La primera y más grande serie muestra dibujos en lápiz con algunas intervenciones en acuarela, óleo, tinta o lápiz en color. Las imágenes son de niños lastimados, heridos, mutilados, con moretones, con los ojos vendados, algunos con máscaras de conejos, con antifaces o disfraces, en ropa interior, jugando o simplemente observando el horizonte. El eminente dolor que podrían estar sintiendo los niños pasa desapercibido desde el momento en que sus caras no muestran lágrimas o gestos de estar compungidos por cualquier situación inesperada. Por el contrario, los niños poseen una cara y mirada tiernas, infantiles, inconexas de sus heridas, ajenas a los horrores que les pudieron haber causado las lesiones. Los niños, desnudos, en calzones o en pañal, danzan felices o comparten el espacio con un animal —repetidas veces por un venado— o con algún elemento del paisaje, sin percatarse de que junto a ellos un par de adolescentes siameses vestidos con zapatos de payaso hacen una seña obscena. Tampoco comprenden por qué un adulto se encuentra de espaldas abrazando a un bebé, al mismo tiempo que por el dorso la figura adulta es abrazada por una tenebrosa calaca.

La siguiente serie muestra impresiones cromógenas de niños/muñecos, situados en paisajes idílicos de ficción, casi caricaturescos, con caras de preocupación, bajo hermosos cielos azules, flores de colores y nubes rosadas. Todos los niños llevan un rosario con crucifijo en la mano o colgado del cuello y a sus pies yace un cráneo. En otro apartado, fotografías digitales en formato horizontal presentan plantas y animales en un paisaje pleno de luz, flores, mariposas revoloteando, y aparentemente escondidos se hallan dos sujetos con rifles en una foto y con bates de béisbol en otra, en una riña, sin dar indicio de su causante.
Los videos se exhiben en dos monitores que se posan sobre el suelo sin pedestal o soporte. Nuevamente un bello paisaje de fantasía se retrata con pastos y flores en el primer plano con un cielo rosado al fondo en el que se marcan las distintas luces de una puesta de sol. El video transcurre prácticamente estático por dos minutos, excepto por unos cuántos segundos cuando emerge de un costado del paisaje un personaje vestido de guardián/cazador con un rifle, quien atraviesa vigilante la pantalla de un lado al otro. El otro video es prácticamente igual al anterior, pero quien atraviesa por el lado opuesto del monitor es un (aparentemente) indefenso venado.
Otra serie es de pinturas en óleo y esmalte sobre tela. Cuadros de pequeño y mediano formato representan animales de fábula vestidos como humanos, o niños disfrazados llevando a cabo distintas hazañas en paisajes exteriores. De esta serie destaca un lienzo de gran formato cuya figura principal es un oso, y tras él, un venado que mira hierático hacia el frente, ambos rodeados por colores, esferas, guirnaldas y otros elementos decorativos. De esta misma serie vale la pena considerar dos obras digitales impresas sobre vinilo pintado con esmalte. Un venado emerge entre grecas, líneas, esferas y diversos motivos ornamentales en colores, que recuerdan la frescura iconográfica de los pintores decorativos del movimiento Pattern & Decoration de mediados de la década de 1970, pero con una técnica infográfica y con una temática distintivamente contemporánea. En otra pintura compuesta de esta misma serie, un niño monta un venado, cual mascota domesticada.
La exposición se muestra completa, con una diversidad pictográfica que hace a Francisco Larios un artista maduro capaz de sorprender por su maestría técnica, con formatos y temáticas plenas de solidez, lo que lo sitúa como uno de los mejores de su generación.
LUZ SEPÚLVEDA
