La Pinacoteca do Estado de São Paulo es el museo más antiguo de la ciudad, alojado en un edificio construido entre 1897 y 1900 para albergar el Liceu de Artes e Ofícios de São Paulo. Proyectado por Ramos de Azevedo, el ingeniero-arquitecto más renombrado de ese periodo, el edificio es una de las construcciones monumentales que en el inicio del siglo XX puntuaban esa región, la cual hoy pasa por un polémico proyecto de recuperación, después de décadas de abandono.
A pesar de haber sido concebida en gran estilo, entretanto, la construcción quedó inacabada y las paredes externas, sin revoque, muestran el diseño estructural formado por los ladrillos casi con vergüenza, contradiciendo la grandiosa arquitectura neoclásica del edificio. El proyecto de adecuación de la Pinacoteca a las necesidades museológicas actuales, desarrollado por Paulo Mendes da Rocha, preserva las características originales de la construcción, a empezar por su aspecto inconcluso, sumándole elementos y materiales que son claramente adherencias, anexos, acoples. Pasarelas y guardacuerpos de metal y los patios internos cubiertos por estructuras de vidrio y transformados en locales de exposición, son algunas de las claves del proyecto.

El Octógono es uno de esos patios, la plazoleta central del edificio cercada por ocho paredes de doble altura, ladrillo sobre ladrillo, que desde enero de 2003 abriga un programa de muestras de arte contemporáneo curado por Ivo Mesquita. Fue en ese espacio de piso de mármol y paredes de ladrillo aparente donde Marepe instaló su Desemboladeira. El título de la obra es una suma de dos términos, por un lado desempoladeira (fratacho, herramienta usada por los albañiles para revocar paredes de manera uniforme) y embolada (tipo de música del nordeste brasileño con textos improvisados declamados rápidamente sobre notas repetidas).
La obra, idealizada especialmente para ese lugar, pensando en la celebración de los 450 años de la ciudad, hace referencia a la peculiariedad de la arquitectura. Además de unas pocas lámparas que cuelgan de cables aparentes, el espacio solo exhibía 450 fratachos, como los que hubieran sido necesarios para recubrir las superficies aún desnudas de las paredes. La manera en que los objetos se apilaban, cada uno sobre dos mitades de los subyacentes, repetía el dibujo lógico que mantiene unidos los ladrillos. Resultaban pilas triangulares, como montañas, en las cuales la altura era dada por la amplitud de la base, ya que tantas eran las hileras cuantos fueran los fratachos iniciales, cada hilera con un elemento menos, hasta que sobrara sólo uno. Cincuenta habían sido recubiertos de papel espejo de diferentes colores y los otros 400, numerados, mostraban las diversas combinaciones posibles de los tres o cuatro tipos de madera utilizados: la manija oscura y la base clara, la base violácea y la manija amarillenta y así.
Uno de cada 10 visitantes, siempre el décimo, recibía una seña al entrar al museo. Y la explicación de que podría cambiar ese papel por un múltiplo del artista Marepe, un regalo por los 450 años de la ciudad. Así, las piezas fueron distribuidas durante el primer final de semana de la exposición, y quien tuvo suerte, o supo hacer la cuenta en la puerta, salió de la Pinacoteca con su “desemboladeira”.
Al elegir como material para su obra esa herramienta de trabajo, Marepe no trata solamente de la especificidad física del local donde se muestra el proyecto. La referencia a la construcción civil es también un homenaje a los trabajadores que construyeron esta ciudad, como todas las otras. En São Paulo hay un gran número de inmigrantes que vienen del nordeste del país y se ocupan en labores manuales, como las de albañil. Marepe vive y trabaja en Santo Antonio de Jesus, Bahia, y tal vez eso explique, en parte, que al pensar el aniversario de São Paulo haya decidido homenajear a esos constructores tantas veces olvidados detrás de las obras concluidas y de los nombres que firman los planos.
Otra referencia a la cultura del nordeste es la embolada, un procedimiento poético y musical característico de esa región del país. No solamente en el título había embolada: la música de Pedro Osmar, Signagem (1997), que se podía escuchar en el octógono, prestándose mucha atención, tenía inspiración en ésa y en otras tradiciones del nordeste.
Es interesante ver cómo el artista bahiano articula la historia de São Paulo, y específicamente de este edificio, que puede ser visto como un proyecto frustrado de simbolización de la burguesía paulistana de comienzos del siglo pasado, ahora asociado al cuestionable proceso de recuperación del centro de la ciudad, en el cual las instituciones culturales desempeñan un papel decisivo.
CARLA ZACCAGNINI
