El fotógrafo guatemalteco Luis González Palma regresó a la vida pública con una exposición individual en la Focus Gallery de Londres donde exhibió temas tradicionales, junto con nuevas creaciones, comunicándonos un mensaje complejo y globalizador acerca de su ya reconocida trayectoria.
La mayoría de las obras expuestas fueron los retratos de miradas que propulsaron al artista a la fama. Miradas de ancianos, hombres, mujeres, adolescentes y niños captadas en el “máximo instante de tensión entre la mirada interna y la mirada externa”, según la expresión del escultor Juan Muñoz (instante que González Palma logró captar en 80 milímetros, f.5.6 con 1/30 segundos, según él titulo de una de sus obras). Miradas blancas y sobresalientes, resaltadas por el uso del virado al sepia que fija las obras en un tiempo ficticio, cargándolas de memoria y recuerdos añorados, miradas exhibidas en retratos directos, frontales, impactantes, que van sumiendo al espectador en interrogantes cada vez más profundos y desafiantes.

Las fuentes de inspiración tradicionales del artista son las de su Guatemala natal, un país que se define por su religiosidad barroca, solemne, excesiva: “Guatemala no tiene la cultura festiva brasileña ni el psicoanálisis argentino para compensar los tropiezos de la historia”, dice González Palma. Por ende, la mirada de sus habitantes refleja la visión trágica y solemne de la vida, percibida a través del dolor de la corona de espinas, o de la santidad de mujeres divinas, venerados en cuadros laminados de oro, desgastados por la devoción de sahumerios intemporales y el roce táctil de feligreses eternos.
González Palma considera que el propósito de sus retratos no es servir un indigenismo reivindicativo (“no me interesa tomar fotos de indígenas tristes”, dice él). Él se define como un generador de imágenes responsable, que intenta vislumbrar, a través la engañadora dulzura de los retratos matizados de sepia, cuestionamientos que trnscienden los elementos fundamentales de la cultura guatemalteca en temas vastos y universales, a los cuales nos aporta sutiles respuestas en forma de interrogantes, sugeridos pero nunca impuestos, a nuestro libre albedrío de observadores.
En Fetiche, la modelo, con pose soñadora y melena suavemente reposada de costado, aparece sin los atributos de la mujer divina: amuletos, coronas de oro o de espinas... En un gesto inusual, ella esquiva nuestra mirada como si acabara de despertar de una abrumadora reflexión acerca de su condición de “fetiche”, definido como un “ídolo u objeto de culto entre salvajes” en un polvoriento y anciano diccionario de la Real Academia. Al no intentar inspirar en nosotros una actitud de respeto sagrado generado por el dolor de la pérdida o el sufrimiento de la vida, ella no conforma con el arquetipo de mujeres serias, sagradas y eternamente misericordiosas que caracterizan los retratos de mujeres de González Palma. Fetiche libera el artista del reino de las mujeres sagradas para acercarlo al mundo de las mujeres terrenales, a la vez ángeles y demonios, sólo dignas de la devoción de los “salvajes”. Al sustituir el mito de la mujer por la realidad de la mujer, Fetiche se convierte en un objeto de culto único y revolucionario en la obra de González Palma. Retratándola tal como es, el artista logra cumplir un paso determinante en su autorrealización: “Yo me construía a partir de la mirada divina de la mujer, ahora me quiero construir por mí mismo”, dice él.
En el retrato titulado Sebastián, el artista nos presenta a su hijo junto con extractos de los Diálogos de Platon. Sebastián, pensativo, parece mirar de reojo y preguntarse cuál del “Lisis”, del “Criton” o de los otros Diálogos elegirá para su próxima reflexión! González Palma conoció la obra de Platon por un obsequio de los Diálogos que le hizo su padre. Al relacionar esta obra con su hijo, el artista parece expresar el deseo de poder algún día iniciarlo en la humildad del “Sólo sé que nada sé” del pensamiento socrático, tal cual lo hizo su padre con él, años atrás. ¿Sabiduría masculina, atea y libre, en oposición con el misticismo femenino y apremiante de las vírgenes católicas? ¿Pensamiento en rebelión contra la religión impuesta? Sebastián, analizado en el contexto global de la obra de González Palma, nos propulsa en la mayor incógnita de nuestro ser occidental.
Mirada es probablemente el retrato más impactante en la reciente producción del artista. Muestra, en una extraña combinación, el retrato de un ojo agrandado junto con textos religiosos sobre los cuales se superponen la clásica mirada frontal de una mujer y lo que podría ser la impresión de un plano. Éste es en realidad la copia del plano de una antigua cárcel donde aparecen las celdas de los prisioneros, vistas de arriba. El interés de González Palma por el sistema carcelario surgió como consecuencia indirecta de un proyecto que llevó a cabo en una antigua cárcel de Bello Horizonte. El estudio de la cárcel lo llevó a descubrir la obra de Michel Foucault, y en particular, su interés por analizar los métodos de coerción que desarrollan las diversas instituciones relacionadas con el poder (Iglesia, Justicia, Ejército, escuela, hospitales…) para “vigilar y castigar” a sus alumnos, discípulos, súbditos o servidores. Foucault recuerda que en el siglo XVIII, Bentham creó el Panóptico, obra arquitectónica revolucionaria que por su configuración permitía aislar a las personas en celdas desde las cuales podían estar vigiladas sin que ellas pudieran ver al vigilante ni al resto de los internos. Según esta interpretación, el propósito de los textos religiosos, que aparecen a través el plano de la cárcel, no sería tan distinto al “vigilar y castigar” del Panóptico benthiano y el ojo agrandado se volvería entonces el del padre todopoderoso, omnipresente e implacable vigilante de nuestra conducta.
Estos tres retratos, a través los cuales el artista nos comunica sus reflexiones acerca de la feminidad, la paternidad y la religión, expresan una obra madura y renovada. La situación de autodidacta de González Palma (estudió arquitectura) le permite tratar la técnica fotográfica con gran libertad, mezclando el trabajo de computadora más sofisticado (ambrotypes, fotograbado, goldt ones...) con técnicas del siglo pasado. Al no sentirse limitado por los aspectos técnicos de su obra, que muchas veces delega a especialistas, el artista se concentra exclusivamente en la expresión de su creatividad, una creatividad que lo mantiene en el nivel de los mejores fotógrafos latinoamericanos contemporáneos.
XAVIER DELPIERRE
