Cuando Santiago Olmo y Virginia Pérez-Ratton eligieron el título y el leit motiv de esta exposición colectiva dedicada al arte centroamericano actual estaban pensando precisamente en la oferta, en el señuelo si se quiere, que los tour operators suelen incluir en la promoción de sus paquetes turísticos: Todo incluido. Tu pagas y a cambio recibes no sólo los billetes de avión sino también la certeza de que tendrás cubiertos todos los gastos desde las tasas aeroportuarias y los transportes en taxi, en autobús o en lo que sea, hasta el último de los langostinos y los cócteles que consumas. Todo incluido es además y subliminalmente la garantía de que nada, ningún accidente, ninguna contrariedad, ningún imprevisto va a estropear el placer que te asegura de antemano un viaje de placer. En esa medida, es una promesa de satisfacción que aunque efímera es ilimitada y que al realizarse convierte ipso facto al lugar donde se realiza en un Paraíso. Sólo que entre todos los paraísos terrenales que hoy pone a disposición de cualquier turista solvente la mega industria del turismo, pocos son tan prestigiosos y deslumbrantes como el Caribe, ese trópico tópico y utópico compuesto de “playa, brisa y mar” y de nativos pintorescos, alegres y serviciales. Poco importa que ese tópico se emplace en las Islas Vírgenes, en la Isla Margarita, en Punta Cana o en las espléndidas playas de Panamá, de Costa Rica o de Belice. El turista absorto en su disfrute narcisista no ve más que las imágenes acuñadas por su propio deseo y no tiene ojos para ver el mundo que está más allá de los límites de su resort y su impecable horizonte de palmeras y de playas.

La desgracia es que ese mundo existe y se llama por ejemplo Centroamérica y está compuesto no sólo de una perversa geopolítica que no cesa de multiplicar a su antojo los compartimentos estancos y las fronteras, sino también de gente de carne y hueso que ya no habita como antes en aldeas y pacíficas ciudades provincianas, sino que se aglomeran crecientemente en ciudades cada vez más grandes y dislocadas. Ciudades como Panamá, Colón, San José, Limón, Managua, Tegucigalpa, San Salvador o Guatemala donde viven y trabajan ahora los 37 artistas reunidos en esta exposición por Olmo y Pérez-Ratton, los curadores de la misma. La experiencia que preocupa a estos artistas no es la tópica tropical sino la que ofrece la inmersión a fondo en la vida urbana aunque varios de ellos, entre los que entresaco a Jonathan Harker y a Moisés Barrios, se ocupen abiertamente de los tópicos y de la tensión existente entre ellos y la realidad que omiten o desplazan. Harker, un artista ecuatoriano residente en ciudad de Panamá, mostró en esta oportunidad Postart, una pieza divertida e irónica formada por una docena de postales en cada una de las cuales él aparece como protagonista de una escena situada en alguno de los lugares paradisíacos de su país, acompañada de lemas que parodian la retórica del turismo: "Panamá. Rica en flora y fauna", "Panamá. Siempre avanzando", "Panamá. Soberanía total". Barrios, un pintor de Guatemala, es si quiere todavía más irónico y exponía media decena de cuadros inspirados descaradamente en las imágenes publicitarias de la Banana Republic, una conocida marca de ropa norteamericana. El resultado de juntar la realidad de una república bananera con los modelos diseñados por los modistos de Banana Republic era casi explosivo.

El resto de los artistas ha preferido ocuparse de asuntos propios de la vida cotidiana en las ciudades centroamericanas, marcadas como se sabe por múltiples choques culturales y gravísimos conflictos sociales y políticos Así lo han hecho de manera epidérmica pintores como el costarricense Federico Herrero, que en Imágenes encontradas reunió una colección de fotos de sus coloridas intervenciones en las casetas improvisadas en calles y parques con el fin de proporcionar algún amparo a la legión de vigilantes privados que intentan garantizar la seguridad de los vecinos que les pagan. O como la española Ana de Vicente, que en Mecánica popular convierte en cuadros abstractos, a veces líricos, a veces geométricos, fotografías fragmentarias de carrocerías de autos y de buses. En cambio, han calado más en problemas como las secuelas urbanas de las drásticas desigualdades sociales que afectan a sus respectivas ciudades artistas como la costarricense Eugenia Picado, quien presentó una serie de fotografías que documentan la dignidad y la entereza de quienes se han visto obligados a construir sus casas debajo de los puentes y viaductos de la capital costarricense. O como la realizadora Florence Jauguey, que en el cortometraje Cinema Paraíso muestra las intimidades de la familia que se quedó a vivir en las ruinas de una célebre sala de cine destruida sin remedio por el terremoto de Managua de 1972.


Los conflictos raciales subyacen al trabajo de documentación fotográfica que Abigail Hadeed, de origen trinitario, dedica a la minoría de negros angloparlantes que fueron de Jamaica a Puerto Limón para construir el ferrocarril y se quedaron a vivir allí a pesar de que durante décadas carecieron de los más elementales derechos políticos. Y el rostro terrible de las guerras que han asolado y asolan a la región ya sean las guerras civiles de Guatemala, El Salvador o Nicaragua, ya sea la interminable guerra de bandas que atenazan a sus ciudades irrumpe con su cortante aspereza en las obras de artistas como los guatemaltecos Luis González Palma y Regina Galindo. El primero expuso Tensiones herméticas, una conjunto de fotos que se diferencian de las que suele realizar en una poética hierática y prosopopéyica, porque estaban enmarcadas en hierro y cubiertas con rejas. Y Regina Galindo, en el video ¿Quién puede borrar las huellas?, registró la acción realizada el 23 de julio de 2003, cuando caminó descalza por el centro de Ciudad de Guatemala con los pies manchados de sangre en protesta por la decisión de las autoridades de permitir que Ríos Montt, ex-dictador y criminal de guerra, se presentara como candidato a las elecciones presidenciales. Quien en cambio en vez de denunciar prefiere alegrar y apaciguar es el panameño Brooke Alfaro. Así por lo menos lo hizo en Nueve en vivo, donde mostró su proyecto de proponer el duelo musical entre dos bandas de barrio enemigas como alternativa a sus combates, así como en la maravilla elegíaca que es su vídeo Aria.
CARLOS JIMÉNEZ

