Exposición Individualoct 2004 - dic 2004· Por Marta Rodríguez

Delcy Morelos

Alonso Garcés Galería

Para Delcy Morelos, nacida en Córdoba, una zona colombiana de conflicto, el comportamiento humano, particularmente el que involucra violencia y agresión, ha sido siempre motivo de un interrogante. Esta inquietud la ha llevado a trabajar una pintura de gran formato que en un comienzo se presentaba como una violenta explosión de color rojo y ahora aparece como una materia densa, contenida en los bordes, que alude a los distintos colores de la piel o a la coloración de los órganos internos por los que circulan los flujos vitales. También para ella, lectora de nuevas teorías científicas, la realidad es compleja, es como una trama donde se conjuga no sólo una multitud de elementos y factores, sino una serie de percepciones humanas que en su continuo fluir crean una realidad, además de compleja, siempre cambiante, algo que está en continua formación y transformación.

Exposición Individual: Delcy Morelos — imagen 1
Delcy Morelos. Instalación, 2004. Acrílico sobre madera. 33 piezas c/u.

Después de presentar la instalación Color que soy (Museo de Arte de la Universidad Nacional, 2002, y VIII Bienal de Bogotá, MAMBO 2002- 2003), en la que pintó una infinita gama de matices que recrean los distintos colores de la piel, aludiendo a connotaciones culturales, Delcy Morelos mostró durante los meses de mayo y junio, en Alonso Garcés Galería, una instalación titulada En la trama personal. La muestra estaba compuesta de un conjunto de 12 pinturas de gran formato, sobre papel, que se dispusieron cuidadosamente sobre una de las paredes laterales de la sala. En esta superficie se muestra una trama de líneas verticales y horizontales que crean una especie de retícula ortogonal de tono rosáceo. En la pared del otro lado se dispuso siguiendo una línea horizontal, un conjunto de módulos de madera pintados con acrílico, de un tono rojizo más intenso que el de las pinturas y recubiertos con acrílico transparente que les confiere una cierta opacidad. La pared del frente se deja completamente en blanco, de manera que la disposición sucesiva de la retícula y los módulos laterales crea una sensación de infinito que potencia la dimensión del espacio.

Cuando se miran con cuidado las pinturas, se descubre que en esa estructura las líneas verticales y horizontales se comportan como el soporte de un tejido, como la trama y la urdimbre, líneas que se entrecruzan en el espacio generando un pequeño relieve que es cuidadosamente trabajado a través del uso del color. Las partes sobresalientes se realzan con un tono más claro mientras que las posteriores toman un color rojo oscuro, como la tonalidad de un coágulo. Para Morelos este color alude a un contacto doloroso, a una presión que se ejerce en los órganos internos del cuerpo, en el momento en el que dos seres entran en contacto. En ese instante, se genera una interferencia de dos percepciones; entonces, en esa “trama personal” se produce una especie de hematoma y se da inicio a otra nueva realidad. Estos encuentros que se repiten infinitamente a lo largo de la sala provocan en el espectador un fuerte impacto visual que se traslada a la percepción general del espacio.

Al ingresar en la sala el espectador es afectado por una extraña asociación que se genera entre la distribución ortogonal y exacta de la estructura que soporta la trama y la disposición ordenada de los módulos que se opone a la materia que las cubre, que es una materia pictórica densa, gruesa de tonos rosados, irregulares, orgánicos, cuya textura remite al interior del cuerpo humano, a la coloración y la materia de los fluidos corporales. Delcy Morelos define esta relación como un extraño encuentro, del que fue consciente en su taller, mientras ejecutaba esta obra, entre la pintura de Mondrian y la de Bacon.

Deleuze, en Bacon, lógica de la sensación, cuando alude al diagrama, un término de Bacon con el que designa ese tiempo previo a la concreción de una pintura, pone también en contacto a estos dos artistas tan opuestos entre sí, que se unen a través del ejercicio de la pintura. El diagrama no es exactamente un boceto, es ese trabajo preparatorio en el que se trazan sobre la tela manchas y marcas al azar, obedeciendo al orden de las sensaciones que están relacionadas con unos datos que tiene del pintor en su mente. Ese diagrama, a la vez que implica una catástrofe, un caos, es también el germen de un orden. “Con el diagrama —señala Deleuze— termina el trabajo preparatorio y comienza el acto de pintar”. En el caso de Mondrian, se salta del caos para llegar a un orden espiritual donde las líneas horizontales y verticales se encuentran en perfecto equilibrio; el diagrama caótico es sustituido por “un código visual espiritual” que se percibe ópticamente con claridad. En el caso de Bacon, dice Deleuze: “no dejará de insistir en la necesidad absoluta de impedir que el diagrama prolifere, en la necesidad de mantenerlo en ciertas regiones del cuadro y en ciertos momentos del acto de pintar (...) salvar el contorno, nada más importante para Bacon”.

En la obra reciente de Delcy Morelos se hacen evidentes estos dos modos de concebir la pintura. Su diagrama se inicia en una acumulación de capas de pintura acrílica transparente, muy aguada, que se van sobreponiendo con brochas, sucesivamente sobre el papel; cuando una capa ha sido absorbida por la tela y está completamente seca, se vierte otra capa. A través de un proceso lento, se logra la materia, la tonalidad y la textura deseadas. Por otra parte, los contornos son geométrica y milimétricamente definidos, y son los contenedores de una materia vital, acuosa y fluida. Al instalar su pintura ocupando la totalidad del espacio, afecta al espectador más allá de la mirada; la pintura rodea, envuelve el cuerpo del espectador en esta trama tan personal donde convive la pureza espiritual de Mondrian, un orden del mundo ideal, con esa carne palpitante (la catástrofe) que habita en la obra de Bacon.

MARTA RODRÍGUEZ

Delcy Morelos, por Marta Rodríguez | artnexus