Exposición Individualjul 2004 - sept 2004· Por Luz Sepúlveda

Pedro Diego Alvarado

Galería Itatti

Uno de los aspectos que más llama la atención en la pintura de Pedro Diego Alvarado es justamente que sea pintura, en una época en la que se debate acerca de su credibilidad. Lo que en la primera mitad del siglo XX fue una clara desavenencia entre la pintura figurativa y la abstracta, desde los años que siguieron a la segunda posguerra y principalmente desde los sesenta, la controversia crítica se volcó hacia las corrientes de arte conceptual frente a las obras bidimensionales de la pintura.

Aun con los debates que se tornan álgidos en cuanto a la validez de la pintura en una era en la que prácticamente cualquier objeto puede ser representado en fotografía, por ejemplo o incluso inventado en la pantalla de la computadora, Pedro Diego se mantiene al margen de tales diatribas y exhibe su predilección por este medio de expresión. La técnica que emplea el artista, su método de trabajo, su talento heredado, adquirido o aprendido, las formas que concibe y la destreza con la que trabaja y muestra sus resultados, hacen de él un importante elemento en el panorama artístico contemporáneo de México. Alvarado observa la naturaleza, capta su esplendor, abstrae la esencia de sus figuras y las plasma sobre el lienzo.

Exposición Individual: Pedro Diego Alvarado — imagen 1
Pedro Diego Alvarado. Daturas verticales, 2002. Óleo sobre lino. 164 x 114 cm (64 ½ x 44 ¾ pulgadas).

Una representación, al igual que un símbolo, tiene un significado, pero a diferencia de los símbolos, su significado es trascendente. Alvarado, además de trabajar sobre la problemática de la representación, problematiza la realidad al hacer transmutaciones de ella. Lo que él considera problemático o, por decirlo de una manera más suave, retador, no es la representación aislada, ni su proceso de significación, sino la realidad misma. La pintura de Alvarado puede considerarse como un intento de resolución de problemas, como una búsqueda destinada a elaborar las transformaciones de la realidad que se ha vuelto frágil en un universo icónico sin significado. Si las imágenes son un simulacro de la realidad, las pinturas de Alvarado son una transmutación de ella.

Así lo hace evidente en las series que trabaja: nopales, magueyes y candelabros, frutas, verduras y árboles florales, paisajes, terrenos y cielos plenos de nubosidad. No se trata únicamente del resultado en conjunto lo que es rico en su repertorio, sino el tratamiento individual de cada una de las parcelas que conforman los lienzos Alvarado.

Alvarado responde con premura mas no sin reflexión: hace pintura que él mismo goza, para que el espectador goce y se deleite, justamente en el momento en que más es necesario ese lapso para la meditación. A ese fragmento de tiempo al que nos arroja el artista para el éxtasis estético lo llamó Gillo Dorfles “el intervalo perdido”. Sin esta “pausa diastemática” todos los pensamientos y reflexiones son abolidos en el acto de la ejecución. Y entonces, el arte no serviría para nada. Para poder digerir el caos cotidiano se necesita del silencio y las pinturas de Alvarado nos otorgan ese lapso de quietud indispensable como estrategia de supervivencia.

En una anterior serie de 1999-2000 titulada Geometría quieta el artista tomó como modelos las mismas figuras que en la exposición actual (principalmente frutas, verduras o plantas) pero su desempeño sobre el lienzo fue distinto. Si, como su título lo indica, posicionó los objetos como si se tratase de una naturaleza muerta, en la actual exposición Transmutaciones, el efecto que se genera dentro del cuadro es de un dinamismo pausado. Ahora los elementos se encuentran mucho más libres de cierta rigidez que le otorgó a Geometría quieta. Ganaron terreno en cuanto a la atmósfera que deja respirar, de la misma manera que las transmutaciones lucen una textura tanto táctil como visual que hablan de un trabajo con una técnica mucho más depurada. El refinamiento que se vislumbra desde el primer encuentro se debe al empeño laborioso de quien conoce su oficio, al mismo tiempo que es evidente una mayor libertad de creación. En la obra Agaves tequileros, por ejemplo, un paisaje aparentemente inocuo muestra en primer plano hileras de agaves que se alejan en una perspectiva clásica que se corona con un par de cerros y un cielo al fondo. La quietud de la obra recuerda el tratamiento que de Chirico daba a sus pinturas metafísicas, pero sin dejarse atorar por esas auras de misterio que prevalecen en el italiano. Alvarado, en cambio, permite que las formas respiren, que los espacios den lugar a que el ondulante aire acaricie las plantas a pesar de transmitir un sepulcral silencio ante el espectador.

En esta misma tónica, Datura vertical y Datura horizontal son excelentes trabajos de acercamiento sobre fondos finamente elaborados que ocasionan que la figura principal resalte y luzca en cada detalle. El espacio se encuentra más encerrado y, sin embargo, las flores danzan sin obstáculos. Ya sean nopales, peras, pitayas o granadas, coliflores, poros o rábanos, el artista toma como pretexto aquellos elementos que les son intrínsecos a cada una de las formas, para representarlas en una totalidad y brindarle al espectador un prolongado “intervalo de silencio” gracias al cual podemos concluir con una catarsis estética.

LUZ SUPÚLVEDA

Pedro Diego Alvarado, por Luz Sepúlveda | artnexus