Durante los meses de septiembre y noviembre se exhibió en la Casa Republicana de la Biblioteca Luis Ángel Arango, la muestra itinerante titulada Naturaleza muerta, presentada por el Consejo Británico y el Banco de la República, en la que participó un amplio número de artistas contemporáneos británicos y colombianos. La curaduría estuvo a cargo de Ann Gallagher y José Ignacio Roca, director de Artes Plásticas del Banco de la República.
Esta exposición, que contó con un montaje y una selección de obras excelentes, se proponía mostrar cómo la categoría “naturaleza muerta”, con la que se designa un género específico de pinturas del siglo XVII, es un concepto “flexible capaz de adaptarse a cambios de cultura y pensamiento y a una gran variedad de interpretaciones técnicas. Quizá su estatus humilde y su carencia de asociación con logros y grandezas le han facilitado este potencial de transformación. Aún se encuentran referencias al pasado en formas de arreglos de objetos familiares e incluso referencias directas a una época particular, a un artista o a una obra de arte: pero la relación con la estructura simbólica y formal del pasado ha cambiado, ha sido alterada radicalmente. Sin embargo —advierte la curadora— casi ninguno de los artistas cuyo trabajo está presente en esta exposición se consideraría un ejecutor contemporáneo del género naturaleza muerta. Lo que comparten es una conexión con las premisas básicas del género”1.

Esta reflexión permitió reunir un grupo amplio de artistas que trabajan con medios muy distintos, una obra que toma como referencia objetos cotidianos, naturales y artificiales de diversa índole. Como se advierte en el catálogo, este género que fue mirado despectivamente por la Academia Francesa del siglo XVII, en el siglo XX, con el surrealismo, la aparición del ready-made y con la irrupción del arte pop, aparece revitalizado, así los artistas trabajen de manera muy distante a los preceptos de la “naturaleza muerta”.
Lo que se hace evidente en esta exposición es que este género trajo consigo una mirada a lo cotidiano, a lo común, a lo aparentemente “intrascendente”. Pero estos objetos, como lo señala Richard Wentworth, uno de los artistas participantes de esta muestra, con el paso del tiempo, han adquirido nuevos sentidos y significados en la vida contemporánea: “Estamos rodeados por lo exhibido. Cada vitrina de almacén es un espacio teatral con cosas ordenadas para causar un efecto. Los autos aparcados están exhibidos. En el paisaje sobredesarrollado que todos habitamos es difícil no atribuirle alguna intención a todo lo que inspeccionamos”2.

El recorrido de la muestra se iniciaba con dos obras: la de Patrick Caulfield, conocido artista del pop, quien era el más veterano del grupo, y la de Anna Barribal, la participante británica más joven, de manera que sus trabajos mostraban dos actitudes distintas ante los objetos y el arte. Las tres obras de Caulfield, una pintura y dos serigrafías, se mantienen muy cercanas a las imágenes del bodegón, en ellas se presentan distintos aspectos “del repertorio de la cotidianidad urbana” a través de una iconografía que trae consigo el amplio bagaje de la pintura del siglo XX. Unas uvas sobre un mantel, un rincón de un restaurante o tres copas sobre una mesa, se convierten en el tema de unas bellas y sencillas composiciones, donde vemos la herencia del cubismo, a través de ese poder de síntesis que logra la mirada moderna; característica a la que se suma un interés por los objetos banales y los colores planos que se evidencia desde el arte Pop. La obra de Barribal, dos lámparas reales, cubiertas con pintura de marcador y cuyo reflejo se dibuja, también con marcador, sobre un papel colocado en la pared, da cuenta de otro momento del arte cuando el artista interviene con su obra el “mundo real”: los objetos que nos rodean y el espacio en el que habitamos.

Como lo comenta Ann Gallagher en el catálogo, una de las categorías más importantes de la naturaleza muerta, especialmente en la pintura holandesa, ha sido la representación de floreros. Obras cuyo tema mantiene una relación con las flores estaban reunidas en una de las salas más especiales de esta exposición, donde se mostraron el bellísimo video de Anne Katrine Doblen y las impactantes fotografías de Juan Fernando Herrán y Juan Manuel Echavarría. El video de la primera mostraba cómo un tulipán, cubierto de pintura blanca, se iba despojando lentamente, con un pincel fino, de una gruesa capa de blanco, muy pastosa y pesada, de manera que los pétalos rojos y delicados iban emergiendo, liberados, temblorosos y naturales, ante los maravillados ojos del espectador. La obra de los colombianos asocia el apacible tema de las flores con momentos difíciles y violentos del país. Las amapolas de Juan Fernando Herrán muestran el aspecto conflictivo de unos sembrados que han alterado la vida de Colombia; sus imágenes, de gran fuerza y contundencia, ponen en evidencia la belleza y la estigmatización de una flor cargada, por las circunstancias del mundo actual, de muchos significados. Como lo señala José Ignacio Roca, “la serie Corte de florero —de Juan Manuel Echavarría— hace referencia a las prácticas siniestras de cortar cuerpos y reorganizar los miembros de acuerdo con ciertas imágenes que fueron utilizadas en Colombia en los años cincuenta, en el periodo conocido como La Violencia. Echavarría arregla huesos de personas anónimas, en forma de flores, los fotografía, nombra y organiza en series de una gran belleza. La composición formal hace referencia explícita a las láminas de la Expedición Botánica, empresa científica del siglo XVIII que tuvo por objetivo clasificar las especies americanas”.

