Exposición Individualjul 2004 - sept 2004· Por Laura Gil Fiallo

Ramón Oviedo

Centro Cultural de España

Los ochenta años del maestro Ramón Oviedo se han celebrado con cuatro importantes exposiciones en Santo Domingo. Las galerías de arte El Espacio y Lyle O’Reitzel han dado cabida, respectivamente, a la obra dibujística y pictórica más reciente, estrictamente, de 2004. En tanto que la Casa de Francia en Santo Domingo exhibe los autorretratos del maestro pintados durante tres décadas. Todo un ejercicio de introspección sostenida.

Pero la exposición del Centro Cultural de España, con pintura producida desde 1997 hasta 2003, es la que permite una visión más completa de la última evolución de Oviedo, quien entre los artistas dominicanos mantiene una vitalidad excepcional para su ya avanzada edad. Como es típico en los estilos tardíos, a los que Rudolf Arnheim dedicara un memorable estudio, esta más de media década de la obra de Oviedo se caracteriza por una sorprendente soltura técnica, pero no por la habitual disolución de las formas. Al contrario, Oviedo conserva esa predilección por la forma compacta y masiva que lo caracterizaba ya cuando ganó el primer premio de pintura de la XIII Bienal dominicana de Artes Plásticas con Uno que va, otro que viene, ya un clásico moderno del arte de su país. Pese a mostrarnos una obra ya no tan dibujística en el sentido de la definición lineal, lo sigue siendo por la estructura subyacente a todas sus imágenes, fuertemente trabadas. Pero el énfasis está puesto también en el color, en las transparencias y modulaciones de la materia, en los esgrafiados y raspados, y en lo estrictamente pictórico, más que nunca en la historia de su pintura.

Exposición Individual: Ramón Oviedo — imagen 1
Ramón Oviedo. Beastly Reaction, 2001. Acrylic on canvas. 68 x 138 in (172,7 x 350,5 cm).

Completamente alejado de las casi tintas planas de los sesenta, el color a menudo se convierte en luz coloreada, ricamente trabajado, extremadamente rico en matices. Materia, color y luz se vuelven casi sinónimos. Y los esfumados suaves y las veladuras aluden de algún modo a toda la historia de la pintura, la reactualizan.

Un cierto hieratismo de fetiche y una intensidad oculta, pero omnipresente, como un sobreentendido, aportan, además del formato, una cualidad monumental a las formas que lo aproxima a Szyszlo y a Guayasamín, y por lo tanto, a un lenguaje común iberoamericano, aunque con connotaciones propias muy definidas. Las pinturas de Oviedo requieran mucho espacio en torno para ser exhibidas, descifradas y estéticamente asimiladas, sin ser agobiantes.

Se trata, por otra parte, de una etapa de la producción de Oviedo de intensa preocupación filosófica. Lo humano, su motivo fundamental, está presente. Pero no ocupa ya el primer plano de sus cavilaciones. Desaparece hasta cierto punto la insistencia en lo social, que lo caracterizó en los sesenta y que llega a su cumbre más manifiesta con obras como 24 de abril. Ahora su interés es más metafísico, y se vuelca a la relación, definida en términos aristotélicos, entre materia y forma. Y también entre el tiempo y la eternidad. La evolución física y espiritual de los homínidos al hombre a través de la historia, y el impacto de la tecnología en el mundo moderno, aproximan el universo actual de Oviedo, substrato último de su iconografía, al del cine de Kubrick.

Probablemente sea él, de los artistas dominicanos vivientes, el que encierra más drama en sus imágenes, y el que se mantiene dentro de los cánones de un lenguaje que asume los compromisos vitales y estéticos del expresionismo de los sesenta con mayor brío y vitalidad. Pero esa vitalidad, a su vez, implica una capacidad de evolución que le permite, siendo siempre fiel a sí mismo, renovarse sin cesar, en pos de la forma adecuada a la expresión de una sensibilidad a la vez introspectiva y profundamente conmovida por el mundo contemporáneo.

Un lenguaje, por otra parte, donde los límites entre lo abstracto y lo figurativo se borran, y donde la anécdota deja paso al símbolo, a lo universal-ancestral-intemporal de la expresión estética.

Una exposición obviamente curada, sin caídas ni concesiones. Con una calidad regular y acompañada de un libro catálogo, rigurosamente presentado y documentado, que desde ya constituye una referencia irrenunciable para los conocedores y los estudiosos de la obra de este artista y del arte dominicano en general.

LAURA GIL FIALLO

Ramón Oviedo, por Laura Gil Fiallo | artnexus