VIII Bienal de Cuenca, Ecuador

Óscar Muñoz. Retrato, 2003. Video a color. 28 minutos.

Bienaljul 2004 - sept 2004· Por Natalia Gutiérrez

VIII Bienal de Cuenca, Ecuador

Una Bienal en una ciudad como Cuenca, es recordar que los mitos son un asunto colectivo. ¿Qué guiones de vida tenemos? ¿Cómo asimilamos las influencias? en fin, las obras de arte exploran las posibilidades de narrarnos a nosotros mismos.

Una ciudad que promueva un encuentro con el arte es clave para la cultura. Las calles, los edificios, como capillas, conventos, el Museo de los Metales, el de la Medicina o el de Arte Moderno —construcciones del siglo XVIII o de principios del XX— que insisten en permanecer, reciben el fluido contradictorio pero generoso de las obras de arte contemporáneo, de las conversaciones y la polémica. Son monumentos que cobran vida. Se convierten en espacios que invitan de nuevo a los mitos, que como los relatos, van y vienen y los artistas les añaden nuevos elementos para interpretar la vida según el paso del tiempo. Una Bienal en una ciudad como Cuenca, es recordar que los mitos son un asunto colectivo. ¿Qué guiones de vida tenemos? ¿Cómo asimilamos las influencias? en fin, las obras de arte exploran las posibilidades de narrarnos a nosotros mismos.

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Alexander Apóstol. Golden Towers. Serie Caracas Suite, 2003. Secuencia de imágenes fijas. DVD 5.30 minutos.

Ojalá esa situación local en la cual las discusiones se dan cita en las calles, genere polémica y tan contradictoria, que ayude a mover el pensamiento. Alcancé a oír por ahí, que la iglesia se aterraba con los condones empacados con la imagen del Corazón de Jesús, una obra de Leonardo González de Honduras.  ¡Bienvenida la queja!, porque las obras de arte hablan de lo que no se habla. Y la más frecuente: la Bienal ya no es de pintura: ésta es una discusión que está todavía sobre el tapete ¿la pintura se acabó? Se dan argumentos a favor y en contra y, cuando los ánimos se exaltan demasiado, es bueno remitirse al artículo "¿Es posible la enseñanza del arte?" que Luis Camnitzer escribió en una de las revistas Arte en Colombia, la número veinticinco –y no es un comercial a la revista, sino al artículo– en 1984.

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Ricardo González. Sin título de la serie La Historia me absolverá, 2003. Fotografía a color sobre papel. 45 x 30 cm (17 ¾ x 11 ¾ pulgadas).

“Al artista  se le pregunta: ¿usted qué hace? Y el artista contesta: 'yo pinto al óleo'. Un científico, por otra parte, nunca contestaría: 'yo miro a través de un microscopio electrónico'".

A la pregunta qué, dice el escritor, se contesta con un cómo. Para seguir a Camnitzer, un periodista no contestaría a la pregunta "¿usted qué hace?" con algo así como: "yo escribo por computador", o un directivo de la bienal no respondería "yo hablo por teléfono". Después de 20 años —maestro Camnitzer— no se imagina ese artículo cómo ha servido, por lo menos en las universidades en Colombia,  para pensar qué es arte en este mundo de imágenes publicitarias y seductoras. Qué sería arte, hecho por hombres o por mujeres, en pintura, dibujo, computador o video; en fin, si no se trata de en qué técnica están hechas, porque no es una feria de técnicas o artesanías, sino  qué imágenes salen de ellas. Se trata de aprender a ver y a señalar de qué hablamos cuando hablamos de arte, porque las obras nos ayudan a entender qué sucede en nuestro contexto  y qué pasó con nuestro pensamiento raptado por una globalización feroz.

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José Alejandro Restrepo. Video-Verónica, 2000-2004. Video instalación con video sobre tela. Dimensiones variables.

A ese problema se referían precisamente las obras ganadoras. La video-instalación de Alexander Apóstol de Venezuela se llamaba: Residente pulido. Ranchos. De la serie a Caracas suite. La obra estaba constituida por  dos imágenes en video de la arquitectura moderna venezolana que se movían al compás de la suite Guillermo Tell. Chorritos de agua las acompañaban en ese vértigo feliz y despreocupado, pero iban borrando la imagen. El espectador  en silencio asistía al derroche y “la locura” de la modernidad latinoamericana.

Ricardo González de Cuba mostró una fotografía repetida varias veces, de un libro entreabierto  en braille.  Al final, un texto:  “La historia me absolverá”, frase extraída de  un  discurso de Fidel Castro ¿Un ensayo sobre la ceguera?

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Carlos Runcie-Tanaka. Dos, 2003. Instalación con pintura directa en pared, objetos, videoproyección. Dimensiones variables.

José Alejandro Restrepo de Colombia presentó una pieza llamada Video-Verónica. En una sábana se proyectaba la imagen de La Virgen y de madres mostrando fotografías de sus hijos. En la sabana de la Verónica, “la verdadera imagen” según el mito, se refleja, hoy en día,  el sufrimiento de las madres con sus hijos desaparecidos, muertos o secuestrados.

Estas obras no pretendían expresar simplemente, sino que se preguntaban por las condiciones de nuestro imaginario.  Pero no eran una denuncia burda; también daban paso a una libertad en el tratamiento del tema para que la idea se ampliara con otras resonancias. Por ejemplo, la música, divertida en un caso, sacra e intervenida en otro, y la repetición azul de las fotografías de González,  ecos plásticos de un discurso repetido. La intervención técnica de las obras era precisa, sin opacar el tema.

