la originalidad.
Beuys ordenaba al público y a sus alumnos que había que desaparecer la línea de separación entre el arte y la vida. Desde entonces esa línea ha estado en proceso de extinción.
¿Es éste el camino que escogió Bechara, cuando decide trabajar tanto con óxidos, como con las pieles de la vaca?
En la serie titulada Mercurio, se rompe y se crea otra relación; una tenida de alquimia que se encomienda a las leyes de una tradición geométrica, escrupulosa y decrépita. Estos trabajos realizados sobre lonas enceradas con óxidos encuentran una coloración que no existen en los pigmentos industriales. Es una paleta de ocres olvidados producida solamente por la amargura y sabiduría del tiempo.
El óxido penetra en el tejido textil y deja su mancha espontánea. Progresivamente las líneas de óxido construyen su paisaje desolado y marchito sobre una lona gemida y macilenta.
Este avasallante flujo de líneas cromáticas y deterioradas con los óxidos, producen un eco progresivo de intervalos antiguos y expiatorios.
Bechara, con voz afirmativa, exclama el poder que ocultan las líneas verticales y horizontales. Esto lo incluye de una nueva manera dentro de la tradición neoconstructiva que impera en Brasil desde los años cincuenta. Al mismo tiempo que se ubica en esta avalancha de gestos y proposiciones monumentales con la cual se caracteriza esta época.
Uno podría preguntarse, qué pasaría en la obra de Bechara, si en vez de crear un antagonismo silencioso entre las ubres y las líneas, existiera más bien una inseparable e impredecible relación entre esos dos o más elementos; o quizás entre un caos y otro caos mayor?
Tal como existe intransitablemente en la naturaleza.
EUGENIO ESPINOZA
