Juan Carlos Delgado (1973) transita por espacios físicos y mentales con una fluidez asombrosa. Al explicar su propio trabajo se enfrenta a una fuerte carga de influencias literarias, históricas y visuales. Con ellas justifica plenamente su obra aun cuando el espectador no requiera de previa preparación para asimilar lo que ésta comunica. Indudablemente se nutre de recuerdos personales que evocan viajes o familia, y también de otros conceptos más amplios como la muerte o el tiempo desde una perspectiva muy particular. No obstante, Delgado se cuida de no caer en una emotividad demasiado subjetiva.
Cuando Delgado se da cuenta de que deja al desnudo su propia inventiva, se contiene y simplemente enuncia las formalidades de cada pieza. Narra cómo se vio seducido en un principio por el arte clásico y cómo sus viajes por el viejo continente provocaron que se deslumbrara con las obras de arte de todos los tiempos. En su afán por adquirir la destreza técnica de los maestros, reprodujo hasta el hastío cuadros como los de Velázquez buscando con paciencia científica definir claramente las fórmulas plásticas de la pintura.

Un interés creativo posterior, le encauzó en otras direcciones más innovadoras y empezó a probarse con otros medios. Dibujó piezas de ropa que encontraba en sus largas caminatas urbanas, recogió la costra de humo gris que quedaba bajo los puentes de la ciudad, construyó con ésta otros objetos cargados de memoria, e incluso involucró elementos orgánicos perecederos a sus instalaciones.
Al ascender por la escalera de la galería impacta una serie de marcas rojas circulares dispuestas sobre planos blancos. Son emplastos de lacre que develan sutiles facciones de rostros humanos. Este trabajo tiene antecedentes en piezas anteriores elaboradas con manchas de tinta en las que Delgado descubría rasgos faciales y los hacía explícitos; o las enormes paredes rojas que exigían inspección detenida para revelar otras imágenes. Los rostros en estos sellos de lacre surgen de la misma forma y aluden a una realidad que es volátil pero que, no obstante, se puede capturar. Son movilidades contenidas y, a la vez, huellas estáticas de memoria.
En la Antigüedad los monogramas o escudos impresos en el lacre eran claros símbolos que otorgaban identidad a la familia dentro de la sociedad, y como grupo con vínculo de consanguinidad. No es descabellado entonces referirse a la connotación misma de la sangre, viendo las marcas rojas de esta pieza. Así, lejos de ser un referente violento, la sangre, en ésta y en otras obras de Delgado, es una metáfora de la fuerza vital del ser.
Siguiendo la línea anterior, encontramos un tríptico fotográfico con fondo muy oscuro. Esta obra resalta pequeñas llamas contenidas en innumerables vasijas diminutas que el artista ha plantado sobre charcos de agua-sangre. La imagen tiene matices de ceremonia ritual, pero sin entrar en escenas específicas de sacrificios u ofrendas, pretende simplemente insertar al espectador en un plano espiritual. Estas presencias incandescentes vistas en contrapicado, crean la ilusión de flotar en el espacio. Los brillos y reflejos en el agua y la sangre invitan al espectador a “navegar” por el plano desde una posición de análisis metafísico.
En relación con la obra anterior, Delgado menciona los barcos de los funerales orientales que se mueven por lagos repletos de faroles encaminando el alma hacia un plano superior. No se puede evitar hilar este trabajo con otra de las obras de la exposición ubicada muy cerca del tríptico fotográfico. También está compuesta de tres partes, cada una con un marco blanco de madera que encierra una lámina de acrílico negro brillante. Cada lámina pegada a la pared tiene atornillado un barco de aluminio. Se trata del casco de una embarcación a la escala de un juguete, que está adherido horizontalmente a la lámina por la base. Esta disposición ubica al espectador como si estuviera viendo los objetos desde arriba. El negro brillante refleja el aluminio, los espacios de la galería, las demás obras, y además al espectador, todo ello con el fin de provocar una percepción no convencional del espacio.
En el mismo esquema hay otra obra de varios paneles, pero en vez de barcos tiene orejas humanas de aluminio. Frente a los paneles de pared, hay una barra metálica blanca de la que cuelga una campana también de aluminio. Alude al sonido que no es escuchado, a las palabras que se quedan en el aire, a una expresión que no se asimila pero que a través de este trabajo logra existir.
Con estas obras de impecable superficie reflectiva, Delgado crea lo que él informalmente denomina “hoyos negros”. Estos planos son algo así como puentes visuales entre una dimensión y otra. Unos repiten obsesivamente la forma de un zapatito infantil sobre la superficie vertical. A veces en esquemas simétricos como si fuera una formación militar y a veces en esquema circular, que con los reflejos de luz sobre el metal parecen soles que irradian un brillo frío. A la pregunta de por qué la repetición, el artista declara que en la reiteración se fortalecen los conceptos. Este tema de los zapatos es un paralelo con el transcurrir del tiempo que tanto le preocupa a Delgado. La acción de caminar queda cautiva en los zapatos y cada paso es como un segundo que pasa y una bitácora del devenir de alguien.
Otra de las obras que se destaca en la muestra es una fotografía que, ubicada en una caja de luz, se acciona cuando el espectador se mueve frente a ella. Apagada es un espejo de superficie negra que parece el acceso a otro espacio más allá de la pared, misterioso y sugestivo. Al encenderse, aparece una fotografía del siglo XIX con un bebé en su carriola. La ambivalencia entre el pasado, la acción actual y el más allá del acceso oscuro desencadena múltiples interpretaciones y el artista impulsa esa interacción subjetiva con el espectador, recalcando que es la que mantiene su obra latente.
Hay otras piezas en donde también se manifiestan alusiones temporales. En un bastón de aluminio prolongado a más de dos metros de altura, el artista ha grabado casi imperceptiblemente fechas concretas. A futuro, es una obra cambiante que espera ser marcada por otro momento clave, ya sea de la vida del artista, de un personaje X o de un ícono histórico. Todos ellos en coexistencia y afectando de una u otra forma el entorno universal. El bastón como objeto de apoyo y como contacto del ser para afianzarse en la tierra tiene implícitas relaciones existenciales claras.
Por último, cabe mencionar una pieza perturbadora que consiste en la proyección de un dibujo sobre la pared blanca, enfrentada a una banca de madera del mismo color, sobre la cual reposa un rayo intenso de luz clara. A la izquierda del gran plano, se ve lo que parece una fotografía vieja de una mujer. Esos planos tan “limpios” casi que prohíben nuestra intervención directa y el espectador se esfuerza por ver con nitidez esa imagen borrosa. A fin de cuentas no es una fotografía sino un dibujo que falsamente pretende ser foto y descubrimos que no es posible enfocarlo con claridad. Es un engaño de la contemplación y una muestra de la realidad que queremos hacer palpable pero que ineludiblemente es efímera. La obra de Delgado pretende —con todas sus implicaciones— ser “mágica” y se reitera a sí misma como un reto a las barreras del tiempo, de los sentidos y de la conciencia.
MARÍA JOSÉ RAMÍREZ
