Tiene algo de templo y de teatro ese espacio en el cual el despojamiento de las obras exhibidas, el acierto de la luminotecnia y la adecuación de todos los detalles alientan un recorrido donde la atención no claudica.
La diversidad de estímulos ha sido puesta en sordina utilizando —salvo una que otra nota de color— sólo valores del blanco al negro, grises inolvidables.
La organización en series permite focalizar los distintos acentos significativos que han encontrado en su medio —forma y técnica— una traducción exacta.
Fotografías, extraños murales metálicos, objetos, papeles resignificados, encadenan una lectura posible de la realidad contemporánea. Lectura en cualquier caso poética, jamás nostálgica.
Artista nómade, vinculado a la fotografía, al diseño, a la gráfica, a la escenografía, necesitó otra forma de creación más exasperantemente inquisidora para dar cuenta del acoso de sus preguntas: quién, qué, cuándo, dónde, por qué.
Consciente de la imposibilidad de respuesta, las explícita en series inquietantes donde una rara conjugación de materiales heterogéneos provoca al espectador con estrategia singular.

Nada es lo que parece, parece decirnos, pero tampoco nada es lo que parece en su obra. Su perfección formal, el equilibrio del montaje, la serenidad sugerente del recorrido ocultan una preocupación existencial abismal que nos sobrecoge y nos activa para colocarnos en el plano de comunicación que el artista reclama.
Abismal es el nombre de una de las series expuestas, en la cual fotografías, dorsos de buzones, cuadrantes de reloj, piezas de máquinas de escribir, lo muestran como incansable recolector de objetos, de desechos urbanos, de productos humanos artificiales que se ordenan rigurosamente entre sí para desordenarnos a nosotros. Ese desorden interno nos obliga a buscar en las otras series el hilo que las relaciona, la problemática que las une.
La serie Erratum, también de fotografías, de muelles de Amberes se liga en registros coincidentes con poemas de Olga Orozco que se fragmentan como epígrafes. Grúas, faroles, inscripciones, ganchos, la presencia de la muerte en una cruz con un texto adherido juegan con frases como “Pero jamás consigo estar completo”, o “No logro aparecer de cuerpo entero”, donde —como en un coro a dos voces— las preocupaciones acuciantes del hombre de hoy asumen presencia desoladora.
Los murales rigurosamente compuestos de Perpetual motion, relieves hechos con fotografías, caños de aluminio, clips, cadenas, resortes, tubos de elástico, muestran ampliado el repertorio material que el artista maneja y extrapolan la finalidad inicial de los componentes, ahora resignificados pero que, como las barcas escoradas y solitarias de Amberes, conllevan la reiterada pregunta: ¿qué pasa con lo que ya no funciona?
Un no funcionar que puede provenir tanto del desgaste del paso del tiempo —obsesión permanente del autor— como de la evidencia de una industrialización que no siempre coincide con los requerimientos del hombre.
Una vez más, una lectura penetrante de la obra desbarata la máscara de calma aparente de su presentación. Chupasangre consiste en un biombo transparente, iluminado, con 4.000 jeringas bellamente distribuidas en cuadrángulos, erguido sobre un piso cubierto de sal y rodeado de cables que desaconsejan el acceso. Es una obra imponente que desdibuja, por sus características, cualquier alusión demasiado explícita.
En la conferencia que dio en la inauguración, Dore Ashton ubicó a Gallardo “como uno de esos artistas que mantienen vivo para nosotros el recuerdo del temor y la tragedia”.
Sean personales o sociales, locales o universales, el temor y la tragedia nos hablan del concepto de pérdida que, en nuestro artista, es una alusión que sobrevuela gran parte de su obra (toda, ¿tal vez?).
En Kronos, los almanaques (¿son siempre los que encontró hace años en Amberes?) a veces se unen a resortes; a veces, como en Kronos Diáspora, a páginas de pasaportes cubiertos de gelatina acrílica. También así se recubren las cartas expuestas en los 13 atriles que conforman la instalación Finale. El paso del tiempo, el exilio, la pérdida, el registro escritural de la mano que va desapareciendo, las franjas entrecruzadas como rejas que no sabemos si son interiores o exteriores, son algunas de las facetas de este espacio de reflexión que la muestra suscita.
De repente, Gallardo nos ayuda con una nota de humor. Es la de la serie Queen size: La generosa; La fugitiva; La precavida, tensan con resortes paralelos los elementos metafóricos.
La muestra cuenta con un excelente catálogo, con interesantes textos del arquitecto Alberto Bellucci, Dore Ashton y el profesor Lucas Fragasso.
NELLY PERAZZO