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Mónica Millán. El vértigo de lo lento, 2002-2003. Detalle de instalación con dibujo a lápiz, fotografía, adobe con tierra y paja, tejidos de encaje. Dimensiones variables.

Participaron en la Bienal en esta oportunidad, Argentina, Paraguay, Uruguay, Brasil, Aruba, Costa Rica, Cuba, El Salvador,  Guatemala, Haití, Honduras, Jamaica, Martinica, Nicaragua, Panamá, Puerto Rico, República Dominicana, Chile, Colombia, Ecuador, México, Perú y Venezuela. El jurado destacó la obra Re/trato, fuera de concurso, del colombiano Óscar Muñoz, un video en el cual el artista dibuja  de manera continua con agua sobre el pavimento su retrato, persistiendo,  a pesar de la disolución de la línea. Otorgó así mismo, el “Premio París”, concedido por la Embajada francesa a un artista joven, al Colectivo La Limpia de Ecuador con  una obra sin título. Era un comentario irónico, ecológico, en la cual los grillos, abundantes en Guayaquil, terminan su vida  aprisionados en el piso.

La  participación de los artistas de cada país  era a través de curadores y aquí me queda una  inquietud que voy a tratar de expresar. Me impresionó por ejemplo, la participación de  Centro América y el Caribe con obras agudas; tal vez ameritaba un mayor trabajo, un mayor desarrollo,  pero intentaban una reflexión sobre el contexto. Y es que tiendo a pensar que en México,

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José Ángel Toirac. Lavadero, 2003. Instalación, fotocopia, concreto, vino tinto, grifo y bomba de agua. 100 x 200 x 100 cm (39 ⅓ x 78 ¾ x 39 ½ pulgadas).

Brasil, Chile, Argentina, Ecuador y en los demás países,  también hay artistas de la talla de Apóstol, González o Restrepo. Con esto quiero decir, artistas que más que expresar sus mundos personales, hagan una negociación entre lo subjetivo y lo objetivo. Artistas con propuestas menos ensimismadas y  fragmentarias, más contundentes, porque éste es un continente necesitado de búsquedas de sentido.

Además el tema de La Bienal era la Iconofilia, una pregunta que apunta precisamente a explorar en qué imágenes creemos y cómo las influencias construyen el pensamiento. Más que  una historia subjetiva  o un afán de ponerse a la moda usando el video o el computador, o “ instalándose” —como hace ya tantos años hicieron los estudiantes de las universidades— el tema requería preguntarse por las condiciones de nuestra representación. Y más aún cuando, como decíamos al principio,  el lugar de encuentro es una ciudad que no puede ser espectáculo de salones nacionales regionales, sino de polémicas que la construcción de un pensamiento requiere. Una ciudad que organiza una Bienal debe ser escenario de conversaciones transformadoras, ya sean callejeras, que recojan las preguntas de los espectadores o más complejas como lo ameritaba el tema.

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Jonathan Harker. Post Post, 2003. Postales, papel y tinta. Cuatricomía. 12 versiones de postales. Dimensiones variables.

Aquí también es importante referirse a las menciones. En mi opinión —muy personal—los premios eran obras que contribuían a una reflexión colectiva con una excelente técnica.  Frente a este  hecho, el sentido de mencionar otras obras  era  señalar que hay elementos visionarios en algunas de ellas, pero que requieren de una mayor reflexión para que sean detonantes de sentido en quien las mira.

Por ejemplo, El vértigo de lo lento de Mónica Millán de Argentina, tenía el acierto de traducir el lenguaje de la fotografía al dibujo y completar así mismo  las fotografías, con el lenguaje de  la narración. Sin embargo, la idea que pretendía rescatar el tiempo perdido  trayendo al museo el tejido de las mujeres dedicadas a este fin, se dispersaba al  incluir termitas y  en fin, demasiada información como para que el espectador terminara de completarla; por el contrario, el observador se perdía. Es el mismo caso de José Ángel Toirac de Cuba. La transubstanciación —nombre de la instalación— sobre la muerte del “Ché”,  no resultaba muy clara con el  uso excesivo de recursos, que tenían ya en sí un gran peso visual. Así,  el lavadero, el vino, la sábana,  tomaban cada uno vida propia y se perdía la potencia de la idea. La obra Dos, de Runcie Tanaka de Perú, rescataba la cerámica y su vigencia, un tema muy necesario pero, de nuevo, origami, video, cerámica,  resultaban excesivos. Para resumir, los temas de estas menciones son  importantes y hay que   rescatarlos de nuevo, pero el arte hoy requiere de una opinión clara por parte del artista,  ya que estamos sometidos a las opiniones de los medios de comunicación, y la fragmentación de la obras a  veces contribye a un zapping innecesario. Las postales Post-Post  de  Jonathan Harker de Panamá,   intervenían, el lenguaje complaciente de los países que se “ablandan” para construir una “imagen turística correcta”.Con la presencia  desenfadada,  de este artista joven,  en las más prosaicas actividades, la “imagen correcta” era desenmascarada. Por ser una reflexión  sobre los lenguajes impuestos, era una de las mejores obras mencionadas. Y ¿por qué  digo esto? Porque me  queda, siempre la necesidad, cuando veo exposiciones de arte  y,  más aún, Bienales que convocan a casi toda una región, siento la necesidad —repito—  de encontrar  señalamientos más  precisos acerca de los lenguajes del poder que nos envuelven  y que usamos sin darnos cuenta. Y porque, además,  es una generosidad de tiempo,  de dinero y de esfuerzo para mover una ciudad y por ahí derecho todo el continente.

NATALIA GUTIÉRREZ

Profesora de la Universidad Nacional de Colombia.

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