En otra sala se encontraban algunas reflexiones contemporáneas sobre el bodegón. La obra de Bernardo Salcedo, a tono con el mejor arte conceptual, sobre una superficie blanca, a través de la palabra escrita, nombra los elementos que conforman un tradicional bodegón. La instalación de Beatriz Eugenia Díaz, titulada Vanitas, se origina en unos dibujos al pastel, donde se representan botellas y ramos de uvas. De estos dibujos, para la obra final, sólo se preservan los rastros del polvo de pastel que cae sobre el piso, que son trasladados al espacio real a través de una instalación realizada con marcos de madera blanca que aluden a una pintura vacía, cuya representación yace en sentido horizontal sobre unas tablas de madera blanca. En el centro de esta construcción se coloca una botella verde de cuya boca emerge un sonido de aire, leve y delicado como las huellas de los objetos dibujados. A estos “bodegones” se suman las cuatro fotografías de Jane Simpson que muestran objetos sumergidos en leche. La espuma del líquido blanco crea una textura cremosa en la que sobresalen las formas sencillas y redondeadas de distintos objetos de uso culinario. Cerca de estos trabajos en los que predominaba el blanco estaban las pinturas de Beatriz González, plenas de color, entre ellas una cama titulada Naturaleza casi muerta, en la que se presenta la imagen de Cristo caído. Una reflexión irónica a este tradicional género artístico.
Otra forma de bodegón podría encontrarse en la obra de Milena Bonilla y Simon Starling. La obra de estos dos aristas, como lo comentó Beatriz Eugenia Díaz en una visita guiada a la exposición, muestra cómo las plantas que crecen en su tierra originaria, se han convertido en objetos livianos y transportables. Milena Bonilla presentó una serie de especies vegetales sembradas en unos recipientes precarios, de cartón y lata, envases de alimentos; así una mata de maíz se siembra en una caja de Corn Flakes y una de cacao en un envase de Milo, una bebida de chocolate, señalando con humor el origen natural de estos alimentos que consumimos en nuestra vida cotidiana, debidamente procesados y envasados. La obra del británico, a través de fotografías, ponía en evidencia distintas etapas del desplazamiento de una planta originaria de Escocia que fue trasplantada al parque de los Alcornocales en España. Las imágenes muestran unos arbustos empacados , dispuestos en una especie de “bodegón” compuesto también de una camioneta roja y un paisaje siempre cambiante. Estos árboles se colocan cuidadosamente para ser fotografiados con un riguroso estudio de luz y composición.

Las obras que conforman esta muestra, en general, parecen mostrar cómo el hombre ha creado una “segunda naturaleza”, un mundo lleno de objetos en el que nos hallamos inmersos. Por ejemplo las fotografías de Lina Dorado y Luis Cantillo muestran alimentos frescos y naturales, empacados en bolsas de plástico; los interiores de John Riddy, impecables fotografías en blanco y negro, dejan ver espacios y mobiliarios de casas que permanecen fieles a un cierto estilo de diseño modernista; las obras del grupo británico Bank y de los colombianos (Angélica Jaramillo, Miller Lagos, Ricardo León, Camilo Martínez y Catalina Rincón) pintan con gran realismo y detalle objetos cotidianos, algunos incluso desechables, de plástico y cartón, con los que se realizan composiciones clásicas. Mike Nelson no utiliza ningún medio de representación; él trae directamente a la sala de exposiciones las mesas y los objetos que conforman su estudio. Los videos de John Wood y Paul Harrison mostraban una serie de acciones, en las que también se involucra la figura humana, pero en las que sillas, baldes y regaderas, se convierten en los protagonistas de unas secuencias llenas humor que recuerdan el cine mudo. En la obra de Emma Key los objetos se presentan a través de textos extraídos de la Biblia, ampliados y enmarcados, en los que por medio de la escritura van apareciendo, en orden, 2.717 objetos diversos. Por supuesto, esta enumeración conforma un largo listado, en que se alternan productos naturales como frutas, metales y piedras, con otros elaborados por el hombre, como la seda o el pan.
La mirada que propicia esta muestra hace pensar en un comentario que hizo Roland Barthes, en el que afirma que la referencia del pop sigue siendo la Naturaleza, pero advierte “que ya no es una naturaleza vegetal, paisajística o humana, psicológica: hoy en día, la Naturaleza es lo social absoluto o, mejor (...) lo Gregario (el mundo de las masas)”. Si bien los artistas contemporáneos no están tan comprometidos exclusivamente con ese fenómeno de masas, como lo estuvieron su predecesores del pop, ellos son los herederos directos de esa mirada detenida sobre los objetos que nos rodean, objetos inherentemente unidos a ese medio físico y cultural en el que habitamos, un medio en el los objetos adquieren sentidos intrincados y complejos. Naturaleza muerta, a través de las distintas obras que la conforman, permite explorar esos matices, esas múltiples intenciones que se esconden detrás de las cosas más sencillas que nos rodean, que próximas a la “naturaleza muerta” no son otra cosa que “cultura viva”.
NOTAS
1. Ann Gallagher, en el catálogo de la exposición.
2. En el catálogo.
MARTA RODRÍGUEZ

